Enamorado de pecadores y marginados

por | Ene 25, 2022 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Jesús está enamorado de los que de los cuales se huyen la religión y la sociedad:  los pecadores, las viudas, los huérfanos, los forasteros.  De ellos están enamorados también los verdaderos cristianos.

Por lo visto, la omisión de «venganza», cuando leía Jesús Is 61, 1-2, no molestó a sus paisanos.  Pues ellos le expresan aún su aprobación y se admiran de las palabras que ha pronunciado; le toman por un enamorado de su raza.

Pero la aprobación no tarda en convertirse en rechazo, el enamorado de ellos en enemigo.  Es que los paisanos de Jesús comienzan a dudar de él.  Creen que le conocen bien.  Es uno de tantos al igual que ellos; ¿cómo es que él se manifiesta como el que puede más que ellos?

Parece, pues, que ellos no logran romper esquemas de percepción de sí mismos como vecinos de Nazaret.  No pueden aceptarse a sí mismos; no pueden aceptar a Jesús.  Lo sepan o no, «tienen miedo a ser diferentes».  Es por eso que no soportan que Jesús sea diferente.

Ni les gusta lo que él da a entender.  A saber, que ellos son de los que rechazan al profeta que Dios ha suscitado de entre ellos.  Están seguros, por lo tanto, de que Jesús muestra esta vez sus verdaderos colores; es un enamorado de los que son de las naciones, de los no judíos.  Su omisión de «venganza» les resulta ahora intencional; se sienten engañados por él.  Por el que les avisa que no se consideren mejores ni más agradables ante Dios que los paganos.  Y se ponen furiosos los paisanos de Jesús.  Solo faltaría que él les dijera:  «Llevad a cabo la obra que comenzaron vuestros antepasados».

Sí, los que hacen el bien no pueden sino provocar conflictos (SV.ES I:143).  Y el profeta que da a conocer la verdad, contra él luchan los reyes, príncipes, sacerdotes y gentes que no la quieren oír.

Enamorado de los parias

No, no hay duda de que Jesús está enamorado de los que están en las afueras.  Come con pecadores, prostitutas y gentes no deseables.  Y deja que se le acerquen y le toquen los parias, los no puros, a los ojos de la religión y la sociedad.  Es que no puede él sino compartir sus penas y sus gozos.

Por lo tanto, «la mesa de Jesús es una mesa abierta para todos.  No es la “mesa santa” de los fariseos, ni la “mesa pura” de los miembros de la comunidad de Qumrán.  Es la mesa acogedora de Dios».  No se ajusta él a «nuestros esquemas y divisiones».

Y ante Dios, santo y puro del todo, todos somos pecadores y no puros.  Para él, no hay buenos que tienen derechos y méritos ni malos que no los tienen.  Pues todos nosotros tenemos necesidad de su misericordia.  Y la ofrece él a todos (LG 2. 16); solo se excluyen los que no la acogen, pues no se creen con necesidad de ella.

¿Somos del que está enamorado de los que están en las afueras?  ¿Nos alegramos con los que se alegran y lloramos con los que lloran?  Pues si no, seremos no más que caricaturas de «ese enamorado de nuestros corazones» (SV.ES XI:561; SV.ES XI:65).  Nos toca amar no de palabra, sino de obra, hasta entregar nuestro cuerpo y derramar nuestra sangre (1 Jn 3, 16-18; SV.ES XI:733).

Señor Jesús, eres la piedra que, desechada por los constructores, es ahora la piedra angular.  Haz que todo tu constructor esté enamorado de los rechazados por los del mundo.

30 Enero 2022
4º Domingo de T. O. (C)
Jer 1, 4-5. 17-19; 1 Cor 12, 31 – 13, 13; Lc 4, 21-30

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