«¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?»

Deut 4, 32-40; Sal 76; Mt 16, 24-28.

Hay en el centro de esta sentencia un punto de quiebre que vuelve irreconciliables las dos realidades: ganar el mundo o perder la vida. Pero nuestra educación apunta a menudo en la primera dirección, y no ve ningún inconveniente en ello.

Salvar la vida, en las Palabras de Jesús, implica donarla. Ofrecerla por una causa mayor que nuestros deseos y necesidades del momento.

Lograrlo requiere de nosotros una conciencia despierta, una capacidad de mirar adelante, un poder mirarnos como comunidad. Quien escribe este comentario, ha encontrado personas del campo que no han talado los arboles de su parcela y así sembrar una extensión más grande, pensando en el daño que harán a la tierra, al agua, al aire. ¿Cómo los vamos a dejar sin árboles? –dicen– ¿qué aire van a respirar nuestros hijos? Limitan sus deseos de poseer más, porque saben que la tierra merece respeto, igual que las generaciones venideras.

El evangelio de Jesús es ante todo una didáctica para aprender a donar la vida. Cada uno está llamado a mirar en dónde y de qué modo hacerlo.

Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Emmanuel Velázquez Mireles, C.M.

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