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Os invitamos a descubrir a través de sus propios escritos a Federico Ozanam, cofundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl y uno de los miembros más queridos de la Familia Vicenciana (al que, tal vez, aún conocemos poco).

Federico escribió mucho en sus poco más de 40 años de vida. Estos textos —que nos llegan de un pasado no muy lejano— son reflejo de la realidad familiar, social y eclesial vivida por su autor que, en muchos aspectos, guarda similitudes con la que se vive actualmente, muy en particular en cuanto se refiere a la desigualdad y la injusticia que sufren millones de empobrecidos en nuestro mundo.

Comentario:

Federico lleva años siendo profesor de la Sorbona cuando escribe este texto, una reflexión sobre la importancia de la fe en su vida, sobre cómo fueron fundamentales su familia y el abate Noirot. Forma parte de la introducción que escribió a las 21 lecciones acerca de la caída de la civilización romana, que impartió en la Sorbona y que se publicaron póstumamente con el título La civilización en el siglo quinto[1].

Federico denomina al siglo XIX «un siglo de escepticismo»; sin duda, lo fue en Francia después de la Revolución, cuando las creencias religiosas y la Iglesia cayeron en desgracia. Aun así, Ozanam nunca se sintió avergonzado de su fe, ni la ocultó tampoco en los círculos universitarios, lugares poco dados a las creencias.

No obstante, en su adolescencia, Federico pasó por una crisis de fe. A los vicencianos, esta crisis de fe nos evoca aquella que san Vicente de Paúl también sufrió, a los 32 años de edad:

Fue un camino doloroso y purificador, una noche plena de dudas y de tinie­blas que, según su primer biógrafo, duró tres o cuatro años y finalizó al tomar una decisión firme y definitiva de poner su persona, su existencia y toda su vida al servicio de los pobres. Esta noche obscura […] se ha de considerar como un momento decisivo de su vida. Es la noche de la duda, de las tinieblas, del vacío interior, de la lejanía de Dios, de la deses­peranza. […] El caso es que, si damos crédito a su primer bió­grafo, su espíritu se iluminó y se transformó en el momento que tomó una decisión, a nivel de fe, hoy diríamos una opción radical. Esa opción dio sentido a su vida, creó una identidad personal, le proporcionó su proyecto evangélico, que no era otra cosa que entregarse de por vida al servicio de los pobres. «Sabemos que se iluminó su no­che interior, que experimentó una paz profunda desde el momento en que se resolvió definitiva­mente a consagrar toda su vida al servicio de los pobres»[2]. Vicente se había encontrado a sí mismo y había descubierto la orientación fundamental de su vida. Esa opción radical, desde la fe, generó el sentido de su exis­tencia. En ella, experimentó lo que dirá años más tarde «es necesario salir de sí mismo y darse». Todo esto ha hecho posible que poco a poco Vi­cente modificase su propio ser, sus criterios de actuación, su manera de contemplar las cosas y las personas, para verlas según están en Dios[3].

Federico también, a pesar de apegarse a los «dogmas sagrados», no encontraba paz. Fue el testimonio de un buen sacerdote, el contacto personal con un creyente, el que fortaleció de nuevo su fe, que no es un compendio de saberes, sino la adhesión personal a Jesús, que recibimos a través del ejemplo de personas que lo hicieron antes que nosotros. Por eso, es importante que nuestro testimonio de vida sea acorde a nuestra fe.

Tanto Vicente como Federico salieron fortalecidos de estas noches oscuras; ambos decidieron entonces entregar su vida al Señor, Vicente descubriendo el verdadero sentido de su ministerio sacerdotal: «llevar el Evangelio al pobre pueblo campesino»[4], y Federico dedicando sus días «al servicio de la verdad que me daba paz».

Todos los creyentes, en mayor o menor medida, hemos pasado por episodios semejantes. La fe es una búsqueda permanente. Optar por Dios nos obliga a tomar decisiones vitales que, en muchas ocasiones, no son sencillas. Ojalá que el ejemplo de nuestros hermanos mayores nos guíe en esos momentos de oscuridad, y en las zozobras descubramos a Jesús diciéndonos, como a sus discípulos: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo»[5].

Sugerencias para la reflexión personal y el diálogo en grupo:

  1. «La duda es el motor de la fe» (atribuida a santo Tomás de Aquino). ¿Qué opinas de esta frase?
  2. ¿Qué lugar ocupan mis creencias en mi vida? ¿En qué notan los demás que soy cristiano?
  3. Evangelizar es anunciar la buena noticia de Jesucristo, por medio de la palabra, las obras y, también, por el testimonio de nuestra propia vida. ¿Cómo podemos mejorar la forma de evangelizar?

Notas:

[1]   El libro reúne fundamentalmente los apuntes taquigráficos de sus clases en la Sorbona durante los años 1848 y 1849. Federico nunca llegó a verlos publicados, y tan solo tuvo oportunidad de revisar las cinco primeras lecciones.

Esta obra inicia lo que Federico desarrolló del plan que se había trazado desde su juventud: describir, a lo largo de varios libros, el progreso de la sociedad en la civilización occidental y la influencia beneficiosa que ejerció el cristianismo en ella. Ya siendo un joven de 18 años empezó a idearlo; así se lo contaba a sus amigos Fortoul y Huchard (condiscípulos suyos en el Colegio Real de Lyon):

«Por mi parte, mi decisión está tomada, he trazado el plan de mi vida y, en calidad de amigo, debo haceros partícipes de él. Igual que vosotros, siento que el pasado se derrumba, que los cimientos del viejo edificio se conmueven y que una terrible sacudida ha cambiado la faz de la tierra. Pero, ¿qué deberá salir de entre esas ruinas? ¿La sociedad deberá permanecer sepultada bajo los escombros de los tronos derribados, o habrá de reaparecer más brillante, más joven y más hermosa? ¿Veremos nosotros nuevos cielos y nueva tierra? Esa es la cuestión importante. […] Creo poder asegurar que existe una Providencia, y que esa Providencia de ninguna manera ha podido abandonar durante seis mil años a criaturas razonables, naturalmente deseosas de la verdad, del bien y de la belleza, en las manos del genio perverso del mal y del error y que, por consiguiente, todas las creencias del género humano no pueden ser extravagancias, y que ha habido verdades en el mundo. Ahora se trata de reconquistar esas verdades, desembarazándolas del error que las envuelve; es menester buscar entre las ruinas del mundo antiguo la piedra angular sobre la cual habrá de reconstruirse el nuevo» (carta a Hippolyte Fortoul y Claude Huchard, del 15 de enero de 1831).

[2]   André Dodin, «Espiritualidad de san Vicente de Paúl», en Vicente de Paúl y la evangelización ru­ral, CEME, Salamanca 1977, 107.

[3]   José Manuel Sánchez Mallo, «Espiritualidad vicenciana: Fe», en Diccionario de espiritualidad vicenciana, Salamanca: CEME; 1995, disponible en https://goo.gl/17efzb (último acceso: 20 de abril de 2020).

[4]   Cf. J. Mª Román, San Vicente de Paúl, Biografía, Madrid: BAC, 1981, p. 118.

[5]   Cf. Mc 6,45-52.

Javier F. Chento
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