Adviento invita a quitar la rutina

por | Dic 4, 2021 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

El peor enemigo de la vida espiritual es la rutina. Nos acostumbramos tanto a la vida y a lo que sucede en ella que ya nada nos asombra ni nos estimula; ni lo bueno para animarnos, ni lo malo para corregirnos. Vivimos de la costumbre. Causa perplejidad preguntarle a una Hija de la Caridad que ha sido destinada cómo está y que responda: ya me voy acostumbrando.

Nos acostumbramos a levantarnos, a las tareas de casa, a servir a los pobres, a ir a la oración, a participar en la Eucaristía, como si tuviera que ser así. Y más doloroso aún, nos acostumbramos a ver pobres a las puertas de las iglesias y de los comercios pidiendo limosna, o a parados y a pensionistas sufriendo porque lo que cobran no les llega a final de mes. Nos hemos acostumbrado a ver natural la vida espiritual mediocre que llevamos sin ilusión y a la gente que deje de creer. Acostumbrarse es la anestesia que adormece el corazón y lo hace insensible a la necesidad de cambio. Acostumbrarse adormece para reconocer nuestra tibieza espiritual y enfrentarnos a ella, olvidando que a los tibios Dios los vomitará de su boca (Ap 3, 16). Necesitamos un shock, que nos saque de la rutina y nos encare con la vida que llevamos. Ese shock tiene que ser este adviento. Y no un cambio externo, diluido en pequeñas reformas. Hay que volver a lo que vivieron y contagiaron las primeras Hijas de la Caridad.

Si no se produce un cambio profundo en la vida personal, tanto espiritual como comunitaria y de servicio, habrá sido un año rutinario del que habrá que dar cuenta a Dios, a la sociedad, a las compañeras y a los pobres. Ni las Provincias ni las comunidades ni las Hermanas pueden disponer de su destino. La Compañía tiene que caminar hacia el futuro enraizada en Jesucristo y respirando un aire humilde y sencillo para reproducir entre los pobres lo esencial del evangelio. No sabemos cómo ni por qué caminos actuará Dios. Durante la oración cada Hermana escuchará al Espíritu de Jesucristo que quiere hablarla en un diálogo más intenso. Lo malo es que también podemos hacer la oración por rutina. La Asamblea General de 2009 preguntaba: “En una sociedad de cultura mediática y ante el agotamiento que nos traen los múltiples problemas de pobreza, somos conscientes de necesitar interioridad. ¿Cómo alimentarla? ¿Cómo conservar un ritmo de vida equilibrado para favorecer la calidad de nuestro ser de Hija de la Caridad?  (C 21, Est. 12)”. Como respuesta, el Espíritu Santo indica caminos nuevos que rompen la rutina.

Una Hermana se renueva cuando empieza a reconocer que su vida es rutinaria y se da cuenta de que ha cogido un camino confundido, pero que le es posible volver al camino verdadero. ¿Tu vida es rutinaria, tibia, ni pecadora ni de profunda vida interior? No se trata de echar la culpa a nadie; cada una debe reconocer y cargar con los fallos de todas, pues de alguna manera todas podrían ser cómplices por la rutina y la mediocridad. Hay que reconocer que muchos fallos se han hecho rutina, pero también hemos logrado por rutina muchos éxitos. No es falta de humildad tener conciencia de todo lo que ha hecho la Compañía a través de la historia en bien de los pobres, ni estar convencida de que Dios fundó la Compañía para continuar la misión de Jesucristo. Pero es peligroso creer que siempre lo hacemos bien y que Dios tiene que ajustarse a los caminos que nosotros le tracemos. Continuamente Dios incita a despertar de la rutina para no malograr la entrega libre que le hacen las Hermanas, porque hay una rutina que sí vale la pena mantener, la de escuchar siempre al Espíritu Santo.

“Convertíos porque el Reino de Dios está cerca” proclamaba Jesús al inicio de su vida pública. Convertirse como Pablo, Agustín, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola. Convertirse como Vicente de Paúl y Luisa de Marillac que en una oración contemplativa sintieron que tenían que hacer una rutina luchar contra la pobreza.

Santa Luisa decía que la rutina es un obstáculo para que las Hijas de la Caridad se incorporen a la Humanidad de Jesucristo, asuman sus sentimientos y se enraícen en él. Pues nunca se convertirá ni cambiará quien vive rutinariamente su vocación. El carisma de la vocación es un don divino para compartir el amor con las compañeras y con los pobres que, si se les permite trabajar a nuestro lado como amigos, se sienten amados, útiles y revalorizados. Nadie es tan pobre que no pueda dar algo. Es devolverles su utilidad y aquella dignidad que descubre san Vicente cuando dice que en el pobre veamos a Cristo necesitado. Esta ayuda sí debemos convertirla en rutina que nos llene de alegría. San Lucas dice que Jesús en Nazaret, cuando invita a la conversión, pone como fruto poder vivir un “año de gracia”. ¡Qué alegría para los pobres y maltratados por la crisis que padecemos que se les convierta en rutina poder vivir cada año sin miedo y contentos! Así lo pide el Sirácida: “Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien… No te prives de pasar un buen día (Si 14, 11.14)”.

Pero, si hay que convertirse al amor, hay que abandonar la rutina, porque el amor todo lo encuentra nuevo y hace nuevo los corazones de las Hijas de la Caridad y de los pobres. Abandonar la rutina es señal de que el Espíritu de Dios habita en ellas y las envía a los pobres. Porque el Espíritu que da Jesús es Espíritu de innovación y fortaleza. Gustar las imágenes de los profetas cuando dicen que los pobres en los días de fiesta también quitan la rutina, se visten de domingo y cantan con unción y júbilo.

El Papa Francisco invita a quitar la rutina cuando dice que el nacimiento de Cristo “no fue una denuncia de la injusticia social, de la pobreza, sino un anuncio de alegría”. Todo lo demás son conclusiones que sacamos nosotros por rutina. Salir de la rutina es una conversión a la alegría, dice el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica “La alegría del Evangelio”: Sin conversión “no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (n. 2). Cuando Jesús afirma “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura” rompe rotundamente con la costumbre de aplicarlo a un personaje futuro y se lo aplica a sí mismo.

La Virgen Milagrosa rompe con la costumbre y la rutina de las apariciones y representaciones de la Virgen María: no quiere que le levanten una Iglesia y vengan a rezar como los hijos que visitan a su Madre, da una medalla y en ella va a visitar en su casa a cada hijo que lleva la Medalla.

P. Benito Martínez CM

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