Una de las más bellas frases del bienaventurado Federico Ozanam («¡Vayamos a los pobres!») fue la invitación que el Consejo Nacional de Brasil de la Sociedad de San Vicente de Paúl hizo a todos, vicentinos, aspirantes, voluntarios y colaboradores, para el año 2012.

Este lema se vivió y experimentó en las Conferencias, en los Consejos, en las Obras, dentro de la Familia Vicenciana y principalmente en las casas y ambientes en que encontramos a nuestros asistidos.

Ir a los pobres significa actuar de forma misionera, activa, sin pereza, buscando practicar la fe católica con vigor y energía de bautizado. Debemos ir a los pobres y ofrecerles nuestras manos, nuestros talentos, nuestros consejos, nuestra evangelización y nuestras esperanzas. Ir a los pobres es la verdadera actitud de un vocacionado, por eso somos vicentinos y amamos a los pobres.

Además de ir al encuentro de los que sufren, los vicentinos deben acoger a los pobres. Acogerlos significa hermanarse con ellos, sufrir con ellos, sentir con ellos, entristecerse o alegrarse con ellos… en definitiva, vivir sus mismos sentimientos. Acoger también significa aceptarlos como son, sin juzgarlos ni condenarlos, sino evaluando y contribuyendo al crecimiento personal, espiritual y social de las familias socorridas.

Además de ir y acoger, tenemos que amar a los pobres de tal manera que ellos vean en nosotros el rostro de Cristo. No solo buscamos ver el rostro de Jesús en el rostro de los pobres, también debemos esforzarnos para que ellos perciban la divina gracia salvífica en nuestros actos, gestos y actitudes. No tendremos condición moral de defender las virtudes o sacramentos de la Iglesia si no vivimos esos principios en nuestra vida personal. Nadie puede enseñar lo que no cree.

Finalmente, no servirá de nada el ir, acoger y amar a las personas si no mostramos respeto de antemano. Respetar a los pobres debe ser algo diario, frecuente, habitual, especialmente durante las reuniones de nuestras Conferencias, cuando nos sintamos tentados a hablar no siempre bien de alguna familia. Este es un defecto grave de algunos vicentinos, exagerar las críticas y los comentarios sobre la supuesta indolencia o falta de higiene de algunos. Tenemos que ser suaves en nuestras orientaciones, y convencer con el ejemplo y no con la reconvención.

Así debe de ser nuestra presencia junto a las personas que sufren o están en situación de vulnerabilidad: amorosa, inclusiva y transformadora. Al participar en la Sociedad de San Vicente de Paúl, necesitamos sintonizar nuestros corazones con la mansedumbre del corazón de Cristo. Si Jesús estuviera aquí, físicamente, en el momento de la visita domiciliaria, ¿qué les diría o cómo actuaría con los pobres?

Así es como debemos actuar. Si consideramos muy difícil esta tarea, empecemos inspirándonos en san Vicente y en Ozanam, nuestros más próximos humanos ejemplos, para que seamos «excelentes vicentinos», yendo, acogiendo, amando y respetando a los pobres. ¡Ahí está nuestra misión!

Renato Lima de Oliveira
16º Presidente General de la Sociedad de San Vicente de Paúl

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