Jesús mismo es la prueba de que la fuerza se realiza en la debilidad. Los cristianos, pues, no pueden sino ser débiles y, por eso, fuertes (2 Cor 12, 9-10).

Más que los otros evangelistas, Mateo dice que las palabras de las Escrituras se cumplen en Jesús. Retrata a Jesús como el que da plenitud a la ley y los profetas. A través de Jesús, cumple Dios sus promesas y las esperanzas de su pueblo. Así que Jesús es el nuevo Moisés, el nuevo libertador, legislador y líder del nuevo pueblo de Dios. Y como no le fue fácil a Moises el asunto, así también no le son fáciles a Jesús las cosas. Pero Dios da a Jesús la clase de fuerza y ayuda que dio a Moisés, quien dudaba de sí mismo (Éx 3, 11).

Sí, fue duro para Moisés seguir la llamada de Dios. Pues el más poderoso de Egipto lo persiguió. Y el mismo pueblo, del que era líder, se pusieron en contra de él y lo envidiaron (Sal 106). Irritaron a Dios y Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos. Pero al final, le faltó fuerza, pues los suyos tanto le amargaron el alma que los labios de él desvariaron.

Pero a Jesús todo le resulta aún más duro. Los suyos no le acogen. Cierto, el nacimiento de Jesús y la visita y la adoración de los magos traen gozos y esperanzas. Pero los gozos y esperanzas pronto ceden paso a las tristezas y angustias de los refugiados. Desde el comienzo, pues, nos indica Mateo cómo cumple Jesús su vocación y misión.

Lo hace Jesús no desde la fuerza de los jefes tiranos y opresores. Vive más bien su vocación y misión desde la debilidad. Pero siendo débil, entonces, él es fuerte. Al final, aun sintiéndose abandonado por Dios (Mt 27, 46; Mc 15, 34), hace mucho esfuerzo y encuentra fuerza, pues encomienda su espíritu a las manos del Padre (Lc 23, 46).

Los colaboradores de Jesús trabajan no desde la fuerza, sino desde la debilidad.

Los que trabajen con Jesús por un mundo mejor lo harán de su manera. Es decir, desde la debilidad, la debilidad de aquellos a quienes amenazan y persiguen los Herodes y Arquelao de hoy. No seremos del cuerpo de Jesús ni de su familia si caemos en la trampa de «una eclesiología o una ortodoxia fabricada que comercia en privilegios, poder y decepciones». Será un día triste cuando el cristianismo ya no se trate de la moralidad y de la fe, sino del poder. O cuando pensemos que necesitamos hacer ver quiénes mandan (véase SV.ES XI:238). No queremos traicionar al Salvador del mundo; él se revela «como anonadado bajo la forma de un niño» (SV.ES VI:144).

Señor Jesús, viniste débil, sin fuerza, al mundo, no para tiranizar a los demás, sino para servirles. En tu Cena, te recordamos dando tu vida en rescate de todos. Que sea este recuerdo una prenda eficaz de nuestra disposición a hacer lo que tú.

29 Diciembre 2019
Sagrada Familia (A)
Eclo 3, 2-6. 12-14; Col 3, 12-21; Mt 2, 13-15. 19-23


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