Ser un joven cristiano, hoy día, no es tarea fácil. Sobre todo si consideramos que, para vivir a la altura de este nombre, debemos experimentar una experiencia de cercanía con Dios en cada momento, experiencia y ambiente que esta fase de la vida, a través de la cual pasamos, nos lleva a experimentar o a asistir. Ya sea en el trabajo, en la universidad, en fiestas y reuniones sociales o incluso en la calle, somos llamados como vicentinos a dar testimonio de un proyecto de vida que nos habilita a perseguir la santidad sin que debamos dejar de lado toda la alegría, toda la vitalidad y la audacia propias de nuestra juventud. Frente a este intento de experimentar el cristianismo en su esencia y en su plenitud, encontramos una referencia importante en el pensamiento del beato Antonio Federico Ozanam: “Ganar sin peligro es triunfar sin gloria. Cuanto más difícil sea el trabajo, más hermoso será”.

Si nos referimos a las primeras comunidades cristianas, podemos ver que su ejemplo de resistencia a las costumbres y hábitos impregnados en el mundo que los rodea es muy fuerte, así como lo es el principio que los hizo resistir y persistir como grupo: el amor que compartían entre ellos, principio que, dicho sea de paso, fue la característica por la cual los paganos reconocían a los cristianos: «Ved cómo se aman». Esta constatación nos lleva a reflexionar sobre si hoy, en un momento marcado por posiciones ideológicas y políticas feroces, nos damos a conocer en nuestros grupos y unidades vicencianas, como hacían los primeros cristianos, por el amor que hemos mostrado a nuestra causa y a nuestros compañeros creyentes, compartiendo los dolores, las angustias y los desafíos que se presentan en la misión de defender a los pobres, los excluidos y los marginados.

El amor es la cuestión primordial que nos lleva a un mundo tan ocupado, lleno de actividades placenteras y caminos dudosos, para incluir un modelo con el que nos podemos identificar, entre los muchos carismas que están disponibles, dada la inmensa diversidad de santos que han suscitado su aparición dentro de la iglesia católica, para adoptarlo como nuestro, como referencia para nosotros mismos, seguirlo y construir sobre él nuestra propia historia vital. Si amamos a alguien, si amamos una causa, manifestamos placer y alegría al estar en esta convivencia, en este trabajo, incluso si necesitamos renunciar a otras actividades. Luego buscamos, desde la experiencia más profunda de este amor, establecer una relación de respeto mutuo, cercanía, reconocimiento y conocimiento con nuestros compañeros de viaje. El amor que ponemos aquí tiene una dimensión mucho más grande que el amor que le damos a alguien con quien queremos vivenciar una relación a dos, por lo que no es el amor que los griegos llamaron eros, tampoco el amor philos que, aunque también es muy importante, se refiere solo a las relaciones sentimentales en el ámbito familiar; estamos hablando del amor ágape, a veces transliterado simplemente como caridad, un amor desinteresado, capaz de revelar lo que de mejor hay en nuestra humanidad.

Si, por un lado, elegimos vivir esta experiencia cristiana en un mundo donde la inversión de valores a veces nos hace parecer fuera de contexto o fuera de las modas creadas por una sociedad basada en el consumismo exacerbado, el materialismo y el hedonismo, puede parecer una posición radical y difícil de ser, de hecho, asumida, dadas las circunstancias de una fe superficialmente experimentada por muchos jóvenes; por otro lado, como vicentinos, debemos tener claro que estamos en el camino correcto y que debemos atraer a este camino a muchos otros jóvenes que aún no han caminado por este camino. Una prueba de este viaje asertivo que estamos atravesando constantemente en la Sociedad de San Vicente de Paúl son las tentaciones y dificultades que a veces aparecen ante nosotros, tratando de desviarnos del enfoque que identificamos como nuestro: Cristo en la persona de los pobres. Nuestro patrón, san Vicente de Paul, nos enseñó muy bien. Los caminos de la facilidad y lo que muchos estudiosos han constatado, en los tiempos de las redes sociales en línea, como felicidad instantánea, capaz de ocultar sentimientos depresivos a medida que los seres humanos buscan causar una falsa apariencia social de alegría y bienestar, no nos traerá nada más que lo efímero, lo mundano, a diferencia de los planes que Dios nos presenta para experimentar como sus hijos, quienes pueden alegrarse, nutrirnos espiritualmente y brindar felicidad plena.

Ante esto, parafraseando a Ozanam en una declaración hecha en su tiempo y que nos parece todavía tan actual: el mundo parece haberse enfriado y depende de cada uno de nosotros, como jóvenes católicos, reavivar la llama del cristianismo, que se basa en el más grande de todos los mandamientos que Cristo nos dejó: ¡Amar!

Consocio Kadu Ferraz,
Consejo Metropolitano de Olinda e Recife (Brasil)
Fuente: http://www.ssvpbrasil.org.br/

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