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Que la epidemia no se convierta en rutina

por | Mar 31, 2021 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Las redes sociales día a día nos recuerdan que estamos viviendo una epidemia mortal, y la noticia principal es la expansión del coronavirus y el número de contagiados y muertos. Cuando un político expresa que “tenemos muchos meses de pandemia por delante”, anuncia que las noticias sobre el coronavirus serán una rutina, pero la rutina es el peor enemigo de la vida. Nos acostumbramos a vivir con la epidemia como nos acostumbramos a las tareas de casa, a servir a los pobres, a ir a la oración, a participar en la Eucaristía, como si tuviera que ser así. Y nos acostumbramos a ver familias destrozadas por los contagios y a la policía alejar a pobres pidiendo limosna en las calles céntricas, en las puertas de iglesias y comercios, o a parados y pensionistas sufriendo porque la ayuda social por la pandemia no les llega a final de mes. Nos hemos acostumbrado a ver natural que la gente no acuda a Dios para que nos libre de esta epidemia. Nos acostumbramos tanto a todo lo que sucede en la vida que ya nada nos asombra ni nos estimula; ni los contagiados para ayudarlos ni los curados para animarnos. Acostumbrarse es la anestesia que adormece e impide reconocer nuestra tibieza espiritual, olvidando que a los tibios Dios los vomitará de su boca (Ap 3, 16). Es malo que consideremos los ERTEs y la pérdida de puestos de trabajo como algo que tiene que ser así, por culpa del coronavirus, y lo convirtamos en rutina.

Los vicentinos intentan que los pobres no se acostumbren a vivir sin ilusión. La rutina de dar pequeñas ayudas durante la pandemia no es el antídoto. La ayuda ocasional es necesaria, pues muchos pobres no pueden esperar y necesitan auxilio urgente. Pero no basta. Se necesita comprender que mientras los pobres vivan la rutina de recibir limosnas, todo seguirá igual, pues son ellos los primeros que deben esforzarse por salir de la pobreza. También los vicentinos necesitan ilusión, coraje y creatividad para no ayudar a los pobres por rutina. Los pobres necesitan contemplar que somos creativos y luchamos por una sociedad más justa. Si lo ven las y los jóvenes, sentirán deseos de seguirnos. San Vicente animaba a santa Luisa: “El Salvador del mundo, al pensar en toda su Iglesia, confía en el Padre; y para un puñado de mujeres, que tan claramente ha suscitado y reunido su Providencia, ¿le parece a usted que nos fallará?” (II, 130).

Esta pandemia es un momento privilegiado para despertar de la vida rutinaria y emprender un cambio. Los vicentinos quieren traer a Jesús para que nos libre de este maldito virus, como María que, a pesar de los sinsabores, trajo al mundo al mismo Dios, lo crió y lo acompañó hasta la cruz. Su ejemplo nos anima a romper la rutina sin distinción de edad. Hay que variar el rumbo como lo cambiaron Pablo, Agustín, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac y Federico Ozanam que no pudieron ver la pobreza como algo normal en una sociedad en la que se debe implantar el Reino de Dios. Seguro que hoy tampoco verían normal la pandemia del coronavirus.

Si el Vicentino, hombre o mujer, no convierte su presencia en una rutina y descubre a Jesús en los contagiados del virus, y los acoge y se hace cargo de ellos por vocación y no por rutina, en el corazón de los contagiados brotará la ilusión de haber encontrado el amigo cercano, tan importante como el alimento y el hogar.

Vencer la pandemia es resucitar

San Pedro el día de Pentecostés, san Pablo en Atenas y en el Sanedrín, los Apóstoles y los primeros cristianos anunciaban la resu­rrección de Jesucristo más que su pasión, porque, si Cristo ha resucitado, su mensaje es ver­dadero. Pero, cuando el cristianismo era una realidad extendida por todo el Imperio Romano, el emperador Decio temió que los pue­blos sajones y eslavos pasaran el Rin y el Danubio y conquistaran Roma. Para afianzar el Imperio, en el año 250 dio un edicto imponiendo la unidad religiosa por medio del culto a los dioses romanos que tanta gloría había dado al Imperio en siglos anteriores. La per­secución a los cristianos fue cruel y muchos apostataron. Para afianzarlos en la fe, se comenzó a insistir en la Pasión de Cristo con el fin de que el sentimiento de piedad y de compasión afianzara su fe.

Sentir que alguien está contagiado del coronavirus es vivir una Pasión y los que se recuperan sienten que han resucitado, que han vuelto a la vida cuando temían lo peor. Las señoras de la AIC, los misioneros paúles, las Hijas de la Caridad, los señores de la SSVP, todos los miembros de la Familia Vicenciana se sienten obligados a ayudar a los pobres contagiados a resucitar de la enfermedad y a dar gracias a Dios. Muchos acaso no crean en Dios ni en la otra vida, es el momento de, respetando su libertad, decirles que hay un Dios que es Padre de todos y hay un Hijo que vino a la tierra con el nombre de Jesús y nos ha redimido, y hay un Espíritu Santo que nos anima a ayudar a los contagiados a resucitar después de la pasión que están vi­viendo. Todos tienen que hacer un esfuerzo, pero el Reino de los cielos sufre violencia y solamente lo alcanzan los que se esfuerzan (Mt 11, 12).

P. Benito Martínez, CM

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