Santa Agustina Livia Pietrantoni
(1864-1894)

Religiosa de la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Juana Antida Thouret. Su vida estuvo caracterizada por una continua donación, primero trabajando desde muy temprana edad para ayudar al sostenimiento de su familia y posteriormente, ya como religiosa, al servicio de los enfermos, en especial de aquellos más difíciles. Es considerada mártir de la caridad pues murió asesinada a manos de uno de aquellos enfermos por quienes se desvivió.

Livia, la segunda de once hijos de los pequeños agricultores Francisco Pietrantoni y Catalina Costantini, nació el 27 de marzo de 1864 en el pueblo de Pozzaglia Sabina (Rieti, Italia).

Su infancia y juventud estuvieron marcadas por los valores de su piadosa familia, en la que «todos estaban pendientes de hacer el bien y de rezar a menudo…», pero también por el duro trabajo ya que desde temprana edad se afanó en el campo, cuidó los animales, transportó baldes de piedra y arena para la construcción de una ruta carretera y cada invierno, desde sus doce años, marchó a Tívoli para la recolección de aceitunas.

Tuvo muchas virtudes y también muchos pretendientes, pero ella ya había tomado una decisión: Cristo sería su amor, su Esposo, y eligió para sí «una Congregación donde haya trabajo para el día y la noche».

santa-agustinaA sus 22 años de edad, y tras ser rechazada en un primer intento por ingresar, fue admitida en la Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Juana Antida Thouret (desprendida de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl), en Roma, adoptando en religión el nombre de Agustina.

Su primer y único apostolado fue en el Hospital del Espíritu Santo, definido como «el gimnasio de la caridad cristiana» donde la hermana Agustina sirvió a los enfermos, los más difíciles, los incurables, «siempre lista a afrontar cualquier sacrificio, aun de derramar mi sangre por la caridad», expresó en alguna ocasión.

En un ambiente abiertamente hostil a la religión, donde ya se había expulsado a los Padres Capuchinos, prohibido el crucifijo y cualquier signo religioso, así como anunciar el Evangelio, la Hna. Agustina no necesitó de palabras pues su servicio era fiel reflejo del amor de Dios.

Atendió con especial devoción a los enfermos mentales, los más difíciles, violentos y obscenos, como José Romanelli, a quien finalmente el director del hospital decidió expulsar. A raíz de esto, la rabia del hombre se dirigió hacia la Hna. Agustina, a quien amenazó de muerte en varias ocasiones, por palabra y también por medio de cartas, cumpliendo finalmente sus amenazas el 13 de noviembre de 1894, día en que la sorprendió sola y tras golpearla cruelmente le apuñaló en varias ocasiones.

«Madre, no se preocupe, soy feliz, lo perdono de corazón, mis más vivos deseos han sido escuchados», alcanzó a decir a su superiora. Tenía sólo treinta años de edad.

Beatificada por Pablo VI (1972) y canonizada por Juan Pablo II (1999), conmemoramos a la patrona de las enfermeras y protectora de las personas ridiculizadas por su piedad el 13 de noviembre.

 Tomado de notidiocesis.com

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