últimas noticias sobre el COVID-19

Santa Luisa de Marillac ante el misterio de Navidad

por | Ene 6, 2021 | Formación | 0 comentarios

Evocando el centenario de su beatificación (1920-2020)

1. Santa Luisa vive el Adviento como preparación a la Navidad

En tiempos de Santa Luisa la Iglesia de Francia celebraba el Adviento como un tiempo de penitencia y de conversión para que los fieles se pudieran preparar bien a la celebración de la Navidad. Entonces se vivía con ayunos y oraciones, al estilo de la Cuaresma, subrayando mucho la dimensión personal y muy poco la dimensión comunitaria. Sin embargo, en el monasterio de Poissy donde Luisa pasó su infancia y parte de su adolescencia, se vivía como un tiempo fuerte centrado en la esperanza y en la preparación de la venida del Señor. Allí se cuidaba mucho la Liturgia del Adviento. Las monjas y las educandas tenían lecturas espirituales, tiempos de silencio, celebraciones litúrgicas cuidadas, retiro y oración para preparar el espíritu y los corazones a la venida de Jesús Niño en el misterio de la Navidad.

Luisa de Marillac aprendió en el monasterio de San Luis de Poissy a vivir el Adviento con fuerza cristiana, junto a las religiosas dominicas. Allí comprendió que las figuras centrales el Adviento son la Virgen María y San Juan Bautista. Así lo expresa en su Reglamento de vida en el mundo, escrito después de quedarse viuda: se propone ayunar todos los viernes de Adviento y la víspera de las fiestas de la Virgen. Además, para prepararse a celebrar bien el misterio de la Navidad, se compromete a hacer Ejercicios Espirituales durante el tiempo de Adviento, a lo largo de su vida. Quería centrar su vida espiritual en el misterio de la Encarnación del Verbo. Esta intención y deseo de su voluntad ha quedado bien grabada en su Reglamento de vida en el mundo: «Durante todo el año, el día (de la semana) en que cayere la fiesta de Navidad, rezaré el himno Jesu Nostri Redemptor y el día (del mes) en que cayere la de Pentecostés, la Secuencia Veni Sancte Spiritus»[1].

Durante el Adviento, particularmente en la fiesta de la Inmaculada Concepción, contempla de maneara especial a la Virgen María llena de gracia, quien libre de pecado se siente elegida por Dios Padre para realizar por ella y en ella el misterio de la Encarnación, tal como lo canta en el Magnificat:

«Considerando esta santa Concepción, he visto al mismo tiempo la aplicación del designio de Dios en la Encarnación de su Hijo, a la materia que debía formar ese cuerpo virginal para que, sin dejar de ser verdadera hija de Adán, no hubiese en ella ninguna tara del pecado original ya que en ella debía formarse el Cuerpo divino del Hijo de Dios, que no hubiera podido satisfacer con su muerte a la divina Justicia si hubiese tenido parte en el pecado original. El cuerpo purísimo de la Santísima Virgen es la digna morada del alma que Dios le ha creado y uno y otra siempre fueron gratos a Dios, siempre enriquecidos, además de la Purísima Concepción, con los méritos de la muerte de su Hijo» (SLM: E. 106, 823)

Luisa de Marillac ve a María como un vaso precioso de elección y asombro de toda la Corte celestial, digno de ser horado y admirado por todos los cristianos, evocando la enseñanza del libro del Eclesiástico: «como fuego e incienso en el incensario, como vaso de oro macizo adornado de toda clase de piedras preciosas» (Si 50, 9)

«Y como vaso precioso, recibe continuo aumento de gracia con la que nunca dejó de embellecerse; por eso, con toda razón debe ser honrada por toda creatura y en especial por los cristianos ya que es la única pura creatura que siempre fue agradable a Dios, lo que la hace ser el asombro de toda la Corte Celestial y la admiración de todos los humanos» (SLM: E. 106, 823)

Contemplar a María Inmaculada en su Concepción, como vaso precioso de elección, es para Santa Luisa un motivo para adorar la omnipotencia divina que conjuga en María la misericordia infinita del Creador con su justicia armonizadas en la Encarnación del Verbo:

«Es también digno motivo para que se conozca y adore la omnipotencia de Dios que ha puesto en ella la gracia de dominar por entero a la naturaleza, salvándola sin que estuviese perdida, no sólo por misericordia, sino por justicia ya que no había pecado, y por ser necesario para la Encarnación del Hijo de Dios según sus divinos designios por toda la eternidad para la Redención del género humano» (SLM: E. 106, 823)

San Vicente que la conocía bien y sabía la importancia que ella daba al tiempo de Adviento, cuida mucho de que su dirigida y las hermanas de la Compañía naciente vivan intensamente el tiempo de Adviento como camino espiritual. Así se lo recuerda en una carta dirigida a Luisa el mes de noviembre de 1657:

«Para poder pasar bien el Adviento puede leer el libro del reverendo padre jesuita Souffrand. Mande que lo lean en el refectorio de las hermanas, sobre todo el tratado que corresponde a este tiempo y hágales hacer las oraciones y prácticas que contiene el libro, que les son muy convenientes. Deje que ellas añadan alguna pequeña penitencia a las que ya hacen; me refiero a las que se lo pidan. Por lo que a usted se refiere, soporte sus achaques como si fueran su penitencia, por amor de Dios, y no piense en hacer nada más» (SVP VI, 574)

Y en el artículo 19 de las Reglas escritas por San Vicente y revisadas por santa Luisa en 1655 quedó escrito y prescrito cómo debían celebrar el Adviento las hermanas: «Ayunarán todos los viernes y las vigilias de las fiestas de Nuestro Señor y de la santísima Virgen y guardarán la abstinencia todos los miércoles de Adviento, pero de tal forma que las enfermas [puedan tener el alivio de hacerlo de forma flexible]» (SVP: IX/2, 1153)

En el Consejo del 21 de julio de 1657, uno de los temas tratados fue la supresión de la Comunidad de Chars, ciudad cercana a París en la que las hermanas atendían un pequeño Hospital y la Escuela parroquial.  El motivo aducido para ello era la condición jansenista del párroco que molestaba mucho a las hermanas con sus ideas y prácticas casi heréticas. Una de las razones que se aportan para el discernimiento sobre la decisión de sacar a la Comunidad de Chars es el hecho provocado por el párroco: privar a las hermanas de la comunión durante todo el tiempo de Adviento de 1656 (SVP: X, 851)

A Santa Luisa le gusta contemplar a María como Madre del Redentor y mujer eucarística por haber llevado en su seno al Redentor del mundo como primer sagrario viviente. Por ello se atreverá a afirmar y enseñar que la Eucaristía es una prolongación de la Encarnación. Nos lo ha dejado bien escrito en una de sus meditaciones sobre la Virgen María:

«Ella es la madre del Hijo de Dios, al que tanto se esmeró en honrar que podemos decir que ha contribuido en parte a todos los misterios operados por Nuestro Señor; ha contribuido a su Humanidad mediante su sangre y leche virginal. Al considerarla de esta manera, la he felicitado por la excelente dignidad que ella tiene por este medio en este grande y divino sacrificio perpetuo de la Cruz representado y ofrecido en nuestros altares» (SLM: E. 107, 825)

La contemplación de la Virgen María durante el Adviento es para ella una forma excelente de vivir ese tiempo sagrado de preparación a La Navidad.

 2. Santa Luisa ante el Pesebre (Nacimiento)

La costumbre de hacer Belenes, Pesebres o Nacimientos en las iglesias y en las casas se inició en Italia con san Francisco de Asís y se generalizó en toda la Iglesia a partir del siglo XIII. El Concilio de Trento propició su difusión como medio de catequesis sobre el misterio de la Navidad, dando lugar a un arte exuberante cuyo primer foco fue Italia. La costumbre de montar belenes se expandió por Francia, España, Portugal y otros países de Europa ya en el siglo XVI. No es de extrañar que Luisa de Marillac se interesase por esta forma material, plástica y visual de celebrar la Navidad.

En las cartas dirigidas a las hermanas vemos cómo se interesa porque en cada comunidad se ponga el Pesebre (Nacimiento) para ayudar a las hermanas y acogidos a vivir con fe y gozo el tiempo de Navidad y, a la vez, facilitar la contemplación del misterio. Durante el tiempo de Adviento y Navidad, salta con frecuencia de su pluma la palabra «Pesebre» o «Belén». Le gustaba montarlo y contemplarlo con alma de artista. Como complemento, gozaba regalando a las hermanas las estampas de los oficios junto al pesebre, cuya colección conservamos en nuestro museo vicenciano. Entre sus cartas hay una que llama la atención, la dirigida a las hermanas Genoveva Doinel y María Marta que estaban en Chantilly. La fecha de la carta es del 28 de diciembre de 1659. Es de la última fiesta de Navidad que Santa Luisa pasó en este mundo. Contestando a la carta recibida de estas hermanas, escribe:

«Me invitan ustedes al pie del Pesebre (Belén) para allí encontrarme con ustedes, cerca del Niño Jesús y de su Santa Madre. Tal y como me lo dicen, me parece que, en efecto, allí se encuentran ustedes llenas de amor y unidas a nuestras Hermanas…»[2]

Las hermanas Genoveva y María Marta de la comunidad de Chantilly montaron el Belén o Pesebre en 1659 y acordaron hacer del Belén lugar de cita espiritual con su superiora y hermanas de la Casa Madre. Un buen propósito que sabían regocijaba el corazón de Luisa. En la carta de respuesta a sus dos corresponsales, ella agradece su invitación y se regocija por las disposiciones que manifiestan junto al Pesebre: «llenas de amor y en comunión con sus hermanas». El texto que sigue en la carta manifiesta el interés de Luisa por el montaje del Belén y su ubicación:

«…y a mí, aunque voy poco, sólo al regreso de Misa. Les diré que este año tenemos el Nacimiento en la gruta pequeña, a los pies de Jesús Crucificado, en un nicho grande que nos parece representa Belén mejor que los otros años…»[3]

Vemos que Luisa no hacía visitas frecuentes al Belén en su última Navidad, solo se detenía ante él al volver de la Misa a la que asistía, normalmente en la parroquia de San Lorenzo…  A nosotros nos es imposible precisar con exactitud el lugar en que Santa Luisa puso el Belén, lo cierto es que le gustaba la representación material del Pesebre y la juzgaba, en esta ocasión, como más evocadora del gran misterio de Navidad que en años anteriores.

Al leer esta carta me pregunto: ¿por qué iba poco al Belén?… Es probable que fuese por falta de tiempo, jamás por falta de aprecio y estima al misterio representado. Un motivo por el que iba poco al Belén en la Navidad de 1659 puede ser el aportado por dos estudiosos de su espiritualidad: el P. Gontier y Jean Clavet. Luisa de Marillac llevaba tras sí largos años de camino espiritual hacia la santidad y se hallaba ya en la cima de su ascensión. Su alma contemplativa no necesitaba ya de representaciones materiales para detener la mirada de su espíritu en Jesús Encarnado, hecho Niño en Belén.

En épocas pasadas había fijado su meditación al pie del Pesebre, pero ahora ya no lo necesitaba, pues su espíritu se hallaba íntimamente penetrado del Misterio de la Encarnación visibilizado en el tiempo de Navidad. El final de la carta de 28 de diciembre corrobora esta afirmación:

«De El (el «Niño Jesús») aprenderán ustedes los medíos para practicar las sólidas virtudes que su Santa Humanidad ejercitó en el Pesebre desde su Nacimiento. De su Infancia alcanzarán cuanto necesiten para llegar a ser verdaderas cristianas y perfectas Hijas de la Caridad, si le piden su Espíritu tal y como se lo dio ya en el Santo Bautismo, con la diferencia de que entonces no tenían ustedes uso de razón para obrar en conformidad con tan preciado don; mientras que ahora, queridas hermanas, si Él se lo concede de nuevo, ¡cuánta fortaleza tendrán para trabajar en la perfección que pide de ustedes!»[4]

Estas líneas son reveladoras de la profunda orientación que, al final de su vida, iban tomando los pensamientos de la fundadora a la vista del Pesebre o Belén, aunque fuera rápida y como de pasada. En la última Navidad, la de 1659, dos meses y medio antes de su muerte, expresa una convicción profundamente arraigada en su alma: en la contemplación de Jesús en el Pesebre y en los misterios de su Infancia, las hermanas debíamos encontrar ejemplos y gracias que nos permitan trabajar en la perfección del amor como cristianas y en la entrega servicial a los pobres como verdaderas siervas. Hagamos notar que para entonces ya había encontrado las estructuras espirituales y jurídicas sólidas para la conservación de la Compañía

3. Contemplación del misterio de Navidad

A santa Luisa de Marillac le gustaba meditar sobre «el Nacimiento de Jesús». Ella entiende que el misterio de la Encarnación y la Infancia de Jesús son una excelente escuela de santidad. Es una convicción que se había ido fortaleciendo en su interior con el paso del tiempo y a partir de 1633 la irradió sobre las hermanas de la Compañía. La primera meditación escrita sobre el Nacimiento de Jesús data de los Ejercicios Espirituales del Adviento de 1633, cuando la Compañía de las Hijas de la Caridad está naciendo. Todo el temario de los Ejercicios está centrado en el misterio de la Encarnación y la santa humanidad de Jesucristo:

«Al nacer en pobreza y abandono de las creaturas, Nuestro Señor me enseña la pureza de su amor no manifestándoselo a las criaturas, sino que se contenta con hacer por ellas cuanto es necesario. Esto eleva tanto más a las almas cuanto que al no ser amadas al estilo de las creaturas, se ven unidas totalmente a Dios por la pureza de ese amor» (SLM: E. 23, 694).

«Honraré la paz que contemplo en el pesebre, con una disposición a tener hartura en vez de ansiedad, en la posesión de Dios, que no se niega nunca al alma que le busca de verdad, adorando la divinidad en ese estado de la Infancia de Jesús e imitando cuanto pueda su santa Humanidad, en especial en su sencillez y caridad que le han movido a hacerse Niño para facilitar a sus creaturas el libre acceso a Él» (SLM: E. 23, 694).

Vemos cómo se deja impresionar por el contraste entre la divinidad que se esconde tras la humanidad del Niño de Belén en su pobreza y la elevación que supone la presencia de su Amor en cuantas personas lo acogen con fe y amor. Esa acogida hace que sintamos el Misterio de Navidad, el nacimiento de Jesús en Belén, como expresión de la pureza de su Amor que nos eleva y transforma espiritualmente. Es de notar la razón que atribuye Santa Luisa a la pobreza elegida por la Providencia de Dios para el nacimiento de su Hijo como un Niño en Belén: Jesús llega al mundo con la intención de hacerse más cercano a los hombres a quienes viene a salvar. Y Luisa saca inmediatamente una aplicación práctica: acoger la libertad de acceso a Él, que el mismo Niño Jesús nos regala. Nos viene a decir que la pobreza material y espiritual es fuente de libertad … Y esa libertad hemos de usarla con «respeto», un respeto que esté en relación directa con “la humildad de la que da prueba el Salvador recién nacido”. Subraya también la discreción con la que se opera la aparición humana del Verbo en el mundo.

En su meditación sobre el nacimiento de Jesús siente admiración y una atracción especial por el pesebre, símbolo de humildad, pobreza y desprendimiento material:

«Que el pesebre es el trono del reino de la santa pobreza; mucho he deseado ser admitida cabe él, ya que dicha pobreza es la virtud más amada por el Rey de los Pobres, como lo ha demostrado el hecho de que a pesar de estar por toda la tierra, sólo le reconocen los que lo son en verdad y sencillez. Por eso, proclama su nacimiento por voces celestiales, para manifestar con ello que Dios mismo honra tal estado. Para participar de esa gracia, hay que corresponder sin demora a las santas inspiraciones, a imitación de los pastores» (SLM: E. 23, 694).

¡Qué pensamientos y sentimientos tan profundos! Como súbdita de la monarquía del siglo XVII, lo primero que se le viene a la mente al contemplar el “pesebre del nacimiento” es la imagen del «trono real». Para ella la pobreza tiene un reino caracterizada por la libertad interior, la humildad, la verdad y la sencillez. Y ve con admiración contemplativa el trono en el pesebre del nacimiento… Por eso siente la necesidad de ser admitida en ese Reino invisible establecido en torno al nacimiento del Salvador. Como San Francisco de Asís, ve a la dama Pobreza como una Reina cuyo trono es el Pesebre. Y siente la Pobreza como la dama preferida «del Rey de los pobres». En su contemplación ella desea sentir y vivir esa preferencia… Su meditación se basa en los hechos referidos en el Evangelio de Lucas (Lc 2, 8-15): el anuncio del Nacimiento de Jesús a los pastores de Belén y su respuesta humilde y generosa. Luisa piensa en los «pastores que pernoctaban al raso y de noche se turnaban velando sobre su rebaño» (Lc 2, 8), cuando escribe: «Para participar de esa gracia, hay que corresponder sin demora a las santas inspiraciones». La resolución de su oración es clara: corresponder con prontitud a las inspiraciones y llamadas del Espíritu.

Pero la prontitud de respuesta, supone humildad, buscar sólo a Dios que ve lo más profundo del corazón y también libertad interior, dejando actuar la Espíritu en el alma que es Quien nos da la verdadera disponibilidad y realiza en nosotros el nuevo nacimiento, tal como Jesús lo anunció a Nicodemo. Ella lo hace constar así:

«No basta con tener el entendimiento iluminado con el conocimiento de nuestros defectos; es preciso, además, tener la voluntad caldeada para digerirlos: lo uno sirve para limpiar la conciencia (disponiéndola) para el nacimiento en nosotros de nuestro Jesús; lo otro, para adornarla y embellecerla para esa misma recepción» (SLM: E. 40, 723)

De ahí tengo que aprender a mantenerme oculta en Dios con ese deseo de servirle sin buscar para nada el testimonio de las creaturas y la satisfacción de su comunicación, contentándome con que Dios vea lo que quiero ser para Él; para ello desea me entregue a Él, dejándole operar en mi esta disposición; y así lo he hecho por su gracia» (SLM: E. 23, 694).

En su oración contemplativa Luisa ve la aprobación del Padre a los desposorios de su Hijo Jesús con la Pobreza en el misterio de Belén, por eso envía a los Ángeles a los pastores para cantar su gloria y de esta manera: «manifiesta su nacimiento por voces celestiales, dando así la seguridad de que es Dios mismo quien honra tal estado»

Su mirada contemplativa es todavía más profunda cuando se dirige a los tres Reyes en adoración ante el Niño Dios. Al parecer, Santa Luisa se inspiró en el comentario de san Ambrosio a la adoración de los Magos que había leído. San Ambrosio entiende que los dones que son llevados por los Magos pertenecen a Jesús mismo. Se trata, pues, de ofrecer lo mismo que nosotros hemos recibido de él, y en éstos estamos comprendidos todos «nosotros», ya que en la función simbólica de los magos se incluyen todos los pueblos. Luisa ve como dones a ofrecer al Niño Dios la oración, el ayuno y la limosna:

«Podemos también ofrecerlos ante el pesebre como los presentes de los tres Reyes. La limosna en vez del oro, el ayuno en vez de la mirra y la oración como el incienso: y también presentárselos los tres a la Santísima Trinidad: la oración al Padre, el ayuno al Hijo y la limosna al Espíritu Santo; haciéndolo así, adoraremos a nuestro Dios encarnado con los Ángeles por medio de la oración, con los Reyes por medio de la limosna y con los pastores por el ayuno, y Dios nos bendecirá» (SLM: E. 40, 723)

En su meditación, Luisa ve el Pesebre de Belén como lugar de conciliación entre la pobreza espiritual y la riqueza material. La pobreza material la ve simbolizada en los pastores y la riqueza en los Magos, pero la humildad expresada en la adoración y la ofrenda manifiesta la virtud fundamental y el medio indispensable para ser, hombres y mujeres elegidos, continuadores de la misión de Jesús en la obra divina de servir a los Pobres.

La contemplación del Belén la invita también a un «amor puro» a Dios. No ese «amor puro» que a finales del siglo XVII enfrentó con Bossuet a Madame Guyon y Fenelon; sino a un amor activo, concreto, «con el esfuerzo de los brazos y el sudor del rostro», como quería San Vicente—, un amor que sólo pretende servir a Dios presente en los pobres, sin compensación alguna y que sólo aspira a la austera satisfacción de que Dios «lo vea todo…, contentándome con que Dios vea lo que quiero ser para Él»

La contemplación del Pesebre provoca un nuevo nacimiento: el de la Compañía en la Iglesia y el de la gracia en cada hermana que quiere ser fiel a su Bautismo, pues la Compañía necesita miembros «que deseen la perfección de los verdaderos cristianos, que quieran morir a sí mismas por la mortificación y la verdadera renuncia, ya hecha en el santo bautismo, para que el espíritu de Jesucristo reine en ellas y les dé la firmeza de la perseverancia en esta forma de vida, del todo espiritual, aunque se manifieste en continuas acciones exteriores que parecen bajas y despreciables a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios y sus ángeles» (SLM: c. 717, p.648)

Santa Luisa piensa en los ánimos esforzados o espíritus equilibrados que se forjan en la contemplación del misterio de la Encarnación ante el Niño del Pesebre. Los ánimos esforzados y espíritus equilibrados son propios de mujeres de gran corazón, llamadas a servir a Dios en sus designios, «poniéndonos con frecuencia ante la vista la vida del Hijo de Dios y en cosas tan penosas y difíciles para nosotros; pensar que si ha querido fuera visible en Él hasta en su muerte, ha sido para que nos sirviera de ejemplo y aliento» (SLM: E. 62, 769)

Su contemplación del misterio de Belén concluye con resoluciones concretas:

«Honraré la paz que contemplo en el pesebre, con una disposición a tener hartura en vez de ansiedad, en la posesión de Dios, que no se niega nunca al alma que le busca de verdad, adorando la divinidad en ese estado de la Infancia de Jesús e imitando cuanto pueda su santa Humanidad, en especial en su sencillez y caridad que le han movido a hacerse Niño para facilitar a sus creaturas el libre acceso a Él» (SLM: E. 62, 694)

«Debo consagrar el resto de mis días a honrar la santa vida oculta de Jesús en la tierra, el cual, habiendo venido para cumplir la voluntad de Dios su Padre, lo hizo toda su vida, y viendo que la vida ordinaria necesitaba más de ejemplos, consagró a ella más tiempo y siempre dentro de la práctica de la perfección evangélica, puesto que, siendo rico, escogió la santa pobreza y la obediencia» (SLM: E. 62, 695)

Autora: Sor María Ángeles Infante, HC

Notas:

[1]  Santa Luisa de Marillac: Correspondencia y escritos, Trad. de Sor Pilar Pardiñas sobre la edición francesa de 1983.  Salamanca: CEME, 1985, E. 7, p. 673

[2]  SANTA LUISA DE MARILLAC: Correspondencia y escritos, p. 641.

[3]  Ibidem, p. 641.

[4]  Ibidem, p. 641.

Etiquetas:

0 comentarios

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

homeless alliance
VinFlix
VFO logo

Archivo mensual

Categorías

Noticias de .famvin y de otras webs vicencianas, en varios idiomas

Sígueme en Twitter

colaboración

Pin It on Pinterest

Share This