No sé cuántas veces a lo largo de mi vida he leído o recitado las oraciones de inicio utilizadas por en las reuniones de las conferencias de la Sociedad de San Vicente de Paul de Canadá, pero hay una parte que siempre resuena en mi interior.

Dice así:

“Señor Jesús, haznos profundizar en nuestro espíritu de amistad vicenciana durante esta reunión. Haznos receptivos a la llamada cristiana a ir en busca y al encuentro de los olvidados, los que sufren o los desposeídos, para que podamos brindarles tu amor. Ayúdanos a ser generosos con nuestro tiempo, nuestras pertenencias y nuestro mismo ser, en esta misión de caridad. Perfecciona en nosotros tu amor y enséñanos a compartir más plenamente en el sacrificio eucarístico ofrecido para todos”.

A menudo pienso que si todos los vicentinos, incluyéndome yo, pasaran más tiempo pensando en estas palabras, habría una actitud mucho menos crítica hacia aquellos que viven en la pobreza y mucho más amor por estos nuevos amigos y nuestros compañeros vicentinos.

¿Con qué frecuencia realmente buscamos y encontramos a los olvidados, los que sufren o los desposeídos? Si bien tenemos muchos ejemplos de cómo hacerlo, también podemos caer en la trampa de sentirnos agotados, de pensar que ya hemos hecho todo lo posible o, tal vez, sentirnos perdidos en cuanto a cómo podemos ayudar a los demás. Si nos recordáramos a nosotros mismos que nunca debemos estar satisfechos esperando una llamada de ayuda, sino más bien que hemos continuar buscando otras formas con las que poder buscar y encontrar a los necesitados. De hecho, incluso cuando tenemos contacto a través de una visita al hogar u otros medios, ¿aprovechamos esta oportunidad para buscar y encontrar qué más necesitan, o qué más podemos hacer por la persona o la familia?

Creo que si podemos recordar nuestra misión al compartir el sacrificio eucarístico durante la Misa, nos ayudaría a descubrir formas en que podemos usar nuestro tiempo y nuestras posesiones para hacer más, para darles a los necesitados una esperanza real de una vida mejor y un futuro mejor para ellos y sus familias. Esta misión de caridad puede y debe ampliarse para incluir la misión de buscar justicia y, donde sea necesario, provocar cambios.

Sobre el autor:

Jim Paddon vive en London, Ontario, Canadá y es ex-presidente del Consejo Regional de Ontario de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Actualmente es presidente del Comité Nacional de Justicia Social de la Sociedad en Canadá. Está casado con su querida esposa Pat y tienen seis hijas y once nietos. Jim ha sido miembro de la Sociedad desde los años 70.

Las opiniones expresadas son las del autor y no representan oficialmente las de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

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