La ingratitud es uno de los sentimientos más dolorosos que una persona puede experimentar. Mucho más que la ira o el desamor, la ingratitud es como un ácido que corroe profundamente por dentro, afectando al corazón del individuo que sufre semejante disgusto. Pero, como vicentinos que somos, al buscar la santidad tenemos que estar por encima de ese sentimiento nocivo que, en ocasiones, percibimos en el momento de la visita, en la relación con las familias asistidas e incluso en el seno de nuestra entidad.

En cierta ocasión, una Conferencia, en el Día de la Madre, decidió regalar algunos productos de belleza a las madres asistidas. Grande fue la sorpresa cuando no todas las señoras beneficiadas ofrecieron una palabra de gratitud, como por ejemplo: «¡Muchas gracias!», ni una sonrisa, ni una demostración de afecto. En verdad, son personas sufridas que no siempre tienen fuerzas ni ánimo para enfrentarse a la vida; pero de ahí a demostrar tanta indiferencia… es un dolor muy fuerte para quien ofreció ese gesto genuino de caridad.

El mismo Jesucristo también «se quejó» de los ingratos. Él mismo, que era Dios, después de curar a diez leprosos, indagó por qué solo uno había regresado para agradecer. Jesús preguntó: «¿Dónde están los otros nueve?»[1]. En nuestro caminar vicentino nos encontraremos con muchos «leprosos», pero tal vez pocos mostrarán agradecimiento. Es verdad que hacemos ese trabajo de caridad sin buscar reconocimiento o gratitud; estos sentimientos son humanos y forman parte de la educación de las personas. Lo que nos puede consolar algo es que una persona ingrata es también una víctima del problema, pues no tuvo acceso a la cultura.

Ser agradecido con una persona puede ser algo sencillo para algunos, especialmente para aquellos que tuvieron acceso a la educación y nacieron en una familia que les enseñó valores y principios sociales. Es cierto que parte de los asistidos de nuestras Conferencias no poseen esa característica. Por eso, junto con las cestas de alimentos y otros bienes materiales, los vicentinos deben llevar ejemplos, consejos, orientaciones y sobre todo enseñanzas. Todo lo valeroso y virtuoso que digamos a un asistido producirá frutos en el futuro.

Sin embargo, podemos tener la certeza de que, igual que Jesús ofreció la «otra cara» a quien le quiso herir[2], la ingratitud con que, a veces, estamos sujetos (por los asistidos, por algunos representantes de la misma Iglesia y por los propios compañeros vicentinos) será clave para abrir las puertas del paraíso. Esta ingratitud nos condecorará con un «diploma invisible de santidad», que san Vicente y Ozanam nos entregarán cuando, un día, lleguemos al cielo.

¿Cuál es el peor defecto del ser humano? ¿Cómo podemos lidiar con esa situación en nuestros trabajos como vicentinos, especialmente junto a los asistidos?

Notas:

[1]     Lc 17, 17.

[2]     Mt 5, 39.

Renato Lima de Oliveira
16º Presidente General de la Sociedad de San Vicente de Paúl

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