Jesús es la revelación definitiva, a Israel y las naciones, de la salvación divina. Es justo, pues, que siempre y en todo lugar todos se muestren agradecidos a él.

No se muestran agradecidos nueve de los diez sanados. Pues solo un samaritano, que supuestamente no es del pueblo elegido siquiera, busca al sanador para darle gracias.

Se vuelve el extranjero, sí, alabando a Dios. Esto indica que él está convencido de que solo de Dios viene el poder sanador de Jesús. Ve ahora en el rostro de Jesús el rostro de Dios. Es decir, reconoce que, en Jesús y por él, Dios tiene compasión de los necesitados. Cree ya en Jesús. Lo toma por Buena Noticia de Dios para los pobres, para los con enfermedades y dolencias.

Por tanto, no solo alaba a Dios el samaritano. Pues se postra además a los pies de Jesús, rostro en tierra, y se muestra uno de los agradecidos que representan un diez por ciento solo de los sanados. Y Jesús a su vez responde más que adecuadamente a las expectativas de fe. Lo deja al nuevo creyente saber que no es solo el Sanador sino el Salvador también. Pues le dice al que es uno de los humildes agradecidos: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Lo que sana y salva no es la ley, sino la fe en Jesús. Con razón, pues, el samaritano antepone la fe a la ley. Viéndose limpio, vuelve decididamente a Jesús.

Por supuesto tienen los nueve muchas ganas de presentarse a los sacerdotes que los certifiquen limpios. Desean muchísimo ser reintegrados a la sociedad. Debido a esa observancia interesada de la ley, se olvidan de mostrarse agradecidos.

Y no es del todo imposible que se sientan ellos con derecho a la sanación. Son, después de todo, del pueblo elegido de Dios. Además, cumplen con las prescripciones de la ley. Pero los arrogantes que se creen merecedores de todo beneficio no son capaces de estar agradecidos.

No podemos estar agradecidos sin ser pobres.

Estar agradecidos es propio de los pobres (Robert P. Maloney, C.M.), de los que guardan la verdadera religión y cantan con la madre de Jesus: «Proclama mi alma la grandeza del Señor …». No piensan ellos tener derecho a ninguna cosa. Pues aun guardando todos los mandamientos y trabajando duro, todavía se dicen siervos inútiles. No se encierran en sus intereses, clamando: «¡Mi cuarto, mis libros, mi misa!» (SV.ES XI:120). Se fatigan más bien por los demás y buscan los intereses de los demás, considerando siempre y humildemente superiores a los demás (Fil 2, 3-4).

Señor Jesús, haz que seamos fieles a la Eucaristía y a la palabra digna de crédito. Que la memoria de tu muerte y resurrección nos impulse a mostrarnos agradecidos a ti siempre y en todo lugar.

13 Octubre 2019
28º Domingo de T.O. (C)
2 Re 5, 14-17; 2 Tim 2, 8-13; Lc 17, 11-19


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