«¡Padre!»

Jon 4, 1-11; Sal 85; Lc 11, 1-4.

La misión de la Iglesia terminará cuando toda la humanidad pueda llamar a Dios como Padre. Esta palabra nos da nuestra verdadera identidad: somos hijos. Jesús vino a enseñárnosla y la sentiremos cuando nos pongamos a sus pies y lo escuchemos, tal como hizo María. Con esta oración Jesús nos hace entrar en la paternidad de Dios.

Dios siempre será nuestro Padre. Llamarlo Padre significa reconocer y proclamar el amor que tiene por cada uno de nosotros.

La palabra “Padre” es el corazón de la vida cristiana y contiene todo el afecto que un hijo puede esperar de Dios. Dios es mi Padre, no sólo porque me ha dado la vida en un momento. Dios siempre es Padre porque siempre me da la vida: cada instante de mi existencia tiene su fuente en Él.

Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Antonio G. Escobedo Hernández C.M.

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