Felicitamos muy cariñosamente a las Hijas de la Caridad, en el aniversario de su fundación, e invitamos a todos a reflexionar sobre el carácter de la consagración de las Hijas de la Caridad con este artículo:

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La hipótesis

Comenzaremos por una tautología. Si el derecho eclesial define como religioso a todo grupo que practica los consejos evangélicos, todo grupo que practica los consejos evangéli­cos, será por definición religioso. La conciencia que un grupo dado tenga de sí mismo, aunque haya sido fuerte­mente divergente en sus comienzos, acabará a la larga aco­modándose a la definición jurídica. Hay en todo’ derecho, también en el eclesial, un elemento de constreñimiento que acaba normalmente imponiéndose a la realidad social origi­naria y la modifica a su imagen. Esto puede suceder aún en el caso de una escasa racionalidad de la norma, si la fuerza detrás del derecho es suficientemente poderosa. Sit pro ratione voluntas. Sólo una cosa puede romper en la Igle­sia el imperio de la voluntad: el Espíritu, que sopla donde quiere y como quiere, y al que todo en la Iglesia, también el derecho, debe acomodarse si pretende mantener su le­gitimidad.

Este trabajo se basa en la hipótesis siguiente: las Hijas de la Caridad fueron fundadas como un grupo de mujeres seglares (en latín: saeculares, laicae; negativamente: no re­ligiosas, en ninguno de los sentidos que esta palabra tenía cuando fueron fundadas) que se consagraban a Dios y vivían los consejos evangélicos sin dejar por ello su original carác­ter seglar. Todo ello por declaración expresa de los funda­dores que creían responder así a un movimiento del Espíritu de Dios en la Iglesia y en el mundo. Posteriormente la idea original se fue difuminando, en parte por confusión interior al mismo grupo, en parte por presión del derecho eclesial. Finalmente, y sin duda por una nueva influencia del Espí­ritu, este grupo ha vuelto a reencontrar en el texto de las Constituciones de 1980 su verdadera definición original. Esta es la hipótesis, y a su luz vamos a leer el texto de las Constituciones de las Hijas de la Caridad en lo que se refiere a su consagración y a su práctica de los consejos evangélicos.

El estado de la cuestión

La palabra “consagración” ha resultado ser la privilegia­da entre una serie de sinónimos que quieren significar la ac­titud radical de sometimiento a Dios, último fin de toda vida humana, también de toda vida cristiana: inmolación, sacri­ficio, entrega, don total de la vida a Dios. En el uso pre­conciliar la palabra consagración y sus derivados eran de hecho monopolizados por el submundo eclesial de los religiosos, el de los clérigos ordenados, y de algunas materias sacramentales: óleos, pan, vino. Pero no se hablaba, por ejemplo, de consagración bautismal o matrimonial. Las cosas han cambiado notablemente después del Concilio, y sin duda por influencia deliberada de éste, quien declaró en Perfectae Caritatis, número 5, que toda consagración religiosa “radica íntimamente en la consagración del bautismo”. Al decir esto se relativiza de un solo golpe toda consagración especializada dentro de la Iglesia: sólo vale en cuanto encuentra sus raíces en la original e indestructible consagración bautismal y en cuanto “la expresa con mayor plenitud” (ibid.). A partir de aquí ya no tiene sentido el referirse a la consagración religiosa, según se había hecho en la teología desde los tiempos de la escolástica clásica, como a un “segundo bautismo” que incluso perdona, como el primero, los pecados, y que constituye al que lo recibe en una clase especial (y superior) dentro de la Iglesia. Por contraste con esta visión teológico-canónica, en la perspectiva conciliar la vida consagrada religiosa es ciertamente una manera muy adecuada de vivir en plenitud la consagración original del bautismo. Pero hay sin duda otras que también lo son. Por ejemplo, la de las Hijas de la Caridad.

La consagración-inmolación-entrega-don de la vida a Dios en el cristianismo se encarna de hecho y se configura como seguimiento-imitación de Cristo. De esto no sabe nada el piadoso judío, el mahometano o el hinduista, pero para el cristiano es lo decisivo. En el seguimiento-imitación de Jesucristo se encuentra el único camino posible para entregarse-consagrarse a Dios. Y es el deseo de puro seguimiento de Jesucristo y nada más lo que empuja a los primeros anacoretas y cenobitas al desierto. Este movimiento no pretende constituirse en aristocracia dentro de la Igle­sia; ni siquiera pretende ser una “novedad; sí que lo es la vida acomodada a este mundo de la gran mayoría de los cristianos en el momento en el que cesan las persecuciones. Los monjes, por su parte, no hacen más que guardar, en medio de unas circunstancias que han cambiado, el ideal intacto de la vida cristiana de los primeros tiempos” (Dom G. Morin, L’idéal monastique et la vie chrétienne des pre­miers jours, 3.a edición, Paris, 1921. Citado en Histoire de la spiritualité chrétienne, L. Bouyer, t. I, p. 369, Paris, Aubier, 1960). Una expresión que recorre durante muchos siglos la literatura monacal y la de los canónigos regulares refleja muy bien esta idea: adoptan una forma de vida de­nominada “vita apostolica” que se refiere expresamente al estilo de vida de los cristianos de la generación apostólica tal como se presenta idealizada en los Hechos de los Após­toles. Tampoco san Benito, el padre de la vida monástica en Occidente, pretende otra cosa al fundar sus monasterios que crear un espacio en el que el seguimiento de Cristo sea posible, en el que sea posible ser cristiano de verdad. Su mo­nasterio no es otra cosa que una “dominici schola servitii”, una escuela en la que se aprende a seguir-servir al Señor (prólogo de la Regla de san Benito).

Así empezaron las cosas, pero cambiaron profundamen­te con el tiempo. No vamos a describir aquí los detalles de una evolución histórica, canónica y teológica muy com­pleja. Esta encuentra su condensación más reciente en el canon 497 del CIC, que parece reservar la práctica de los consejos evangélicos (o sea, la imitación plena de Cristo) a cristianos “especializados” que además monopolizan el calificativo de religiosos. Este calificativo no se aplica a los “simples” fieles, quienes por definición no se encuentran en un estado totalmente satisfactorio de seguimiento de Cris­to, pues sólo de los religiosos se dice que están en un estado de perfección, o sea, en un estado en el que el seguimiento perfecto de Cristo es posible. Ahora bien, lo que caracteriza el estado de perfección es la práctica de los consejos evangé­licos. De ahí la tautología inicial. Así es si así lo define el derecho, aunque un grupo dado que practica los consejos evangélicos no quiera en manera alguna ser contado entre los religiosos, como de las Hijas de la Caridad dicen con total claridad los fundadores.

He aquí la diferencia fundamental: el religioso se con­sagra a Dios por la profesión de los consejos evangélicos (por los votos); la Hija de la Caridad se consagra a Dios por la entrega de su vida al servicio de los pobres. Y esta diferencia no cambia en nada aunque el religioso, además de a su consagración se dedique a obras de apostolado, y la Hija de la Caridad practique (aunque no haga profe­sión de) los consejos evangélicos como exigencia de su con­sagración al servicio de los pobres. La diferencia está en las bases de las consagraciones respectivas, y las dos no tienen nada en común, si dejamos a un lado la raíz última de am­bas consagraciones, que es el bautismo. Pero ésta es la raíz última común a todos los estados en la Iglesia.

Las Hijas de la Caridad no son, ya se advirtió arriba, religiosas en ninguno de los sentidos que la palabra tenía en tiempo de los fundadores, y no lo debieran ser, si el de­recho lo permite, en ninguno de los sentidos modernos de la expresión. Su consagración peculiar no cambia ni añade nada a su consagración radical bautismal, aunque sí la es­pecifica como uno entre los muchos caminos que el Espíritu reparte con libertad en la Iglesia para concretar los varios modos posibles en el seguimiento de Cristo.

La definición de la consagración de las Hijas de la Caridad

“Las Hijas de la Caridad, fieles a su bautismo y en respuesta a un llamamiento divino, se consagran por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los po­bres, sus hermanos, con un espíritu evangélico de sen­cillez, humildad y caridad” (1.4).

Esta formulación nos parece insuperable desde el punto de vista de la fidelidad a los fundadores. La consagración específica de las Hijas de la Caridad:

  • brota de las exigencias de su bautismo, o sea de exigencias cristianas generales;
  • es una respuesta a una llamada de Dios específica, o sea particular, pero cuyo contenido se encuentra dentro de las exigencias generales cristianas, y no al margen, o más allá, o por encima de ellas;
  • su consagración es entrega total de la persona a Cristo, lo cual es ya una exigencia del bautismo;
  • esta consagración se manifiesta, se encarna, toma cuerpo, se define, se especifica como dedicación al servicio de los pobres, servicio que es también una exigencia general de las enseñanzas de Cristo;
  • la consagración personal de cada una se da, se ex­presa y se comparte, a una con otras, en una forma de vida que quiere reproducir el estilo comunitario (comunidad de bienes, de oración, de entrega al apostolado) de “vita apostolica” del colegio apos­tólico y de las primeras comunidades cristianas, y esto precisamente como exigido por su dedicación-consagración al servicio de los pobres;
  • todo ello en un estilo de vida en el que deben brillar como características la sencillez, humildad y ca-ridad, que no son más que tres virtudes cristianas generales elegidas precisamente como ne,cesarias para el cumplimiento de su consagración-entrega al servicio de los pobres.

Esta formulación define suficientemente la consagración de las Hijas de la Caridad. Todo brota en ella del hecho bautismal, y todos sus elementos están contenidos entre las exigencias de ese hecho. Lo que especifica, lo que distingue a esta consagración no son los elementos que la componen, sino la elección de algunos elementos generales cristianos y su conjunción para caracterizar un estilo de vida dentro de la vocación general cristiana. La Hija de la Caridad no es más que una cristiana que quiere vivir su cristianismo en serio. Para ello selecciona, en respuesta a una llamada de Dios, algunos elementos contenidos en la vocación general, hace de ellos el fundamento de su propia experiencia cristiana y lee a su luz la figura y las enseñanzas de Jesucristo. Jesucristo es para todo cristiano el Verbo por el que todo fue hecho, el Hijo de Dios, el Redentor, el que murió por nuestros pecados, el resucitado que envía a sus apóstoles, la cabeza de la Iglesia, el Alfa y la Omega, y lo es todo a la vez y sin fisuras. La Hija de la Caridad, pues es cristiana, acepta todo eso con fe viva, pero en su visión peculiar de Cristo ve todos esos aspectos de su Salvador a la luz de otro aspecto cristiano también fundamental: Jesucristo es el evangelizador de los pobres. A imitarle como tal se consagra la Hija de la Caridad. Al hacerlo no hace más que responder a una exigencia radical de su bautismo.

Los consejos evangélicos en la consagración de las Hijas de la Caridad

“Para servir a Cristo en los pobres, las Hijas de la Caridad se comprometen a vivir su consagración bau­tismal por la práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia” (2.19).

Se dice “práctica” y no se dice “profesión” de los con­sejos evangélicos, pues aunque las Hijas de la Caridad vi­ven los consejos evangélicos, no los profesan. La profesión de los consejos eangélicos, recordemos, es la característica decisiva de la vida religiosa. La profesión de las Hijas de la Caridad es entrega al servicio de los pobres.

Esta práctica de los consejos se ordena a facilitar el cumplimiento de su consagración al servicio de los pobres: “Para servir a Cristo en los pobres…”. Esta manera de definir el lugar de los consejos evangélicos en la vida de las Hijas de la Caridad es sin duda netamente vicenciana. Tal vez sorprenda a alguno la advertencia de que es también netamente tomista. En la perspectiva de santo Tomás la práctica de los consejos no tiene un valor en sí. Si se quita a los dos adjetivos todo sabor mecanicista, no habría incon­veniente en calificar a los consejos de “funcionales” o “ins­trumentales”, pues se ordenan a facilitar el cumplimiento de la caridad: “Consilia sunt quaedam instrumenta per­veniendi ad perfectionem” (2-2, 184, 3 ad primum). La perfección consiste por cierto para santo Tomás no en la guar­da de los consejos, sino de los preceptos, pues éstos inclu­yen el de la caridad (ibid., in corpore. San Bernardo es del mismo parecer: “La castidad sin el amor es lámpara sin aceite”, carta 42, P.L. 182, 816-817). Para san Vicente las Hijas de la Caridad se encuentran no en un “estado de perfección”, pues esta expresión se reserva para los que hacen profesión de consejos evangélicos, y ellas no “profe­san” tal cosa, pero sí en un “estado de caridad”, expresión que él mismo se ha inventado como muy adecuada para describir el estado de misioneros y hermanas que no son ni religiosos ni religiosas.

Los números 2.20, 2.21 y 2.22 tratan con detalle los tres consejos evangélicos clásicos. En la descripción de los tres aparece claramente expresado el elemento de “funcio­nalidad” de su práctica en relación a la consagración de las Hijas de la Caridad: las Hijas de la Caridad deben y quieren ser castas, pobres y obedientes con vistas a su dedi­cación-consagración-entrega al servicio de los pobres, en la convicción de que sin una castidad, pobreza y obediencia vividas realmente, una dedicación total de la vida a ese servicio se hace imposible, como se comprobó con la ex­periencia de las cofradías de la Caridad.

Y así su castidad (2.20) “es una fuente extraordinaria de fecundidad espiritual”; la castidad “libera su corazón y lo ensancha a las dimensiones del corazón de Cristo, fuente y modelo de toda caridad”.

La pobreza (2.21) es un “signo de su (de Cristo y de las Hijas de la Caridad) misión en el mundo”, e “incita a las Hijas de la Caridad a poner al servicio de sus hermanos y hermanas sus personas, sus talentos, su tiempo, su traba­jo, así como los bienes materiales que ellas consideran como el patrimonio de los desheredados”; “en la preocupa­ción por compartir la vida de los pobres se esfuerzan por convertirse todos los días a la pobreza evangélica, tal co­mo la han vivido los fundadores. Sólo una práctica perso­nal y colectiva de esta pobreza puede llevar en sí un tes­timonio auténtico. Viviendo con sencillez, con una gran confianza en la Providencia, las hermanas se contentan con hacer los gastos necesarios para sus actividades apostólicas y para su vida de siervas”.

En cuanto a la obediencia (2.22), “…las compromete a una búsqueda común y a una aceptación humilde y leal de la voluntad de Dios que se manifiesta a la compañía en el clamor de los pobres”.

Esto en cuanto a la motivación específica de la práctica de los tres consejos para las Hijas de la Caridad. Aparecen en los números citados otras muchas motivaciones que pu­diéramos llamar genéricas, o no específicas, que valen para cualquier cristiano, religioso, clérigo o seglar que quiera igualmente practicar los tres consejos, y que valen cierta­mente también para las Hijas de la Caridad. Pongamos un ejemplo para aclarar lo que se quiere decir. Afirmar que la castidad “realiza ya ahora la alianza entre Dios y los hombres, que tendrá su cumplimiento en el mundo ahora la alianza entre Dios y los hombres, que tendrá su cum­plimiento en el mundo futuro; es una manera de hacer ac­tual la esperanza cristiana”, es decir algo sin duda muy jugoso, muy sustancial, esencial para justificar en cristiano una vida aparentemente no normal (y ciertamente no co­mún), como lo es la de la castidad perfecta. Y sin duda vale también como motivación de la castidad de las Hijas de la Caridad. Pero no es una motivación que se refiera ex­presamente a su vocación-consagración específica, sino a la consagración cristiana genérica. No hay inconveniente en que las Constituciones de las Hijas de la Caridad incluyan elementos y motivaciones de tipo genérico. Eso es además inevitable, pues la consagración de las Hijas de la Caridad es una manera particular de vivir la consagración general cristiana, y no se puede por eso mismo evitar toda referencia a ella. Pero sí sería de desear que unas constituciones que quieren definir el espíritu específico de una consagración cristiana peculiar, cual es la de las Hijas de la Caridad, destacaran los valores cristianos que se refieren expresamente a su peculiaridad y dejaran en lugar secundario las motivaciones que son válidas para cualquier tipo de vida cristiana. Desde este punto de vista de su definición específica nos parece pobre precisamente el número 2.20, que se refiere a la castidad. Abundan en él las motivaciones que venimos denominando genéricas, y escasean, aunque están presentes, las motivaciones que llamamos específicas. Significativamente no aparece en este número la palabra “pobres”, tan abundante en los demás, ni se dice expresamente que las Hijas de la Caridad no se casan precisamente para poder dedicarse en cuerpo y alma a los pobres, aunque esa es sin duda la motivación específica y decisiva para su vida de castidad perfecta.

Los votos

Sólo un número de las Constituciones, el 2,23, habla de los votos. Digamos de entrada que este número nos parece una defmición magistral, plenamente vicenciana, de un tema que no es nada fácil definir. Los votos pertenecen a la práctica primitiva de la compañía, y con ellos las hermanas “ratifican su entrega total a Dios”. O sea: los votos vie­nen a confirmar, poner sello, dar fuerza, a una consagración que ya existe antes de los votos, y que en todo caso es dife­rente de ellos.

Hay que insistir una vez más: esta es la diferencia deci­siva entre el peculiar espíritu de las Hijas de la Caridad y el espíritu religioso. El religioso se consagra a y en la pro­fesión de los votos. La Hija de la Caridad se consagra a y en el servicio de los pobres. Los votos tienen pues en su vida un carácter “instrumental” que ya advertimos antes también en relación a su práctica de los consejos evangélicos.

Los votos son cuatro, y con toda precisión su enumera­ción se abre con el que da sentido a los otros tres: el voto de servir a los pobres. Por eso, esa extraña, única, y sin du­da genial costumbre de renovarlos (hacerlos de nuevo) todos los años, es un medio-instrumento muy adecuado para “con­firmar su voluntad de responder a la vocación y garantizar a la vez la estabilidad de su servicio a Cristo (que es servi­cio a los pobres) en la compañía”. Los votos se hacen para 365 días, y se vuelven a hacer una y otra vez para confirmar la voluntad de entrega. Pero esta voluntad de entrega-consa­gración debe ser perpetua, y se hace de una vez para siempre.

En un tema como éste, que ha sido tratado con tanta precisión y con un espíritu tan netamente vicenciano en las Constituciones de las Hijas de la Caridad, brilla de una manera particular la fórmula de los votos (S. 19). Esta fór­mula es sencillamente una obra maestra. Todo comentario sobra, pues es totalmente transparente. Sólo queremos hacer la observación de que el texto de 1980 (el de las Constitu­ciones que venimos comentando) ha añadido una frase que no estaba en el de 1974, y que esta añadidura ha sido sin duda inspirada por el mejor espíritu de los dos fundadores:

“Yo… renuevo las promesas de mi bautismo…” La consa­gración (“me entrego a ti”) está en inmediata relación sin­táctica y semántica con el hecho bautismal, del que esa consagración no es para la Hija de la Caridad más que la manera de vivir lo que Dios le ha señalado entre una multi­tud de otras maneras posibles.

Conclusión

“Entregadas a Dios para el servicio de los pobres, las Hijas de la Caridad encuentran la unidad de su vida en esa finalidad. El servicio es para ellas la expresión de su consagración a Dios en la compañía, y le da todo su sentido”(2.1).

Las Hijas de la Caridad son “mujeres célibes o viudas que pertenecen a la Iglesia Católica” (3.2) que expresan su consagración en el servicio a los pobres. Su vida es una vida compleja, como toda vida humana y cristiana, pero todo en su vida (práctica de consejos, votos, oración, vida común, formación, gobierno, trabajo, ascética, etc.) encuentra el punto de unidad en la entrega a Dios para el servicio a los pobres. A esto se entrega en cuerpo y alma como respuesta a una llamada de Dios a vivir de una manera muy especifi­cada y concreta la común vocación cristiana.

No hay en todo esto nada que deba motivar una confu­sión entre la forma de vida de la Hija de la Caridad y cual­quiera de las formas del estado religioso. No habrá confu­sión si las Hijas de la Caridad se atienen a la enseñanza precisa y constante de los dos fundadores , y tampoco si se atienen al texto de sus Constituciones. Estas han sido fieles a la idea original. La confusión puede venir de otras fuentes. Por ejemplo, del hecho eclesial, si éste no tiene en cuenta todos los aspectos originales de la compañía y la constriñe a adoptar moldes e ideas de la vida religiosa. Esto sucedió a través de las mismas constituciones de las Hijas de la Cari­dad elaboradas antes del Concilio como respuesta a un man­dato de acomodación a las normas del CIC. En cuanto a lo que pasará como resultado del nuevo cuerpo jurídico eclesial en preparación, eso está aún por ver. Mientras tanto, y mien­tras se espera la publicación de dicho cuerpo, las hermanas han dicho en sus últimas constituciones con toda claridad lo que quieren ser para ser fieles a sus fundadores.

La confusión puede venir también de la opinión pública, que muy a menudo las considera religiosas en sentido estric­to. Esto puede que sea en parte inevitable y no debe preo­cupar con exceso, mientras se deba a falta de información y de precisión en esa misma opinión. Pero debe preocupar cuando la confusión de la opinión pública está provocada por las mismas interesadas, lo cual sucederá, por citar un ejemplo aparentemente nimio, si ellas mismas se consideran monjas y se lo llaman unas a otras; o, por citar otro ejemplo no tan nimio, si insisten, como siguen haciéndolo las últimas constituciones, en que el hábito es “uno de los signos de su entrega total a Dios” (3.14), idea que tienen derecho a ex­presar así, si así lo desean, pero que no se encuentra ni por asomo en el pensamiento de san Vicente ni en el de santa Luisa. El hábito puede muy bien ser un signo “de su perte­nencia a la compañía” (ibid), y no hay en esa afirmación na­da que contradiga al espíritu y a la práctica primitiva. Pero que se vea en él uno de los signos de su consagración a Dios, puede que sea en la compañía una novedad que tiene tal vez más de un siglo de existencia, pero que ciertamente no se puede atribuir a ninguno de los dos fundadores. Si no interpretamos mal su pensamiento, así como el espíritu genuino de las actuales constituciones, el único signo de la consagración de las Hijas de la Caridad a Dios es el servicio efectivo a los pobres. La manera de vestir de las Hijas de la Caridad es también “instrumental” en su vida y debe estar condicionada por las exigencias del servicio a los pobres. Pero ver en el vestido un signo de su consagración nos parece el último resabio de mentalidad religiosa en unas constituciones que han hecho en todos los demás aspectos un esfuerzo notable por desprenderse de esa mentalidad por fidelidad al espíritu genuino de los dos fundadores.

Finalmente, la confusión podría brotar de la misma compañía, y esto al nivel de las figuraciones mentales y de las costumbres. La Hija de la Caridad que se sienta religiosa por efecto de una formación no del todo adecuada o por influencias exteriores o interiores a la misma comunidad, será en efecto religiosa aunque sus propios fundadores y sus Constituciones digan que no lo es y que no debe serio. Si así se siente, interpretará desde una óptica religiosa todo lo que entre en el campo de su experiencia espiritual. Por ejemplo, se sentirá atraída a retiros o cursillos convocados para religiosas en sentido estricto, olvidando o desconociendo la enseñanza repetida y clarísima de los fundadores; se sentirá atraída en el campo de la dirección de conciencia y de la piedad por ciertos estilos religiosos que no tienen nada que ver con su propio espíritu. El espíritu religioso es muy hermoso, es atractivo, es más perfecto que el de las Hijas de la Caridad, como repetía sin cesar san Vicente. Pero no es para ellas. Lo suyo es ser mujeres católicas célibes o viudas que en la comunidad fundada por san Vicente y santa Luisa se entregan a Cristo para redimir a los pobres.

Autor: Jaime Corera, C.M.
Año de publicación original: 1981.
Fuente: Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, Madrid, tomo 89, n. 7, octubre 1981, pp. 511-519.

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