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Confiar en Dios en tiempos de incertidumbre

por | Sep 28, 2020 | Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Os invitamos a descubrir a través de sus propios escritos a Federico Ozanam, cofundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl y uno de los miembros más queridos de la Familia Vicenciana (al que, tal vez, aún conocemos poco).

Federico escribió mucho en sus poco más de 40 años de vida. Estos textos —que nos llegan de un pasado no muy lejano— son reflejo de la realidad familiar, social y eclesial vivida por su autor que, en muchos aspectos, guarda similitudes con la que se vive actualmente, muy en particular en cuanto se refiere a la desigualdad y la injusticia que sufren millones de empobrecidos en nuestro mundo.

Comentario:

A mediados de julio de 1844, Amélie parte hacia Dieppe, ciudad costera en el Canal de la Mancha distante unos 200 kilómetros de París, buscando remedio a algunas dolencias que sufría mediante baños de mar. Federico queda en París trabajando, aunque le hace una visita fugaz los días 21 y 22 de julio. A su vuelta, le escribe casi a diario. En la carta del 27 de julio le informa de los trámites que se estaban realizando para nombrarle catedrático de Literatura en La Sorbona, sucediendo a Claude Fauriel (que había fallecido el 15 de julio). En efecto: la muerte de Fauriel suponía que, si no conseguía el puesto de catedrático, podría incluso quedarse sin su puesto de profesor suplente, a expensas de lo que el sustituto del señor Fauriel quisiese hacer. Evidentemente, el conseguir la cátedra universitaria supondría para la pareja un gran alivio a nivel económico, y el asegurar su estabilidad futura[1]. En este contexto escribe el párrafo anterior.

Federico puso su confianza en Dios en todo aspecto de su vida, incluso ante la incertidumbre de un futuro poco claro. Sabe que Dios se preocupa de su creación y, particularmente, de cada uno de sus hijos, y que en los momentos de prueba, nunca quedará defraudado por Dios, que es infinitamente compasivo.

Ozanam interiorizó y llevó a su vida los siguientes versículos bíblicos, que nos invitan a poner nuestra confianza en el Dios de la historia, ejemplo de tantos otros que recorren la Palabra de Dios:

«Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán. Si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti».
Isaías 43,2.

«¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!».
Isaías 49,15.

Con expresiones muy similares, san Vicente de Paúl, en una de sus conferencias a las Hijas de la Caridad, las anima a confiar en la Providencia divina:

Tener confianza en la Providencia quiere decir que debemos esperar de Dios que se cuidará de todos cuantos le sirvan, lo mismo que un esposo se cuida de su esposa y un padre mira por su hijo. Así es como se cuida Dios de nosotros, y mucho más. No tenemos que hacer otra cosa más que confiarnos a su dirección, tal como […] hace un niño en manos de su nodriza. Si ella pone al niño en su brazo derecho, a éste le parece bien; si se lo pone en el izquierdo, se queda contento; con tal que le dé de mamar, se quedará satisfecho. Así pues, hemos de tener también nosotros esa confianza en la Providencia divina, ya que ella se preocupa de todo lo referente a nosotros, del mismo modo que lo hace una nodriza con el niño y un esposo con su esposa; así también hemos de abandonarnos nosotros a ella por completo, lo mismo que el niño al cuidado de su madre y como confía la esposa en que su marido se cuide de sus bienes y de toda la casa. […] La razón que nos obliga a confiar en Dios es que sabemos que él es bueno, que nos ama con mucho cariño, que desea nuestra perfección y nuestra salvación, que piensa en nuestras almas y en nuestros cuerpos, que quiere concedernos todos los bienes necesarios para el uno y para la otra.
SVP ES, IX-2, 1049.

El seguidor de Jesucristo sabe que toda su existencia está en manos de un Padre providente, que está atento a nuestras necesidades y que escucha nuestra oración:

«En esto está la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha».
I Juan 5,14.

Quizás no siempre alcancemos aquello que deseamos o necesitamos, pero confiamos —incluso en las situaciones más adversas— en que todo lo que sucede es parte de un plan divino que intuimos, pero desconocemos. Jesucristo nos pide que confiemos en este Padre amoroso, que no nos afanemos en las cosas que caducan y que trabajemos por construir el Reino de Dios en la tierra, sabiendo que Dios va a cuidarnos incluso en la adversidad, el sufrimiento o la enfermedad:

«Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?».
Mateo 6,25-26.

El papa Francisco, comentando este texto de Mateo, reflexionaba:

Pensando en tantas personas que viven en condiciones de precariedad, o incluso en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. ¡Pero en realidad son más que nunca actuales! Nos recuerdan que no se puede servir a dos patrones: Dios y la riqueza. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Si en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie faltará lo necesario para vivir dignamente. […] Para hacer que a nadie le falte el pan, el agua, el vestido, la casa, el trabajo, la salud, es necesario que todos nos reconozcamos hijos del Padre que está en el cielo y por lo tanto hermanos entre nosotros, y nos comportemos consecuentemente.
Homilía del domingo, 2 de marzo de 2014.

Así, si confiamos en la Providencia divina, está en nuestras manos que esta providencia alcance a todos y, muy especialmente, a los más necesitados. Años después, el papa volvía a insistir en la misma idea expresada en la Palabra de Dios y las de san Vicente:

El primer paso en la oración cristiana es, por lo tanto, la entrega de nosotros mismos a Dios, a su providencia. Es como decir: «Señor, tú lo sabes todo, ni siquiera hace falta que te cuente mi dolor, solo te pido que te quedes aquí a mi lado: eres Tú mi esperanza». Es interesante notar que Jesús, en el Sermón de la montaña, inmediatamente después de transmitir el texto del «Padre Nuestro», nos exhorta a no preocuparnos y no afanarnos por las cosas. Parece una contradicción: primero nos enseña a pedir el pan de cada día y luego nos dice: «No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis» (Mateo 6, 31). Pero la contradicción es solo aparente: las peticiones de los cristianos expresan confianza en el Padre. Y es precisamente esta confianza la que nos hace pedir lo que necesitamos sin afán ni agitación.
Audiencia general del 27 de febrero de 2019.

Federico sabe, en medio de su incertidumbre, que puede contar con Dios misericordioso. Especialmente en sus tiempos de zozobra, supo confiarse al Padre de todos, poner su vida en manos de Dios y aceptar su voluntad, por muy dura o incomprensible que le pareciese. Lo experimentó con especial crudeza cuando, muy consciente de que le quedaba poco tiempo de vida, escribió su «Oración de Pisa», donde le ruega a Dios que le conceda el tiempo suficiente para educar a su hija. Pero, aún en esos momentos de intenso desasosiego, fue capaz de orar diciendo:

Es a mí a quien queréis. Está escrito en el comienzo del libro que debo hacer vuestra voluntad. Y he dicho: «Voy, Señor». Voy si me llamáis, y no tengo derecho a quejarme.
Pisa, 23 de abril de 1853.

También nosotros vivimos actualmente un tiempo de intensos problemas sociales y personales. Muchos podrán ver reflejada su propia situación personal en la situación de Federico. Que su ejemplo nos motive a caminar por la vida con confianza, sabiendo que Dios no va a faltar a sus promesas… aunque no seamos capaces de comprender sus designios.

Sugerencias para la reflexión personal y el diálogo en grupo:

  1. En las situaciones complejas, en los momentos de incertidumbre y dolor, ¿cómo es nuestra oración personal o comunitaria?
  2. ¿Qué mensaje de esperanza comunicamos a aquellos que pasan por situaciones angustiosas, a los que experimentan la enfermedad o la muerte cercana?
  3. ¿De qué maneras estamos participando activamente en construir el Reino de Dios, confiando en su Providencia, como nos orienta el papa Francisco?

Nota:

[1] Finalmente, a finales de noviembre de 1844, Federico fue nombrado sucesor de Claude Fauriel y catedrático vitalicio en la Sorbona.

Javier F. Chento
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