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Dar ejemplo con un debate fecundo

por | Sep 21, 2020 | Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Os invitamos a descubrir a través de sus propios escritos a Federico Ozanam, cofundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl y uno de los miembros más queridos de la Familia Vicenciana (al que, tal vez, aún conocemos poco).

Federico escribió mucho en sus poco más de 40 años de vida. Estos textos —que nos llegan de un pasado no muy lejano— son reflejo de la realidad familiar, social y eclesial vivida por su autor que, en muchos aspectos, guarda similitudes con la que se vive actualmente, muy en particular en cuanto se refiere a la desigualdad y la injusticia que sufren millones de empobrecidos en nuestro mundo.

Comentario:

La apologética es una rama de la teología que trata sobre la defensa de la fe y sus dogmas, desde la razón y el diálogo. No es un asunto fácil: al fin y al cabo, si algo fuese evidente o claro desde el punto de vista de la razón, no habría controversia. Reconocemos que, para llegar a la creencia, es necesario al final dar un salto de fe (que, sin duda, tiene elementos razonables). Ya dijo Juan Pablo II, en su encíclica Fides et ratio, que

la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo[1].

Siendo Federico profesor en La Sorbona, a comienzos de la década de 1840, una fuerte corriente intelectual fluía entre la juventud católica, volviendo sus mentes a muchas cuestiones vitales, como eran la unión de la fe y la ciencia, la alianza de la religión y la libertad, y la separación entre la Iglesia y el Estado. El 22 de mayo de 1843, Federico da un discurso en la conferencia literaria del Cercle Catholique, institución que buscaba la conciliación de la Iglesia con la sociedad laica, de la fe cristiana con el nuevo espíritu, de la religión con la ciencia. Ante él se reunieron muchas personalidades de la época, entre ellas el mismo arzobispo de París, monseñor Affre. Uno de los asuntos de la conferencia fue cómo los creyentes debían de defender su fe, también a través de escritos, en los periódicos y revistas del momento, ante las invectivas de los no creyentes.

El texto que presentamos es un fragmento de esta conferencia, que fue muy contestada en algunos ambientes católicos, llegando incluso a publicarse una crítica durísima en uno de los medios de católicos de la época, el periódico l’Univers[2]. En la correspondencia de Ozanam alrededor de esa fecha encontramos muchas reflexiones y avisos a sus amigos, referentes a este rechazo:

[En] un ataque violento de l’Univers, [en un] artículo publicado el día de la Ascensión […] se me calificaba de desertor de la lucha católica. […] La mayor parte del clero de París desaprueba el tono exaltado y las violencias por las que los panfletos y los periódicos comprometen la causa de la Iglesia. De modo que toda la asamblea apoyó mis palabras, y las que el señor arzobispo se dignó añadir a ellas consolaron y reafirmaron los espíritus. […] Yo he intentado [en mi aula] defender en tres lecciones consecutivas al papado, los monjes, la obediencia monástica. Lo he hecho ante una audiencia muy numerosa, compuesta de ese mismo público que la víspera pataleaba en otro sitio. Sin embargo yo no he tenido ningún tumulto, y al continuar la historia literaria de Italia, es decir, de uno de los países más cristianos que haya bajo el sol, me encontraré a cada paso, y jamás evitaré la ocasión de exponer la enseñanza, las obras buenas, los prodigios de la Iglesia[3].

¿Qué dice Federico en el texto? Varias cosas, y no poco importantes:

  • «Nunca debemos comenzar desesperándonos de los que niegan. No se trata de mortificarles, sino de convencerles»: No podemos acercarnos al diálogo atacando inmisericordes, o condenando con las penas del infierno a todo aquél que no comparte nuestros puntos de vista; no solo es antievangélico, sino que, en vez de convencer y evangelizar, lo que estaríamos haciendo así es alejar aún más a las personas.
  • «Mostrémosles el ejemplo de una generosa controversia»: Las formas son importantes. Que siempre prime el amor y el respeto en todos nuestros diálogos.
  • «Les debemos una compasión no exenta de estima»: Nuestro diálogo con personas que no creen nunca debe de ser agrio, amenazante, ni tampoco condescendiente. Creemos que Dios nos quiere hacer felices, que el mensaje evangélico es un mensaje de liberación que busca que las personas lo sean plenamente, que se realicen completamente de acuerdo al plan de Dios, que quiere que todos los hombres sean salvos, o lo que es lo mismo: que sanen sus heridas, que encuentren la verdadera felicidad. Recordemos que la palabra que usa Federico aquí, «compasión», significa etimológicamente «sufrir juntos».
  • «Hay algunos que, después de haber esperado un corto tiempo a estas personas tardías, pierden la paciencia y se irritan con su lentitud»: En muchas ocasiones, las personas vivimos procesos que duran años, incluso toda una vida. No somos iguales: lo bueno para uno puede no serlo para otro. Las «conversiones express» son raras; pocos han vivido una experiencia semejante a la de san Pablo, al caer del caballo. En nuestro caminar juntos, ayudemos a (¡y dejémonos ayudar por!) los que caminan a nuestro lado. La conversión es un camino, no una meta. La meta es ser «perfectos como es perfecto nuestro Padre celestial» (cf. Mt 5, 48).
  • «No perdamos la paciencia. Dios es paciente porque es eterno; así también sean los cristianos»: Dios siempre espera nuestro regreso. Es el padre de la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32). El padre nunca supo qué día regresaría su hijo, pero tampoco nunca dejó de esperarle, y cuando llegó, le abrazó con ternura y le preparó una fiesta. Que seamos así también nosotros. Como decía la campaña de la iglesia católica estadounidense «¡Regresad a casa!, os esperamos con alegría«: «Estamos aquí para ayudarles a volver a empezar o continuar su camino personal hacia la fe, y ojalá puedan encontrar paz, felicidad y el verdadero propósito de su vida. Queremos compartir con ustedes la belleza, la historia y lo prodigiosa que es nuestra Iglesia Católica»[4].

En nuestro diálogo con no creyentes, o con creyentes tibios, tengamos siempre presente la bondad, la misericordia, el acercamiento de persona a persona, a ejemplo del mismo Jesucristo. No somos adversarios, en el sentido que luchemos en «bandos distintos»; todos somos personas que buscan la verdad. Compartiendo cabalmente, y defendiendo nuestras creencias que se hacen necesariamente prácticas en la vida, a ejemplo de Jesús, mostremos con obras que el mensaje de Dios para los hombres es aquél «que todos se salven y lleguen a conocer la verdad» que san Pablo escribe en su 1ª carta a Timoteo[5].

Sugerencias para la reflexión personal y el diálogo en grupo:

  1. Cuando hablo del tema de la fe con mis conocidos, ¿procuro empatizar y comprender a mi interlocutor, aunque no comparta mis creencias? ¿Qué puntos de encuentro podemos tener los creyentes con aquellos que no lo son?
  2. Desde el carisma vicenciano y el mensaje liberador de Jesucristo, ¿qué aspectos son los más importantes de mi fe?
  3. ¿Cómo estamos usando los medios de comunicación social para exponer con humildad y sin agresividad nuestras creencias?
  4. ¿Qué nos estará pidiendo Federico Ozanam hacer, hoy día, en este tema?

Notas:

[1] Juan Pablo II, Encíclica Fides et ratio, introducción.

[2] En el artículo «De la modération et du zèle» (Sobre la moderación y el celo), publicado el 25 de mayo.

[3] Carta de Federico Ozanam a Alexandre Dufieux, del 5 de junio de 1843.

[4] Cf. «Católicos regresen»: http://www.catolicosregresen.org/.

[5] Cf. 1 Tim 2, 4.

Javier F. Chento
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