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Sobre la limosna (3)

por | Ene 11, 2021 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Os invitamos a descubrir a través de sus propios escritos a Federico Ozanam, cofundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl y uno de los miembros más queridos de la Familia Vicenciana (al que, tal vez, aún conocemos poco).

Federico escribió mucho en sus poco más de 40 años de vida. Estos textos —que nos llegan de un pasado no muy lejano— son reflejo de la realidad familiar, social y eclesial vivida por su autor que, en muchos aspectos, guarda similitudes con la que se vive actualmente, muy en particular en cuanto se refiere a la desigualdad y la injusticia que sufren millones de empobrecidos en nuestro mundo.

Comentario:

La primera frase de este texto ya debería mover a la reflexión: «Los que conocen el camino que lleva a la casa del pobre…». Para servir al necesitado, lo primero que hay que hacer es estar con ellos; esta es la manera vicenciana fundamental de hacerlo. La organización y la estructura es, sin duda, necesaria, pero no se puede únicamente «servir a distancia», desde los despachos.

Nuestro servicio ha de ser, principalmente, de tú a tú, saliendo físicamente a las periferias, al encuentro de la persona que pasa necesidad. El servicio vicenciano tiene, además, el objetivo de sacar de la pobreza a aquellos que sufren dicha situación. La limosna cubre las heridas con «el poco aceite que tenemos»; pero nuestra misión es sanar la herida, esto es: ayudar al pobre para que deje de serlo.

Federico aprendió estas actitudes en el hogar familiar. En un manuscrito de su padre, conservado en los Archives Laporte, de título «Eventos en Lyon», al reflexionar sobre la situación de los obreros en Francia, Jean-Antoine escribe: «Es mejor para el hombre un trabajo que lo eleve y lo honre […] que darle la limosna que lo envilece […] y lo condena a una pereza incurable». Para conseguirlo, Federico no aboga por un liberalismo desatado, sino más bien por la humanización de las relaciones laborales y el trato justo a los trabajadores[1]:

La cuestión social no podría encontrar su solución en el liberalismo económico, […] «esas ignominiosas doctrinas que reducen toda la economía de la vida humana a los cálculos del interés, que ahogan a la familia del pobre para que no tenga con qué alimentar a sus hijos»[2]. El gran daño de este sistema consistía en reducir «el destino de la vida a producir» y en no conocer «otra ley del trabajo que la del interés personal, es decir, del más insaciable de los amos»[3].[4]

Federico nos dice que, cuando el pobre nos acoge, «nos honra». Puede que le demos lo que necesita materialmente, pero él nos está dando mucho más… y, en muchas ocasiones, no solo espiritualmente. Cuando comparte con nosotros lo poco que tiene, se convierte en un sacramento del Reino: igual que la viuda del evangelio que da solo dos monedillas[5], él es quien más ofrece, porque da lo que necesita, y no lo que le sobra: nos entregan lo que «nada pagará», dice Federico: su amistad, su cercanía… y, tantas veces, no solo eso.

En 1991, durante una misión vicenciana en cierto país de Latinoamérica, los campesinos de una aldea de la montaña mandaron aviso al equipo misionero para que nos acercásemos a hablar con ellos, buscando nuestra mediación ante las autoridades para que la electricidad llegase a la aldea; cosa, por otra parte, fácil de conseguir, pues un cable de alta tensión pasaba por encima del poblado.

Fuimos a estar con ellos durante dos días, acompañados de un joven nacional, de otra aldea, que nos servía de guía y al que pedimos que, en todo momento, nos tuviese al tanto de cualquier detalle que se nos pudiera pasar por alto. Una de las familias de la aldea, muy humilde, nos acogió en su casita de barro, nos dio cama donde dormir y puso a la mesa, para comer y cenar, una rica sopa de verduras, seguida de pollo guisado. ¡Un auténtico banquete! Después de reunirnos y hablar con la comunidad campesina, que nos expuso sus necesidades, les aseguramos que hablaríamos con las autoridades en la ciudad, para dar solución a su requerimiento.

Durante el camino de regreso, nuestro buen amigo y guía comentó que la pobre familia donde residimos había sacrificado su única gallina, aquella que tenían para poner huevos que proveían de proteínas a su escasa alimentación, para darnos de comer a nosotros. ¡Se habían quedado sin su gallina y nos la habían dado a nosotros! Por supuesto, llegados a la ciudad, además de hacer los trámites que nos habían pedido, correspondimos a la familia haciéndoles llegar tres gallinas, con una nota en la que les agradecíamos su hospitalidad y todo lo que habían hecho por nosotros.

En el trato directo con los necesitados, damos y recibimos mucho y, por eso mismo, nuestra limosna no es un acto de caridad mal entendida, sino un justo compartir lo que somos y tenemos con nuestros hermanos.

Sugerencias para la reflexión personal y el diálogo en grupo:

  1. ¿Cómo ha de ser nuestro trato con los necesitados, cuando les visitamos en sus casas, en sus barrios, en su entorno?
  2. «El pobre nos evangeliza»: compartamos alguna experiencia personal que ilustre esta máxima vicenciana.
  3. ¿Qué lugar ocupa el cambio de estructuras, el cambio sistémico, en la programación de nuestras acciones a favor de los empobrecidos? ¿Por qué algunos proyectos no logran transformar la vida de los pobres? ¿Qué es lo que origina el éxito o el fracaso de algunos proyectos? ¿Qué estrategias se han puesto en práctica en los proyectos exitosos?

Notas:

[1]   Recordemos que, en tiempos de Federico, un buen porcentaje de los que pasaban necesidad eran obreros de las fábricas y sus familias, viviendo en lastimosas condiciones y mal pagados.

En 1840, por encargo de la Academia de Ciencias Morales y Políticas francesa, el economista Louis-René Villermé (1782–1863) hizo un estudio, en el que dice: «Suponiendo una familia cuyo padre, madre e hijo de 10 a 12 años reciben un salario ordinario, esta familia puede juntar en un año, si la enfermedad de alguno de sus miembros o la falta de trabajo no viene a disminuir sus ganancias: el padre, a razón de 30 sous por día de trabajo: 450 francos; la madre, a razón de 20 sous por día de trabajo: 300 francos; el hijo, a razón de 11 sous por día de trabajo: 165 francos. En total son 915 francos. Veamos ahora cuáles son los gastos [anuales]. Si solo ocupan una sala, una especie de ático, una bodega, una habitación pequeña, su alquiler […] suele costarles de 40 a 80 francos en la ciudad. Tomemos el promedio: 60 francos. La comida: 14 sous diarios el esposo, 255 francos; 12 sous diarios para la mujer, 219; 9 sous diarios para el niño, 164. En total: 638 francos. Pero, como es muy común que haya varios niños pequeños, digamos 738 francos. Por lo tanto, la comida y la vivienda: 798 francos. Quedan, pues, 117 francos para muebles, ropa de cama, ropa, lavandería, fuego, luz, utensilios de la profesión, etc.» (Louis-René Villermé, Tableau de l’état physique et moral des ouvriers employés dans les manufactures de coton, de laine et de soie [Cuadro del estado físico y moral de los trabajadores empleados en las fábricas de algodón, lana y seda], París: Jules Renouard, 1840, tomo I, pp. 98-100).

De este texto también se deducen datos importantes respecto a las condiciones laborales en las fábricas:

  • Además de la evidente desigualdad de género en los salarios (33% de diferencia), también llama la atención la normalidad con que se habla del trabajo infantil, aún peor pagado (aproximadamente un tercio de un varón adulto).
  • El salario anual nos permite contabilizar el número de jornadas laborales al año: 300 días, esto es, seis días a la semana (descanso dominical), sin otras vacaciones en el año salvo ciertas fiestas reguladas (laicas y religiosas).
  •      En otros textos se indica que algunos trabajadores tenían que ir a la fábrica incluso los domingos por la mañana, para limpiar los talleres y mantener las máquinas.
  •      De ordinario, las jornadas diarias de trabajo superaban las 12 horas, a veces las 15. El descanso a mediodía, para comer, era breve (media hora en general); a menudo la comida se tomaba bien frente a la máquina, bien fuera, en el patio de la fábrica.

Los niños estuvieron sujetos a los mismos horarios al menos hasta 1841, cuando el rey Luis Felipe sanciona una ley, del 22 de marzo, que, entre otras disposiciones:

  • prohíbe el empleo de niños menores de 8 años;
  • prohíbe el trabajo nocturno (de las 9 de la noche a las 5 de la madrugada) de menores de 13 años (salvo excepciones);
  • regula a 8 horas la jornada máxima para niños de 8 a 12 años y a 12 horas para niños de 12 a 16 años; y
  • prohíbe el trabajo de menores de 16 años en domingos y días de fiesta.

No obstante, dicha ley solo obligaba a manufacturas, fábricas y talleres con más de 20 empleados.

[2]   «El protestantismo en su relación con la libertad», artículo aparecido en l’Univers, 4 y 12 de diciembre de 1848.

[3]   «Las causas de la miseria», artículo aparecido en l’Ère nouvelle, 15 de octubre de 1848.

[4]   Cf. CHOLVY, capítulo 11.

[5]   «Alzando [Jesús] los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo: “En verdad os digo que esa pobre viuda ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”» (Lc 21,1-4).

Javier F. Chento
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