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Ruido, viento recio, lenguas de fuego

por | May 20, 2021 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Jesús nos envía el Espíritu Santo que procede del Padre (Jn 15, 26).  Y no tener ese Espíritu es no ser de Cristo, y no ser nada más que ruido.

No es que le guste a Dios el ruido.  De hecho, se presentó él en «un susurro suave» (1 Re 19, 12).  Pero donde hay mucho ruido, allí tiene que competir Dios para llamar la atención de la gente.

Y hay bullicio de la fiesta en Jerusalén.  Pues celebran los «judíos devotos de todas las naciones de la tierra» el Shavuot.  Dan gracias por los frutos de la tierra.  Rememoran también la Alianza de Sinaí, ocurrida unos cincuenta días después del éxodo.

Pero no deja Dios que a él se le ganan los rivales.  Por lo tanto, viene un ruido del cielo, como de un viento recio.  Por el ruido, los concurrentes a la fiesta acuden en masa a donde los discípulos.  Y se desconciertan, pues los galileos hablan lenguas extranjeras.

Unos desconcertados se vuelven bien reflexivos, pero otros desdeñosos.  Pero da igual, que en fin, la gente le presten atención a Dios.  Luego, Pedro les habla y les abre las Escrituras.  Así que se sirve Dios, sí, del ruido para inaugurar su Nuevo Pueblo y añadir a éste unos tres mil miembros.

¿A merced del ruido del mundo?

Para mantenernos fieles a Cristo, no podemos prescindir del Espíritu.  Pues no tener el Espíritu es no ser de Cristo (Rom 8, 9).  Con el Espíritu, no estaremos a merced del ruido del mundo.

No revestirnos de la fuerza de lo alto es dejarnos ser presos del ruido de toda doctrina seductora y tramposa (Ef 4, 14).  Nos faltará la vida interior.  Pues no pensaremos ni nos ocuparemos en Dios (SV.ES IX:1224).  No tendremos la paz ni el aliento para ir a donde no envía Jesús.

Y no valdrá la pena nuestra forma de vivir, pues no viviremos con reflexión.  No nos importarán los grandes interrogantes sobre el sentido de la vida (GS 4. 10).  Viviremos al igual que el rico necio, encerrado en un mundo mítico de méritos (Lc 12, 16-21).

A tal ensimismado le falta la sabiduría: no sabe lo corta que es la vida; ni sabe a quién se lo debe él todo.  Ni se sospecha él de que la raíz de toda maldad es la codicia, de que ésta destroza y nos priva de la humanidad (1 Tim 6, 10; Stg 4, 1-2).

Por la ausencia del Espíritu, no nos daremos cuenta de que está cerca de nosotros la Palabra.  No habrá vínculo entre ella y nuestra vida.  Y es por eso que nos resultará en vano nuestra fatiga por buscar el pan de vida donde no está.  No está en los altos o primeros puestos, ni las riquezas que hay más allá de los mares.

Señor Jesús, haz que el Espíritu arda en nosotros y dé fruto.  Que él nos dé la paz, la paciencia, la gratitud de los pobres del campo (Stg 5, 7; SV.ES IX:462).  No dejes que paticipemos en el ruido de los que todo lo politizan, aun los problemas de salud, desigualdad y polarización.

23 Mayo 2021
Domingo de Pentecostés (B)
Hch 2, 1-11; 1 Cor 12, 3b-7. 12-13/Gál 5, 16-25; Jn 20, 19-23

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