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La periferia rechazada del terrorismo

por | Nov 7, 2020 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Todas las ramas de la Familia Vicentina han de acudir a las periferias rechazadas por la sociedad. Sin duda alguna, hoy la periferia más temida es la del coronavirus, pero hay otra, más odiada: la de la violencia y el terrorismo que asolan en muchas partes de nuestro mundo.

Desde mitad del siglo pasado crecen los movimientos pacifistas y antimilitaristas, porque casi todas las naciones tienen definidas sus fronteras y, las que no las tienen, prefieren el diálogo a la guerra. Pero en el siglo XVII Francia, por medio de la guerra, buscaba las fronteras que tiene hoy. La mayoría de los soldados eran mercenarios, vagabundos y maleantes, los llamados “sang trop-chaud” (“sangre demasiado caliente”). Se les autorizaba a cobrarse el sueldo con el botín de los saqueos por donde pasaban o se establecían como cuarteles de invierno. Las regiones fronterizas estaban plagadas de soldados licenciados, inválidos y jubilados que habían quedado abandonados a su suerte. Se organizaban en bandas con las armas que pudieron escon­der para el pillaje, violar, asesinar, quemar casas y cosechas y torturar para conocer el escondite del dinero. Se habían convertido en terroristas, porque terrorista es todo el que atenta contra el bienestar y la salud de los ciudadanos. Son escalofriantes los grabados “Las miserias de la guerra”, de J. Callot, y las llamadas “Relaciones” del contemporáneo jansenista Ch. Maignart de Bernières.

Santa Luisa, cuando pasan soldados por un lugar, pregunta si han causado daño, y como un triunfo anuncia que a las Hermanas no les ha pasado nada (c. 12, 229, 405). Los concejales de Rethel cuentan a san Vicente las atrocidades que hicieron en los alrededores de su ciudad (IV, 191s), y san Vicente, sin odio, pero con dolor, refiere al papa Inocencio X que “a los soldados se les permite todo. Los pueblos se ven expuestos a sus robos y rapiñas, e incluso a los asesinatos y a toda clase de torturas. Los campesinos que no perecen por la espada mueren de hambre. Ni los sacerdotes se escapan de sus manos, y son tratados por los soldados cruelmente, torturados y asesinados. Las vírgenes son violadas, las religiosas sometidas al libertinaje de la soldadesca, los templos profanados, saqueados y destruidos. Los que quedan en pie se han visto abandonados de sus pastores, de forma que los pueblos están casi sin sacramentos, sin misas y sin socorro espiritual. Y horroriza que han tirado por tierra y pisoteado el Santísimo Sacramento para apoderarse de los copones” (IV, 427).

El rencor que provocaban los aborrecidos soldados convertidos en terroristas lo encontramos en el rotundo rechazo de dos Hijas de la Caridad a ir al destino que les dio san Vicente de cuidar en el hospital de La Fère a los soldados heridos. Y pidiendo voluntarias para ir a atender el hospital militar de Calais ninguna Hermana se ofreció a no ser la anciana sor Enriqueta Gesseaume a la que tuvo que nombrar Hermana Sirviente de las tres únicas que pudo encontrar, tres seminaristas. Tal era el rechazo de las Hermanas a los soldados que san Vicente les dice que se oponen a la Providencia aquellas que dicen a santa Luisa: “Señorita, mándeme adonde quiera, pero no me mande a ese sitio con los soldados” (SV. IX, 807s). También ellas los consideraban terroristas.

A san Vicente un día se le escapó una frase cruel: “Oh, hermanos míos, confusión en nuestros rostros al vernos superados por miserables soldados y pobres bestias en cosas tan agradables a Dios” (XI, 532). Porque él había vivido sus atrocidades: “Sólo pensaba haber estado dos o tres días en Fréneville para dejar recogido un rebaño de ovejas y dos caballos que se pudieron salvar del saqueo de Orsigny, pero la Providencia me retuvo para que supiera que tampoco estaban seguros allí, pues vinieron los soldados para llevarse los caballos de una finca cercana; esto me obligó, con mal tiempo, a llevar las ovejas a una aldea cerrada, a 4 o 5 leguas de Etampes. Los caballos los he traído para acá” (III, 380).

Pero san Vicente y santa Luisa también los llaman “pobres soldados” o “pobres heridos”[1], sienten compasión por ellos e intentan devolver a estos terroristas a una vida humana dentro de la sociedad. San Vicente envía misioneros a los ejércitos franceses como capellanes y les encarga que los evangelicen (I, 368s), intentando devolver a una vida normal a esos terroristas. Piensa que las Hermanas no le creen y se esfuerza en convencerlas con argumentos de toda clase: que «se trata de una obra santa», que es hacer lo que hizo Cristo en la tierra, que es dar vida, cuan­do la guerra trae la muerte. Y las anima con halagos: «¿Alguna vez han oído decir que unas mu­chachas iban a abandonar a sus padres, sus bienes y, lo que es más, su propia persona, para ir ¿a qué?». Aquí se detiene aterrado de lo que va a decir: «a servir a unos pobres sol­dados enfermos», a unos pobres terroristas enfermos (IX, 651s, 1087s).

A esta turba de terroristas había que curar, si caían heridos, porque era voluntad divina. Algunas Hermanas se negaron a cuidar a unos terrorista que acaso habían violado y asesinado a familiares suyos, pero otras se ofrecieron, aun­que tuvieran que morir. Era todo un reto, además, marchar a unos hospitales que estaban en regiones muy alejadas para aquellas aldeanas que no habían salido del pueblo, vivían del pueblo y se casaban con hombres del pueblo o de sus alrededores. Solo tuvie­ron la apertura de las ferias y, como sueño, la ilusión de ir a servir a París. Y nada más entrar en la Compañía, algunas todavía seminaristas, salieron para un país lejano con idioma diferente, incomunicadas con los superiores para curar a unos terroristas vestidos de soldados, como en Calais. Algunas quedaron accidentadas para siempre y varias murieron[2].

Santa Luisa les pide que amen a los odiosos soldados que consideraban terroristas para imitar a nuestro Señor. Después, viene el camino: al curarlos, sean sumi­sas, tolerantes, respetuosas, mostrándoles mansedumbre y compasión; les recomienda leer todos los meses el re­glamento, la Imitación de Cristo y la Introducción a la Vida Devota y, si es posible, que se confiesen con los padres paúles que están allí (c. 447s). Alejada la guerra de Champaña queda el hospital militar de Châlons y en él sor Ana. San Vicente la manda volver (SL. c. 456s) y la des­tina a un nuevo hospital militar cerca de Sedan. La experiencia ocasiona admiración y varias jóvenes piden entrar en la Compañía.

Y nosotros, ¿tratamos según el evangelio y no según nuestras ideas políticas a los que consideramos terroristas? ¿Unas regiones son fuente de terroristas y otras, sus víctimas? Tu familia o conocidos ¿han sentido el hachazo del terrorismo? Aunque no puedas olvidar, ¿perdonas? ¿Qué indica la frase perdono, pero no olvido? ¿Qué en cuanto puedas te la pagará?

P. Benito Martínez, CM

Nota:

[1] SV. V, 42, 55; IX, 2, 651, 652, 654, 806, 911, 1053; XI, 338; SL. c. 446, 463, 547, 638, 646, 655.

[2] SL.449, 451, 452, 655, 696…; D 572, 723, 724, 726, 729, 786; SV. IX, 651s, 806s, 1086s, 1093s. Ver Benito MARTÍNEZ, “Hospitales de sangre y otras fundaciones alejadas de París”, en ANALES 91 (febrero 1983) 102s; ID. “Los hospitales de sangre”, en Don del amor de Dios a la Iglesia y a los pobres, CEME, Salamanca 1984, p.339-372

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