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De origen etíope, nace en Dibo una aldea de Goyam en el año 1791. De sus padres, los únicos datos que tenemos es que tenían un rebaño, que él guardaba por la tarde, que eran muy religiosos, de la confesión monofisita y en ella lo educaron. Su nombre significa «Siervo de San Miguel».

Un accidente le dejó tuerto, mas esto no fue obstáculo para que entrara a la vida clerical en Gondar, donde se dedicó al estudio y aprendió, al lado de buenos maestros, el canto y la música etíope. A los diecinueve años entra en el monasterio de Mertule-Mariam. Tras seis años de noviciado recibió la túnica blanca religiosa y la solemne imposición del bonete blanco.

Desde niño fue inquieto; dicen que tenía un espíritu vivo, una inteligencia abierta, y eso le valió no contentarse con verdades a medias o quedarse satisfecho con lo que se admitía de buena fe sin buscar argumentos. Ya de joven lo vemos en las bibliotecas de los monasterios, buscando el conocimiento profundo de las verdades religiosas.

La vida de los monjes se pasaba en discusiones inútiles y simples disertaciones filosóficas, sin ahondar en cuestiones de más envergadura, como la verdadera fe sobre la identidad de Cristo, la Iglesia y la unidad religiosa de la nación. Entabló fuertes lazos de amistad con el sabio monje Aleka Velde Selassie, y la inquietud de perfección y autenticidad en la vida religiosa de Ghebra Miguel despertaron el interés de otros monjes y muchos acudían a escuchar sus conferencias. Entre estos oyentes se encontraba el futuro rey de Abisinia.

Viaja a Roma, donde llega el 12 de agosto de 1841. Cinco días después fue recibido por el papa Gregorio XVI en audiencia privada, quedando este impresionado de su bondad y amabilidad. El 11 de septiembre sale para Jerusalén, donde permanece varios meses. Durante el viaje a Roma coincidió y convivió con el padre Justino De Jacobis, quedando impresionado por su coherencia entre fe y vida, por su rectitud, su inteligencia, su desinterés personal, su sencillez y su fidelidad a la Iglesia de Roma.

Las discusiones teológicas y sus estudios le llevaron a descubrir que ninguno de los bandos en que estaban divididos los monjes abisinios tenía la razón, pues estaban en oposición al evangelio, que asegura que la persona de Jesucristo, sin dejar la naturaleza divina, asumió la naturaleza humana: «El Verbo se hizo carne». Contrariado y decepcionado fue a buscar al padre De Jacobis, que tan buena impresión le había causado durante su viaje. Este estaba en el monasterio de Gunde-Gunde, y recibió a Ghebra con muestras de gran cariño.

En un ambiente fraternal, de estudios y oración, Ghebra Miguel profundizó en los fundamentos de la fe católica e hizo su profesión de fe en presencia de padre Justino De Jacobis; en febrero de 1844 se convierte al catolicismo. Al lado de Justino De Jacobis aprendió el espíritu misionero vicenciano, pidiendo entrar en la Congregación de la Misión. A finales del año, el P. De Jacobis se traslada a Guala, donde funda un seminario que confia a Ghebra Miguel; este centro era también casa de oración y de estudios. El Abba Ghebra se dedica a escribir libros para los alumnos, traduce a la lengua «ghees» el catecismo, la teología dogmática y la moral, defendiendo la fe católica con la palabra y con la pluma; enseña a los misioneros europeos las costumbres y tradiciones abisinias.

Justino De Jacobis, obispo (6-1-1849) y vicario apostólico dijo de él:

Ghebra Miguel es un genio abisinio, perspicaz, recto, activo, ejemplar, que ha buscado siempre en el estudio más severo, el conocimiento de la verdadera fe. ¿Quién más digno de él de las Órdenes Sagradas? Me juzgo, pues, dichoso de haber promovido como el primero su elevación a la dignidad sacerdotal.

Y el día 1 de enero de 1851, a los 59 años de edad y siete de profesar la fe católica, recibe la ordenación sacerdotal de manos de su amigo Justino De Jacobis.

En 1854, en plena persecución organizada por el rey Theodoro II e incitado por el Abuna Salama, Ghebra Miguel y cuatro compañeros suyos fueron detenidos, arrojados a prisión y amenazados con la tortura para que renegaran de su religión. Ante su negativa, durante un periodo de nueve meses, a intervalos regulares eran llevados desde su inmunda celda a presencia de Teodoro y de Salama para ser interrogados. Cada vez que demostraban su firmeza eran brutalmente azotados y se les sometía a otros tormentos. Contrajo el cólera y, aunque se recuperó, mientras iba caminando cargado de cadenas y a consecuencia de las torturas sufridas, murió el 30 de agosto de 1855. Sus guardias se apresuraron a quitarle los grilletes y le sepultaron.

Su beatificación tuvo lugar el 3 de octubre de 1926, por el Papa Pío XI.

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