Virgen de Guadalupe, ruega por nosotros.

Is 7, 10-14; Sal 66 Gál 4, 4-7; Lc 1, 39-48.

Hubo una niña a la que por algún motivo le disgustó el color de su piel morena. Un día le confió a su mamá que no le gustaba ser “cafecita”. Esta confidencia tuvo una respuesta inspirada por el amor y por la fe: –Hijita, tú eres cafecita como la Virgen de Guadalupe.

Los mexicanos felicitamos a la Virgen María, señal de Dios desde nuestro pueblo para todos los pueblos, y nos felicitamos por experimentar en la flor y el canto su cercanía. El gozo de esta gran fiesta actualiza la profecía de bienaventuranza que encontramos en el Magníficat. Igual que en 1531 vivimos momentos de violencia e injusticia y, también como entonces, la Madre del verdadero Dios por quien se vive, nos llama con ternura al cobijo de su regazo, ahí donde habitó nuestro Salvador. Ese regazo se hace templo donde ella nos muestra el amor de Dios, para sanar las heridas y secar las lágrimas de todos.

Virgen María, enséñanos a orar con tu canto, ayúdanos a abrir nuestro corazón al Espíritu sin temor; que aceptemos como tú nuestra pequeñez y confiemos como tú en el amor misericordioso de Dios, para ser mensajeros del Dueño de cielos y tierra, Señor de la vida y de la historia.

Fuente: “Evangelio y Vida”, comentarios a los evangelios. México.
Sor Alicia Margarita Cortés H.C.

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