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Santificar, honrar, el templo del Señor

por | Mar 4, 2021 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Jesús es el templo definitivo que se ha de santificar.  Pues por él, Dios está en medio del pueblo de forma sublime y no superable del todo.

El celo de la casa de Dios se apodera de Jesús.  Es por eso que se enfada él de los comerciantes y cambistas en el templo.  Los echa, sí, a todos ellos de forma no mansa.  Es que ellos, en lugar de santificar, honrar, el templo, lo convierten en un mercado.

Y, por supuesto, el lugar de venta, compra y cambio de monedas fácilmente se puede hacer «cueva de ladrones».  Para remediar tal situación, pues, y se le vuelva a santificar al templo, se necesita una buena dosis de enojo.

Se profanan hoy en día las iglesias y otras cosas de culto que se han de santificar.  Para saber de esto, nos basta con ver la lista, nada corta, que mantiene la COEEUU.  Y hay que remediar, por supuesto, esas profanaciones.

Pero, ¿no nos hemos de descubrir primero a ver si no somos parte de la solución, sino del problema?  Solo podemos dar el primer azotazo si estamos sin pecado.

Y dejaremos de santificar los lugares de culto si estamos allí por provecho personal.  ¡Qué profanación servir en el altar, pues uno no tiene fuerzas para cavar y le da vergüenza mendigar.  ¡Qué espíritu libertino!, el pensar en divertirse y no preocuparse de nada más, con tal que haya de comer (SV.ES XI:397).  Y no son menos culpables de profanación los que tratan de comprar a Dios con sus ofrendas.  Es decir, los que hacen del Dios de amor un ídolo, fácil de manipular, de interés, miedos y magia.

Santificar a Jesús que toma el lugar del templo ya arrasado

Peor profanación hay cuando no captamos que Jesús habla del templo de su cuerpo.  Pero claro que sí, dice él la verdad.

En primer lugar, es el templo, pues hace él lo que se hace en las iglesias.  Nos concreta él los mandamientos.  Y nos alimenta además de la mesa de su cuerpo y su sangre, y también de la mesa de su palabra (véase SC 7-8).

En segundo lugar, más que en el templo que construimos los hombres (Hch 7, 48), Dios habita en Jesús.  Y él es el Verbo hecho carne.  Con razón, se le llama también «Dios-con-nosotros».  Y es por eso que no hay manera de que se nos desligue a Jesús y a nosotros los hombres.

Por lo tanto, santificar el templo, que es él, quiere decir santificar también a los hombres.  A sus más pequeños hermanos y hermanas más que a nadie.  A los necios a los ojos de los hombres, pero sabios a los ojos de Dios.  Hay que denunciar, pues, toda violencia, menosprecio, desfiguración, que se le dirige a todo hombre o mujer.  Y a todo el que nada tiene, al que se le avergüence tal vez aun en nuestras reuniones para comer la Cena del Señor (1 Cor 11, 22-20).

Señor Jesús, nos confesamos culpables.  Te pedimos que nos haga puro el corazón para que discernamos tu cuerpo.  Para que no comamos ni bebamos nuestro juicio por no santificar tu cuerpo y tu sangre.

7 Marzo 2021
Domingo 3º de Cuaresma (B)
Éx 20, 1-17; 1 Cor 1, 22-25; Jn 2, 13-25

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