Desde un punto de vista vicenciano: El coste de la amabilidad

por | Ago 9, 2020 | Formación, Patrick J. Griffin, Reflexiones | 0 comentarios

¿Has viston en las noticias las filas de coches y de personas esperando para conseguir comida? Estos norteamericanos se encuentran atrapados en medio de algo sobre lo que no tienen control. La mayoría le dice a los reporteros que nunca han tenido que buscar ese tipo de ayuda con anterioridad. Algunos de nuestros líderes sugieren que deberíamos limitar la ayuda para estas personas, porque de lo contrario no buscarán trabajo, prefiriendo la limosna al trabajo honesto. Hablamos así de millones de personas que dependen de la amabilidad de sus vecinos. Cualesquiera que sean las razones por las que no podemos «cuidar» de estos nuestros compatriotas y sus hijos, poner en peligro su integridad no es una de ellas. El hecho de que se haga me enfurece y me avergüenza.

¡Qué buen momento para escuchar las lecturas de este pasado domingo (2 de agosto)!

La primera lectura es un texto de Isaías. El profeta escribe a los compatriotas que regresan del exilio babilónico. Escuchen su preocupación por un pueblo cansado e indigente:

Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde (Is 55,1).

El pan y el agua (unidos al vino y la leche) satisfacen y dan vida a estos viajeros agobiados. Sus necesidades son incuestionables y el Señor, a través de su pueblo, les provee durante su regreso a la tierra. La compasión y la generosidad son los sellos de la respuesta.

El Salmo Responsorial (Salmo 145) continúa ese pensamiento con un recordatorio de cómo el Señor responde a las necesidades físicas de su pueblo:

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente (Sal 145,8-9).

Después de cada versículo, repetimos: La mano del Señor nos alimenta; Él responde a todas nuestras necesidades.

Por último, el Evangelio cuenta una historia de Jesús atendiendo las necesidades de una multitud debilitada. Escuchamos el maravilloso acontecimiento de la multiplicación de los panes y los peces, la historia más frecuente en el Nuevo Testamento. Después de nutrir esta reunión con sus palabras, también reconoce que no se pueden ignorar las demandas de un estómago vacío o un cuerpo enfermo. La gente debe ser alimentada y cuidada. Cuando sus discípulos instan a Jesús a que los despida, él responde:

No hace falta que vayan,
dadles vosotros de comer.

Jesús provee a este pueblo. La educación, la salud y la alimentación surgen en la historia de la multiplicación. Estos elementos son paralelos a las necesidades actuales de nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de controversia, cuando la política puede influir en la toma de decisiones, las historias bíblicas sobre la alimentación dirigen nuestra atención a lo más importante. Nos invitan a pensar en la bondad del Señor y en las virtudes de la compasión y la generosidad. Dependemos unos de otros. Podemos compartir lo que hemos recibido. «El Señor es clemnte y misericordioso» y el pueblo de Dios también debería serlo.

Cuando miramos las historias de nuestros fundadores, sabemos que Vicente y Luisa nos animan en este esfuerzo con su ejemplo de servicio a los que sufren enfermedades y guerras, de la falta de hogar y la soledad. Este hombre santo y esta mujer santa continúan siendo nuestros guías.

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