Después del coronavirus, un trabajo digno y estable para todos

por | Abr 25, 2020 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Nunca podrá olvidarse esta maldita pandemia del coronavirus, ni hay lágrimas para llorar a las miles de personas que mueren cada día. Aumenta el miedo al pensar en los puestos de trabajo que se están destruyendo y los millones de hombres que irán a un ERTE o a un paro definitivo. El Papa, en la celebración del Domingo de Ramos, auguró un «después trágico y doloroso» en el que conviene pensar «desde ahora». Confesó que a lo largo de la pandemia del coronavirus está pensando en sus responsabilidades actuales pero también en las futuras. «¿Cuál va a ser mi servicio como obispo de Roma, como cabeza de la Iglesia en el después? Este después ya empezó a mostrar que va a ser un después trágico, un después doloroso, por eso conviene pensar desde ahora». Y Philip Thomas, profesor de gestión de riesgos en la Universidad de Bristol, advierte que si la economía colapsa por el confinamiento ante el coronavirus, «será peor el remedio que la enfermedad», pues «la recesión por la pandemia puede acabar costando más vidas que el coronavirus». Si la cuarentena lleva a una caída del Producto Interior Bruto de más del 6,4% prolongada, se perderán más años de vida por la recesión que por el Covid-19. El gobierno español ha prohibido las actividades no esenciales para evitar la expansión del virus, pero Confebask ve «muy irresponsable» parar empresas y augura una crisis sin precedentes. Deben ser las Comunidades Autónomas las que determinen qué actividades se prohíben en cada Comunidad. Antes de la pandemia había en España más de tres millones de parados y más de cuatro millones de obreros con un trabajo precario. Da miedo imaginarse los millones que añadirá esta epidemia. Pero todos tenemos que estar dispuestos a buscarles un trabajo digno y estable. San Vicente y santa Luisa pueden enseñarnos un camino, no para hacer lo mismo que hicieron ellos, que seguramente hoy no valga, sino el camino de la imaginación y la audacia.

Un señor dio a san Vicente 11.000 libras para los pobres. San Vicente pensó que no podía ir dándoselas poco a poco, pues un día se acabarían, sería pan para hoy y hambre para mañana. Había que hacerlas producir, y compró dos casas para albergar a 40 pobres, 20 hombres y 20 mujeres, que trabajasen en ellas convertidas en talleres de tejidos. El sobrante lo invirtió para que produjera intereses con los que poder alimentarlos. Encargó a santa Luisa que lo organizara. Y esta mujer de oración contemplativa, se puso a diseñar su funcionamiento. Escribió los gastos, el precio del material, los sueldos de los trabajadores, los ingresos por la venta de los productos y cómo hacer de las comunidades de Hijas de la Caridad esparcidas por Francia agencias de compra y venta. Y como si fuera una carta que escribiera a los vicentinos actuales para atajar el paro, detalla: “Siendo el trabajo uno de los mayores bienes que presenta esta obra, es necesario proporcionarles un trabajo útil y que pueda tener salida, como sería, un tejedor de tela, seda o lana, otro de lienzo corriente, otro de sarga; estos oficios no requieren muchos pertrechos y ocupan a muchas personas… Encajeras, costureras de guantes que los sepan adornar y costureras de tela blanca que podrían recibir encargos de las tiendas… Teniendo buen número de obreros para poner el trabajo en marcha y poder continuar, no hay que mirar los gastos por las herramientas y los materiales, ni las dificultades para encontrar los lugares donde comprar a mejor precio y con facilidad; la divina Providencia no faltará nunca y la experiencia nos hará dar con las direcciones, convencidas de que el primer año reportará muy poca ganancia” (E 76). Así nació el Asilo del Nombre de Jesús. Fue un éxito, de tal manera que las Voluntarias de la Caridad (AIC) pensaron hacer una obra parecida para los cientos de pobres que vagaban por Paris, y encargar a santa Luisa que la organizara.

Dar trabajo y enseñar un oficio

San Vicente escogió telares seguramente por dos motivos, porque él podía montarlos y porque vestirse era de primera necesidad para los pobres. Ciertamente los telares no eran muy productivos, porque había que hacer mucho gasto para ponerlos en marcha, los obreros costaban mucho y los alquileres de casas eran caros. Pero él tenía casa y fondos, y lo que pretendía era dar trabajo a muchos obreros que pudieran llevar a casa un jornal ganado con su esfuerzo. Además, creía que era Dios quien había sugerido aquella iniciativa, porque inspiró a unos tejedores ofrecerse a enseñar a los mendigos.

Vinieron muchachos y muchachas que la necesidad y la ignorancia llevaban a ofender a Dios, pero tenían buena voluntad. Un buen hombre, comerciante arruinado, se ofreció para ayudarla a montar la obra (E 78). Santa Luisa lo describe con todo detalle: “sabe hacer tela gruesa de algodón con pelo por una de sus caras, tela ordinaria y tela de seda que se vende bien en el buen tiempo; y acepta enseñar a las personas que quieran, para que trabajen con él; ha encontrado en venta algunos talleres totalmente equipados… Lo bueno para la obra, es que no haya en ella nadie inútil, sobre todo al principio. Sería bueno que algunas personas caritativas viviesen con las personas que se presenten para hacerse un juicio de ellas, e informarse de su vida y costumbres” (E 79).

E ideó una estratagema: Pidió a algunos tejedores honrados que se fingieran mendigos y vinieran a trabajar en los telares mezclados con los mendigos reales, aunque tendría que darles vino en las comidas. No era mucho gasto y les enseñarían más fácilmente el oficio y a llevar un buen comportamiento. Para no abusar de los obreros, preguntó a san Vicente los salarios que se pagan en París, sospechando que, en las afueras, donde estaban sus telares, los jornales serían más bajos (c. 443).

Para abaratar los costes, indagó a través de las comunidades de Hijas de la Caridad, las épocas y los lugares donde comprar los materiales a precios más bajos y donde vender sus productos a mejor precio (c. 427). Estos telares eran obras de caridad y obras sociales. Nadie duda de que santa Luisa de Marillac tenía oración contemplativa, y con esta obra demostraba que cuanto más profunda es la oración de una persona, mayor es la luz y la fuerza que recibe del Espíritu Santo para emprender obras en bien de los pobres.

Esta obra puede dar nuevas ideas a los vicentinos. Ozanam es uno de los mejores intérpretes del pensamiento de san Vicente y nos invita a no contentarnos con dar dinero para que sean otras instituciones las que hagan obras sociales, sino que las emprenda y las organice la Familia Vicenciana, examinando qué obras son posibles y más necesarias para los pobres, los lugares donde instalarlas, para qué y por qué las emprendemos y si aportan alguna ventaja a los obreros pobres. El dar trabajo con un sueldo justo a parados ya es un motivo digno.

En la epidemia dolorosa que sufrimos surge el trabajo de hombres y mujeres empleados en nuestras comunidades o en obras nuestras, en empresas pequeñas, en comercios o en casas particulares. Hoy día, muchas y muchos son inmigrantes de países que, ante la falta de trabajo en el medio rural o en sus países, buscan un trabajo en las ciudades y en países que ofrecen más oportunidades laborales. Legal o ilegalmente, en muchas regiones son importados a través de agencias de reclutamiento, que mucha gente las considera sospechosas.

Los derechos de estos inmigrantes han evolucionado en los últimos años por la  progresiva intervención de los gobiernos que exigen integrarlos en el régimen general de la Seguridad Social. Y hay que tenerlo en cuenta, aunque solo estén contratados por unas horas a la semana. Han conseguido contrato de trabajo, horarios reconocidos, derecho al desempleo, pensiones de vejez y enfermedad, etc. Pero, como consecuencia del coronavirus, estos beneficios pueden quedar restringidos, al estar sometidos al  permiso de trabajo que por la epidemia se obtiene con dificultad.

En España la pandemia del coronavirus se ha llevado por delante 900.000 puestos de trabajo en apenas 14 días. Las oficinas de empleo contabilizan en abril más de 300.000 nuevos parados y hay ya otros 620.000 trabajadores que cobran prestaciones por estar incluidos en un ERTE. Un auténtico terremoto sin precedentes para la economía nacional. La incertidumbre se ha vuelto a instalar entre millones de familias.

El Papa Francisco menciona a los «héroes de la puerta de al lado» en este momento difícil, en relación a los médicos, religiosas, sacerdotes y operarios que cumplen con los deberes para que la sociedad funcione. Sobre cómo vivir la Cuaresma y la Pascua en estos momentos, ha asegurado que lo que le pide a la gente es que se hagan cargo de los ancianos, los jóvenes y de los despojados. Defiende una Iglesia que no se cierre en las instituciones, una Iglesia que con creatividad apostólica para expresar la fe como pueblo de Dios.

Si en tiempo de santa Luisa los tejedores eran de los más sensibles a ir al paro, hoy son las empleadas de hogar, que en su mayoría son migrantes sin contrato de trabajo. Según las asociaciones del sector, el subsidio temporal de desempleo para estas trabajadoras, aprobado por el Gobierno el 31 de marzo de 2020 por la crisis del coronavirus deja fuera al 40% de estas empleadas, es decir a unas 200.000 mujeres que pasan a la economía sumergida por la imposibilidad de conseguir los “papeles”, ya que la actual Ley de Extranjería impide conseguir la residencia hasta cumplir los tres años de estancia en España. La Asociación Servicio Doméstico Activo (Sedoac) y Alianza por la Solidaridad-Action Aid reclaman una regularización urgente para que estas trabajadoras, que buscan “papeles” y acaso están cuidando a nuestros mayores, a nuestros enfermos, a nosotros mismos o a nuestras familias, consigan los mismos derechos que otras empleadas. Algunas empleadas domésticas ganan 300 € menos que el salario mínimo interprofesional, trabajando ocho horas o más de internas de lunes a viernes y estando disponible para lo que les pidan a cualquier hora. Agrava esta situación el que pueden prescindir de ella en cualquier momento, quedando sin trabajo, sin habitación y sin poder protestar porque no tiene “papeles”. Los vicencianos ¿podemos ayudarlas? ¿Cómo?

P. Benito Martínez, CM

Etiquetas: coronavirus

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