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Lecciones aprendidas durante la pandemia. 5: Muchos de los que murieron durante la pandemia, lo hicieron solos

por | Jul 29, 2020 | Formación, Lecciones aprendidas durante la pandemia, Reflexiones | 0 comentarios

Cada semana, un miembro de la Familia Vicenciana nos compartirá una porción su experiencia en estos últimos meses. Desde lo íntimo de su corazón, propondrá un mensaje de esperanza, porque (estamos convencidos) también hay lecciones positivas que aprender de esta pandemia.

Déjenme explicarles lo que quiero decir. He visto a una mujer —madre de cuatro hijos adultos, abuela de 14 nietos y bisabuela de dos bisnietos— morir en un hospital a causa del covid-19. Sus hijos no pudieron reunirse junto a su cama, rezar con ella y unos con otros, para consolar y manifestarle a esta mujer que no estaba sola a la hora de afrontar la muerte. No pudo ser visitada por un sacerdote para ofrecerle el consuelo de los últimos sacramentos. No se pudo ver su cuerpo ni hubo oportunidad de que la familia y los amigos se reunieran para compartir recuerdos sobre su vida. Su entierro fue en privado; en una fecha futura, se conmemorará su vida.

Pero no solo hablamos de una mujer, sino de más de 500.000 hombres, mujeres y niños que han fallecido en un período de tiempo muy corto… y todos ellos han experimentado la misma triste realidad de estar solos durante el momento de su fallecimiento.

También he visto a sacerdotes de la Congregación de la Misión morir solos, tal vez acompañados por el capellán de la enfermería o de la residencia, pero privados de ser acompañados por los hombres junto a los que habían ejercido su ministerio durante tantos años. Nadie se sienta al lado de su cama, nadie les toma de la mano, nadie les dice cuánto son amados. Las oraciones y celebraciones habituales se posponen para más adelante. De nuevo, el entierro es privado y, tras un corto responso, los pocos asistentes regresan de los cementerios a la seguridad de sus coches.

Todo esto me recuerda la heroica labor de Margarita Naseau, la primera Hija de la Caridad, que sirvió a los pobres enfermos de París, y murió contagiada de peste, ejerciendo este servicio. Hoy, más que nunca, necesitamos más gente que esté dispuesta a imitar la audacia y el coraje de esta sencilla mujer de campo.

Un miembro de la Congregación de la Misión.


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