Jesús es la última y más cierta prueba de que Dios nos ama. Por ese amor, Dios no es Dios de muertos sino de vivos; pues para él todos están vivos.

Niegan los saduceos la resurrección de los muertos o la posibilidad de estar vivos de nuevo los muertos. Por eso, la pregunta que hacen referente a la ley del levirato (Gén 38, 8; Dt 25, 5) tiene por motivo ridiculizar la creencia en la resurreción.

Así que para los saduceos, —teniendo en cuenta además que, según ellos, no hay ángeles ni espíritus (Hch 23, 8)—, el más allá no existe. Lo que les importa es estar vivos aquí y ahora.

Y no es de extrañar que les interese a los saduceos estar vivos así. Después de todo, ¿por qué buscar ellos y preocuparse de la otra vida si bien se lo pasan aquí en la tierra?

Es que los saduceos forman parte de la aristocracia sacerdotal y de la clase conservadora de tierratenientes y comerciantes. Provienen de familias pertenecientes a la élite de Jerusalén. Y como le resulta buena al comercio la estabilidad, más listos están para llegar a un entendimiento y colaboración con Roma.

Y la vida cómoda y acomodada de bienestar hace con los saduceos lo mismo que con el rico insensato (Lc 12, 3-21). Es decir, esa vida los encierra en sí mismos, en sus intereses y su machismo. Demasiado ensimismados, se olvidan de los necesitados.

Tal vida, además, no lleva a los saduceos a poner la esperanza en el más allá. Les parece ridícula, sí, esa esperanza. Ella además arrebata engañosamente a los hombres la felicidad del presente.

Permanecemos vivos aun en la muerte por el amor de Dios.

En negar la resurrección y la vida más allá de la muerte, los saduceos subestiman el poderoso amor de Dios. Así como subestiman también el amor de Dios los que murmuran porque Jesús ha entrado en la casa de Zaqueo. Pues es tan fuerte el amor de Dios que no da por caso perdido incluso al peor pecador.

Ese amor es tan fuerte asimismo que Dios es Dios de vivos, porque para él todos están vivos. El amor de Dios no es solo amor a lo existente y a lo idéntico. Es amor siquiera a lo no existente, a lo desigual, indigno, fútil, perdido, pasajero y muerto (J. Moltmann; hacer clic en READ PAPER). Rompiendo el hechizo: «De nada nada se hace», el amor poderoso de Dios crea de la nada y resucita a los muertos. Y da a los pobres una esperanza dichosa, no drogas, que los impela a la acción

Huelga decir que tendrán que sumergirse en el amor de Dios quienes buscan estar vivos. Pues pasar de la muerte a la vida significa amar a los hermanos (Jn 3, 14).

Señor Jesús, gracias a tu amor inventivo, tenemos la Eucaristía (SV.ES XI:65). Haz que tomemos en serio tu enseñanza de que quienes comen tu carne y beben tu sangre tienen vida eterna y tú los resucitarás y estarán vivos.

10 Noviembre 2019
32º Domingo de T.O. (C)
2 Mac 7, 1-2. 9-14; 2 Tes 2, 16 – 3, 5; Lc 20, 27-38


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