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Siempre de lado de los pobres

por | Nov 30, 2020 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Os invitamos a descubrir a través de sus propios escritos a Federico Ozanam, cofundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl y uno de los miembros más queridos de la Familia Vicenciana (al que, tal vez, aún conocemos poco).

Federico escribió mucho en sus poco más de 40 años de vida. Estos textos —que nos llegan de un pasado no muy lejano— son reflejo de la realidad familiar, social y eclesial vivida por su autor que, en muchos aspectos, guarda similitudes con la que se vive actualmente, muy en particular en cuanto se refiere a la desigualdad y la injusticia que sufren millones de empobrecidos en nuestro mundo.

Comentario:

Durante gran parte de su vida adulta, Federico ejerció de profesor, principalmente en la afamada universidad de la Sorbona de París. Fue lo que hoy consideraríamos un sabio —por la amplitud y profundidad de sus conocimientos en múltiples campos— que siempre estimó el saber y la educación como herramientas fundamentales para el desarrollo de la persona y la promoción de los pobres.

La tasa de analfabetismo en Francia estaba en torno al 50%, en la época de la Revolución francesa (a finales del siglo XVIII), aunque mejoró con el tiempo y llegó a ser del 20% a mediados del siglo XIX. Aun así, los escasos niveles de educación entre la clase trabajadora, en tiempos de Federico, eran muy preocupantes. Por eso, como una forma de promocionar a los pobres y a los obreros, expone la idea de «abrir escuelas nocturnas o dominicales» para los proletarios en una de las Asambleas generales de la Sociedad de San Vicente de Paúl, una iniciativa que ya le había comentado por carta a su hermano Alphonse, el sacerdote, pocos meses antes:

Por otro lado, voy a tener ahora mismo en la casa una reunión de profesores en la que vamos a tratar de crear clases públicas y una especie de escuela nocturna para esas gentes bravas. Los eclesiásticos de los Carmelitas[1] nos darán su ayuda y monseñor[2] nos dejará un local[3].

Ya en 1846 había comenzado a dar clases vespertinas a los obreros, en la iglesia de Saint-Sulpice:

Después de sus agotadoras clases en la Sorbona por las mañanas, por las tardes se le podía oír hacer lo mismo ante una asamblea de obreros. […] Aquellos que lo oyeron dirigirse a las clases iletradas han comentado lo maravilloso que era verle poner a su disposición las riquezas de su sabiduría y su mente elevada, y cuán intensamente ellos respondían al esfuerzo[4].

Pero Federico aún apunta más alto: sueña con que los hijos de los obreros puedan acceder al «tesoro de la educación superior»[5]. Las primeras universidades francesas datan de la Edad Media. La primera en abrirse fue la universidad de París (fundada en 1150), seguida de la de Toulouse (1229) y Montpellier (1289). Hasta muy avanzado el siglo XIX, solo los varones pudieron acceder a los estudios universitarios[6]. Además, la tremenda carga económica que suponían los estudios, viajes y estancia de los alumnos, hacía que prácticamente solo las familias de posición desahogada, la clase alta y la clase burguesa media-alta, pudiesen ofrecer educación superior a sus hijos[7].

La educación es, indudablemente, un aspecto esencial en la promoción de los pobres. La formación permite a las personas y las sociedades optar a mejores niveles de bienestar personal y social, impulsar el desarrollo, equilibrar las desigualdades económicas y sociales, y acceder a condiciones laborales más justas. La Doctrina Social de la Iglesia incide en ello en numerosas ocasiones; por ejemplo, el Concilio Vaticano II dedicó una declaración al asunto, en la que se dice:

Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación, que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz. Mas la verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las varias sociedades, de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades deberá tomar parte una vez llegado a la madurez[8].

La educación es una herramienta fundamental en nuestra labor de promover el cambio sistémico[9], para identificar y desarrollar la capacidad única y propia de cada persona.

Es, además, un derecho reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 26[10], aunque se desarrolla con algo más de extensión en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, en su artículo 13[11].

Vicente de Paúl, «leyendo los “signos de los tiempos”, descubrió que la ignorancia, la falta de educación y de cultura está en la raíz de la pobreza y de la marginación. Así, san Vicente actuó como un gran autor, asesor y organizador de un vasto plan de evangelización de los pobres, que incluía la educación. En el ámbito eclesiástico, organizó, animó y asesoró una serie de iniciativas de educación y formación, que llevarán a cabo una verdadera reforma del clero y del episcopado, y un gran desarrollo de la evangelización de los pobres, sobre todo de los campesinos. En el sector de la educación de los pobres, trabajó para crear las pequeñas escuelas, y despertó, preparó y animó a personas y grupos, para la creación y funcionamiento de estas escuelas para los pobres más abandonados»[12]. Es, por tanto, una tarea netamente vicenciana, a la que Federico dedicó gran parte de sus esfuerzos durante toda su vida adulta.

La última frase del texto de Ozanam es especialmente significativa: ni Dios ni nosotros podemos ser imparciales. Ante el sufrimiento, el dolor, la pobreza… la amorosa mirada de Dios —y, por tanto, también la nuestra— siempre se dirigirá hacia los que sufren estas realidades injustas. En esto, los vicencianos hemos descubierto nuestra vocación y la forma de santificarnos, olvidándonos de nosotros mismos y trabajando abnegadamente por el prójimo.

Sugerencias para la reflexión personal y el diálogo en grupo:

  1. Si ofrecer educación a los empobrecidos es parte de nuestra vocación vicenciana, ¿qué obras formativas estamos llevando a cabo en nuestro entorno? En este ministerio educativo, ¿en qué áreas de mejora deberíamos incidir más?
  2. Nuestras instituciones educativas vicencianas, ¿están orientadas fundamentalmente hacia los más necesitados?

Notas:

[1]   La iglesia de Saint-Joseph-des-Carmes de París.

[2]   Denis Auguste Affre (1793–1848), arzobispo de París.

[3]   Carta a Alphonse Ozanam, del 15 de marzo de 1848.

[4]   Cf. O’MEARA, capítulo XVIII.

[5]   La realidad universitaria durante el siglo XIX en Francia es compleja: «Las universidades francesas desaparecieron en 1793 y no se reconstituyeron formalmente hasta 1896. Francia soñaba con una sola universidad, que un decreto de 1806 había definido como un “organismo exclusivamente encargado de la enseñanza y la educación pública en todo el Imperio”. Esta universidad de 1806 se dividía en academias (una docena), en cinco órdenes de facultades (de acuerdo con la antigua clasificación: Teología, Derecho, Medicina, Ciencia y Letras), y otorga tres grados universitarios: bachillerato, licenciatura y doctorado» (Jean-Claude Casanova, «L’université française du XIXe au XXIe siècle» [La universidad francesa, del siglo XIX al siglo XXI], disponible en http://ozan.am/4a7ng – último acceso: 20 de abril de 2020).

[6]   La discriminación por causa de sexo para acceder al sistema educativo francés fue habitual hasta muy entrado el siglo XIX.

En la época de Federico Ozanam, las niñas no asistían a la escuela. En 1850 se aprueba la educación elemental para ambos sexos… pero a las niñas sólo se les permite recibir clases por tutores de la Iglesia. Respecto al bachillerato, las mujeres jóvenes que deseaban presentarse debían prepararse para ello utilizando medios propios, mediante lecciones privadas impartidas por profesores varones de los liceos de niños. Por fin, en 1879, se permite el acceso sin restricciones a la mujer a los colegios y la educación secundaria. Finalmente en 1880, el gobierno aprueba que la mujer pueda acceder a la enseñanza superior en la universidad francesa (hubo algunas contadísimas excepciones en años pretéritos: algunas mujeres no francesas pudieron realizar parte de sus estudios en la universidad de París).

[7]   No existen datos estadísticos fiables del número de estudiantes que asistían a la universidad de Francia en el siglo XIX. Las estadísticas más tempranas indican que «en 1900, en Francia, solo el 0,7% de los jóvenes de 20 años asistían a la universidad» (Jean-Claude Casanova, o.c.). El porcentaje, cuando Ozanam escribe este texto, era indudablemente menor.

[8]   Concilio Vaticano II, Declaración «Gravissimum educationis», sobre la educación cristiana, nº 1.

[9]   Una explicación sobre el cambio sistémico desde una perspectiva vicenciana, se puede hallar en: Robert P. Maloney, C.M., La noción del cambio sistémico, en https://goo.gl/CA1YQZ (último acceso: 20 de abril de 2020).

[10]  https://goo.gl/44o4wq (último acceso: 20 de abril de 2020).

[11]  https://goo.gl/u1ENFU (último acceso: 20 de abril de 2020).

[12]  Celestino Fernández CM, San Vicente y la educación, conferencia presentada durante la Asamblea Internacional de la Asociación Internacional de Caridades, en El Escorial (España), el 30 de marzo del 2011.

Javier F. Chento
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