Santa Luisa de Marillac creía que los pobres abandonados no podían ser socorridos dignamente si no era por el servicio de estas buenas jóvenes que, abandonando todo interés personal, se entregan a Dios para el servicio espiritual y temporal de estas pobres criaturas (c. 14). Así era hasta no hace mucho, pero en la actualidad, para la sociedad la Compañía de las Hijas de la Caridad no es lo que era. Hace años, el pueblo consideraba a las Hijas de la Caridad dedicadas por entero a recoger a los pobres que no podían pagar su salud y su educación o no tenían con qué sostenerse. Eran inseparables de los pobres y su ángel custodio. Su servicio era considerado como una obra social y se las dispensaba de muchos impuestos. En España las instituciones civiles, las consideraban, al igual que el ejército, la sanidad o la educación, como una institución gubernamental a la que entregaban la beneficencia estatal, provincial y municipal. Algunos decían que por ser empleadas baratas, otros lo atribuían a que eran eficientes. Al abundar el trabajo, sus puestos eran despreciados por considerarse de poca categoría trabajar en la beneficencia desprestigiada y con salarios bajos. Hoy todo ha cambiado. Trabajar en la beneficencia nada tiene de degradante y las instituciones no las necesitan, pues sus puestos de trabajo son ocupados al instante y su salario es equiparable al de otras operarias seglares que trabajan tan eficazmente como ellas. La gente ni se fija en ellas. Sin embargo, ha reconocido su labor y su entrega sacrificada y, con el aplauso general de la sociedad, en 2005 el gobierno español les otorgó el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Grupo de Hijas de la Caridad de Filipinas

Primer cimiento: consagración a Dios

Los cimientos que sostienen el edificio de la Compañía de las Hijas de la Caridad forman un cuadrado perfecto: entrega a Dios, servicio, espíritu y comunidad. Ninguno de los lados puede faltar ni anular a los otros, aunque tenga­mos la costumbre de dar la primacía al servicio. Sin embargo, la identidad de la Hija de la Caridad no puede ser el servicio a los pobres, que es obligatorio para todos los cristianos, o mejor, para toda la humanidad. Si sirven a los pobres es porque se han entregado a Dios en la Compañía que las reviste de un espíritu propio. Por mucho que ame una mujer a los pobres y los sirva denodadamente, si no entra en la Com­pañía o si se sale de ella, no es Hija de la Caridad. Lo esen­cial es la entrega a Dios, la consagración que hace en el mo­mento de entrar en el seminario. Lo dice el n. 7 de sus Constituciones: “Las Hijas de la Caridad, en fidelidad a su Bautismo y en respuesta a una llamada de Dios, se entregan por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los Pobres, sus hermanos, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad”. Una mujer se hace Hija de la Caridad para servir a Cristo en los pobres. El servicio es el fin para el que se consagra y uno de los motivos por los que se consagra. Pero nunca el motivo o el fin pueden ser superiores al ser. Para poder actuar primero hay que ser.

Sus constituciones dicen que “el Servicio es para ellas la expresión de su entrega total a Dios en la Compañía y comunica a esa entrega su pleno significado” (C. 16). Indirectamente señalan que sin servicio no hay entrega. Y es así, pero no de una manera exclusiva, pues excepcionalmente una Hermana puede vivir fuera de la co­munidad por un tiempo y seguir siendo Hija de la Caridad, y puede servir a los pobres sólo indirectamente por medio de sus oraciones y enfermedades o a través de la dirección de los organismos de gobierno y sigue siendo Hija de la Caridad (C. 35b, 42b; Est. 29), pero nunca lo será si no se entrega a Dios en la Compañía. Ese número de las Constituciones aclara igualmente que el servicio da a la entrega “su pleno significado”, lo cual quiere decir que ya lo tenía, que el servicio es el ropaje de la entrega y sin servicio la entrega está desnuda.

Segundo cimiento: seculares para el servicio

El segundo cimiento es ayudar eficazmente a los pobres con unas estructuras de secularidad, siendo muchachas consagradas a Dios que viven los consejos evangélicos, pero, no obstante, van y vienen por las calles, mezcladas con el pueblo. Para socorrer dignamente a los pobres necesitan una Compañía sin votos públicos ni clausura, yendo y viniendo por caminos y calles. Es la secularidad que les da una idiosincrasia peculiar que no comprenden muchos sacerdotes, religiosos o seglares: que, siendo mujeres consagradas, viviendo célibes en pobreza y en comunidad, no sean “religiosas” y su espiritualidad no se apoye en los votos ni en los consejos evangélicos, sino en la entrega que las consagra a Dios cuando entran en la Compañía.

Cuando las mujeres eran personas de segundo orden en la sociedad y en la Iglesia, subordinadas a los hombres y en su mayoría sin personalidad jurídica, a las Hijas de la Caridad les entregaban la responsabilidad de una dirigente. Y a pesar de que hace años las jóvenes que entraban en la Compañía en su mayoría no tenían más cultura que la propia de la vida, y su religión era popular, sin embargo, se les encomendaba enseñar a las niñas y evangelizar a los enfermos, muchos agonizantes respirando ya el aire de la eternidad, y otros convalecientes o esperanzados en volver a la calle, donde vivirían el recuerdo piadoso que les habían dejado las Hermanas.

Durante muchos años, sólo por entrar en la Compañía, con su entrega y buena voluntad las jóvenes se atrevían a recomponer la Iglesia de los pobres. Hoy se dan cuenta de que la sociedad ha cambiado y las obliga a adquirir una formación humana, social y profesional en las técnicas de servicio como cristianas e Hija de la Caridad.

Tercer cimiento: la vida comunitaria

Las Constituciones continúan diciendo: “Este servicio alimenta su contemplación y da sentido a su vida comunitaria, del mismo modo que su relación con Dios y su vida fra­terna en comunidad reaniman sin cesar su compromiso apostólico” (C. 16b). La vida comunitaria alimenta el servicio. En la comunidad donde todas se aman como amigas, guiadas por el Espíritu Santo, las Hermanas “rehacen sus fuerzas con miras a la misión” y se llenan de alegría para servir a los pobres, a pesar de las molestias que ocasionen (C. 9).

Si la vida fraterna anima el servicio en sentido corporal, la oración lo alimenta en sentido espiritual. Contempla­ción está tomada como una experiencia consciente y afec-tiva de la presencia de Dios en su interior. En este sentido el servicio es un tema a tratar con Dios en la oración, pero sin caer en la tentación de hacer de los pobres el tema de la oración diaria. De la vida espiritual sí, pero de la ora­ción mental, no. Algún día puede serlo, pero no diariamente. Durante la oración se absorbe en la consideración atenta de Dios para mejor servir a los pobres, pero sobre todo para sentir a Dios en su interior.

Cuarto cimiento: la vida interior

Las Constituciones exhalan la preocupación por que las Hermanas no descuiden la vida interior, y declaran que “los Fundadores insistie­ron en la exigencia de una constante unión con Dios para poder ser, en medio del mun­do, testigos del Amor de Cristo” (C. 12). Aunque servir a los pobres sea muy humano, no es difícil que la Hija de la Caridad, sienta tan necesarios para los pobres el dinero, la medicina, la vivienda y otros bienes materiales que los convierta en necesidad absoluta, descuidando todo el armazón espiritual en su existencia. Si el cuerpo necesita un alma para vivir, -decían algunas Hermanas en una conferencia de san Vicente- el alma de la Hija de la Caridad necesita de otra alma para dar vida al servicio, necesita el Espíritu divino que las modela en la oración.

La preocupación por dar predominio a lo espiritual, lleva años cuajándose en el mundo. Desde aquella frase que lanzó André Malraux “el tercer milenio será espiritual o no habrá milenio”, muchos intelectuales han trabajado por mantener viva la idea. En 1992, Jacques Delors volvió a reclacar: «Si en los diez años que vienen no hemos conseguido dar un alma, una espirituali­dad, un significado a Europa, habremos perdido la partida». Pero solamente en 1997 se reconoció oficialmente, aunque con presupuesto modesto, el programa «dar un alma a Europa», «un alma para Europa, ética y espiritualidad».

Vida espiritual

Se ha cerrado el cuadrado que sostiene la Compañía. Sobre él cada Hija de la Caridad construye su vida espiritual. En las tres primeras partes de las Constituciones se siente que la dinámi­ca de una Hermana es la unión constante con Dios. La energía de su vida y su servicio es la expe­riencia de Dios, es el “no salir nunca de la oración” a lo que les animaba su fundador. El final de la C. 16b expresa que el Servicio de las Hijas de la Caridad “es, al mismo tiempo, mirada de fe y puesta en práctica del amor, del que Cristo es manantial y mo­delo”, y san Vicente y santa Luisa proponen a las Hermanas que lo imiten para vivir como buenas cristianas y ser buenas Hijas de la Caridad. 

Porque la verdadera vida interior las lleva a reconocer en los que sufren, en los que se ven lesio­nados en su dignidad, en su salud, en sus derechos, a hijos de Dios que representan a Cristo y a hermanos y hermanas de quienes son solidarias, y las Cons­titucio­nes conclu­yen que la vida espiritual de las Hijas de la Cari­dad consiste en contemplar a Cristo y en reconocer a los pobres como hijos de Dios, miem­bros dolientes de Jesucristo y hermanos nues­tros. A los pobres no se los contempla, a los pobres se les reconoce que son hijos de Dios. Contemplar, sólo se contempla al Dios trinitario o a Cristo a quien encuentran en el corazón y en la vida de los Pobres. En una mirada de Fe ven a Cristo en los Po­bres y a los Pobres en Cristo (C. 10) o, como decía san Vicente, no salen nunca de la oración. Para santa Luisa seguir a Cristo es asumir sus disposiciones y ocupar su lugar entre los pobres de tal manera que cuando las miren no vean a una mujer, sino a Cristo (E 105).

P. Benito Martínez, C.M.

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