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Cultivar el gusto (Sal 34,9; Jn 6)

por | Ago 13, 2021 | Formación, Reflexiones, Thomas McKenna | 0 comentarios

La gente desarrolla gustos por cosas diferentes. Hace poco, una mujer me confió que había desarrollado el gusto por la comida mexicana, y un rato después mencionó su creciente aprecio por la música clásica. Dos realidades muy diferentes, ambas no sólo saboreadas sino también abiertas a un mayor cultivo de ese gusto.

El gusto es una capacidad innata, que está ahí antes de que la comida llegue a nuestra boca. Pero desarrollar el gusto implica entregarse a lo que nos llama la atención, y luego tratar de asimilarlo más.

El Salmo 24, «Gustad y ved qué bueno es el Señor«, es el telón de fondo de la enseñanza de Jesús sobre su condición de pan de vida. Afirma que el Padre ha puesto una cierta atracción en lo más profundo de nosotros: «Nadie puede venir a mí si el Padre no lo ‘atrae’«. Todo el mundo registra algo de esta atracción, esta sensación interior de que hay algo «más» tanto dentro como fuera. Lo saboreamos cuando amamos, o perdonamos, o nos maravillamos ante un cielo nocturno. Pero, como todos los sabores, necesita seguimiento, acción y desarrollo.

En el capítulo 6 de Juan, Jesús habla de cultivar ese gusto. Presentándose como pan, dice a la multitud que no sólo deben alimentarse de él, sino que, lo que es igual de importante, deben profundizar su hambre de él, ampliar su capacidad de asimilarlo. Este pan que es Él mismo se abre a una vida cada vez más rica, al infinito.

Jesús revela que, en Él, ya tienen el gusto por este pan de vida, esta presencia cercana de Dios. Pero tienen que actuar para ampliar su deseo de tenerlo: compartir la comida con los hambrientos, consolar a las personas que lloran, acoger al extranjero, ser francos y honestos, llevar la justicia al mundo que les rodea. Cada una de estas cosas y otras más agudizarán la sensibilidad hacia el mundo de su Padre, el Reino de Dios. Esforzarse por vivir estas actitudes y llevar a cabo estos comportamientos desarrolla ese gusto, permite a los creyentes recibir más y más de esa vida que es el propio Ser de Dios.

Este hablar de pan que alimenta sugiere la Eucaristía. Al tomar este pan en nuestras manos en la comunión, tomamos la vida que Jesús proclama, este pan que es su propia vida. Alimenta todo lo que es bueno y verdadero, bello y sanador. Al entrar en la Eucaristía con reverencia, profundizamos nuestro anhelo, aumentamos nuestra sensibilidad y seguimos desarrollando nuestro gusto por las cosas que hacen realidad el Reino de Dios, aquí en la tierra como en el cielo.

Que con nuestras acciones generosas y nuestras Eucaristías orantes, los vicencianos aumentemos nuestro apetito por estos sabores de la cercanía de Dios en nuestro mundo.

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