Convertirte de algo, a algo, en algo

por | Ene 8, 2022 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Terminamos un año y comenzamos otro. Para reflexionar esta circunstancia Jesús presenta el modelo del Hijo Pródigo y del Padre que espera. En medio de su fracaso el hijo examina su pasado, lo ve lleno de maldades y lo detesta, se arrepiente DE todo lo malo que ha hecho: “y entrando en sí mismo se dijo: Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti” (Lc 15, 11-32). Pero no se convierte por la ofensa hecha a su padre. Se convierte para vivir mejor. Más que arrepentimiento es un remordimiento que le entristece al ver el fracaso humillante en el que ha caído. Mientras que el arrepentimiento tiene en cuenta a Dios, que le había elegido para una misión y él no ha correspondido y le crea una conciencia de pecado que le empuja a dolerse. Es el cambio de mente y el umbral de la conversión. Es el sentido que encontramos en san Vicente y santa Luisa cuando dicen que el pueblo y tales personas se convirtieron con ocasión de unas misiones o de un sermón.

“Me levantaré, iré A mi padre” parece una fórmula más que un sentimiento de amor. Pero Jesús animaba a “convertirse A Dios” o Al Reino de Dios que ha llegado. No es solo abandonar la vida de pecado; lo que pide la conversión, para vivir el Reino de Dios, es revestirse de otra túnica, de otra piel, como aconseja san Pablo: “Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, Cristo, que es todo en todos” (Col 3, 9s). Cambiar el corazón de piedra por otro de carne hace familiar la frase convertirse a la fe, al catolicismo.

La verdadera conversión no se fija tanto en la vida pasada que abandona, cuanto en la vida nueva que asume como una piel nueva, tejida con las virtudes infusas de fe, esperanza y caridad. Es la vida cristiana que presenta Jesús a cada uno según la vocación que ha elegido y él ha aceptado.

A ninguno de nosotros dijo Jesús sígueme, como se lo dijo a los apóstoles o a santa Luisa, aunque esta no comprendiera la llamada que le hacía el Espíritu Santo al salir de la Noche mística. Fue más tarde, al presentarle su director Vicente de Paúl los pobres, cuando ella escuchó al Espíritu Santo decirle ayúdalos. Fue una invitación a abandonar su estilo de vida de una viuda acomodada, para convertirse en la mujer nueva a la que ya no le valían muchos valores personales que tenía como norma inmutable de su vida. La señorita Le Gras necesitaba una conversión A Cristo Amor.

La Hija de la Caridad comprende que ya no vale la conversión interesada del hijo pródigo, sino la de amar a los pobres como a ella misma hasta dar la vida por ellos. Debe convertirse al amor. Convertirse al amor es algo de la voluntad, es cobijar al Espíritu de Jesús en lo profundo de sus entrañas maternales para sentirle más que oírle. Convertirse una Hija de la Caridad es vaciarse del espíritu de ella misma para llenarse del Espíritu de Jesucristo y sentir el amor, identificándose con él de tal manera que los pobres, cuando la vean acercarse, vean a Cristo y no a una mujer. Esa Hermana se ha convertido EN Cristo.

Y cuando el hijo llega al Padre, este le convierte EN hijo igual al hijo mayor. Es el final de la conversión, es una transformación, una trasmutación en algo, como el hielo se transforma en agua y, por la consagración, el pan y el vino se transmutan en el cuerpo y la sangre de Cristo y, por la conversión, el hombre pecador, en hijo del Padre Dios.

San Vicente decía que para llegar a la santidad había que vaciarse de uno mismo y revestirse del Espíritu de Jesucristo. Y añadía: Nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar del espíritu de Jesucristo para vivir y obrar como vivió nuestro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la compañía y en cada una de las Hermanas, en todas sus obras en general y en cada una en particular (XI, 410). Para las Hijas de la Caridad, convertirse es dejar al Espíritu Santo que ponga en ellas la misma oración de Jesús, su misma confianza en el Padre, su compasión, sus virtudes especialmente la humildad, la sencillez y la caridad.

Revestirse del Espíritu de Jesucristo es más que imitarle o seguirle. Imitar es copiar algo externo, y seguir es ir al lado o detrás de otro. Es ser como Cristo. Mientras que revestirse de su espíritu es transformarse en Cristo, es ser otro Cristo. Es la llamada que hacía la Asamblea General de 2009 de las Hijas de la Caridad: “¡Dejémonos sorprender por el Espíritu que quiere hacer nuevas todas las cosas, que quiere renovar nuestros corazones en profundidad, curar nuestras heridas y las de toda la humanidad!”

Para convertirse en Cristo a una Hija de la Caridad no le vale convertirse a un programa de vida o a una simple reforma de actitudes, ni siquiera, hacer lo que Cristo dijo o hizo. Tiene que experimentar al Espíritu Santo dirigiendo su mente y su voluntad para ver las cosas y quererlas desde Jesucristo. Y así, la conversión para los vicencianos se resume en dejar nuestro modo de pensar, querer y actuar según las máximas del mundo y pensar, amar y actuar según las máximas de Jesucristo (XI. 415-428).

Si el Espíritu Santo transforma la mente y la voluntad, solo si experimentas que él actúa en tu interior, obrarás por la fuerza del Espíritu de Jesús. Lo importante en la vida espiritual es experimentar, sentir al Espíritu divino, incitando a cambiar las actitudes y a abandonar una vida espiritual mediocre. Doctrina actual, de acuerdo con sistemas modernos que afirman que sólo vale aquello que se experimenta.

Benito Martínez., C.M.

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