En 1830, una joven seminarista de las Hijas de la Caridad (novicia), llegó por primera vez a la Casa Madre de las Hermanas Vicentinas, en la Rue de Bac 130.

Catalina Labouré, nunca se imaginaría que su entrada a la compañia de las Hijas de la Caridad, transformaría su vida personal y por ende, en torna a ella se crearía una de las historias más famosas de todo el mundo: las apariciones de la Virgen Milagrosa.

Corría el año de 1830 y Francia estaba convulsionada por muchas revueltas políticas. Muchas comunidades religiosas habían casi desaparecido bajo el filo de las guillotinas, después de la revolución francesa de 1789. La Corona francesa seguía estando en el filo de la historia, el Rey Carlos X en el exilio y sólo hasta julio de 1830 Luis Felipe I, sin saberlo se convertiría en el último rey.

La Jerarquía eclesiástica, necesitaba recuperar su lugar con el pueblo, de manera especial con el pueblo pobre y oprimido, la ocasión según algunos filósofos y pensadores de la época, se dio cuando se pudo recuperar el cuerpo del Padre de los Pobres, San Vicente de Paúl, que se hallaba desaparecido luego de la toma de San Lázaro por los rebeldes en 1789 (antigua Casa madre de la Congregación de la Misión).

El 25 de abril de 1830 comenzó una enorme procesión desde la imponente Catedral de Notre Dame hasta la nueva casa madre de los Misioneros Vicentinos (Lazaristas o paúles), entre la multitud, destacaban las Hijas de la Caridad y allí casi escondida entre sus demás compañeras: Catalina.

Estos acontecimientos marcaron el contexto de las apariciones, más tarde el 18 de julio, vísperas de la fiesta de San Vicente de Paúl (que antiguamente se celebraba el 19 de julio), la misma Santa nos cuenta que una de las Hermanas maestras, les había regalado un trozo del roquete (alba) de San Vicente de Paúl (una especie de reliquia) que ella misma se había comido con la ilusión de que el mismo San Vicente le daría la gracia de ver a la Santísima Virgen María.

Esta es la primera y la más importante aparición de la Virgen María a Santa Catalina Labouré. La Virgen le dijo a la santa profecías sobre el futuro de Francia, le habló sobre la restauración definitiva de las dos comunidades (Hijas de la Caridad y Congregación de la Misión), la invitó a «venir al pie de éste altar», es decir, a tener como fuente la Eucaristía para el alivio de las penas, le manifestaría el deseo de un movimiento de jóvenes que se consagraran a ella y finalmente le anunciaría una misión que el mismo Dios le confiaría, misión que solo hasta noviembre ella entendería.

Ella misma nos cuenta su relato escrito por petición del Padre Aladel, CM en 1857:

«Padre, usted quiere que le detalle brevemente lo sucedido hace 26 años; me siento incapaz de hacerlo, pero voy a intentarlo con toda la sencillez posible.

Ruego a María, mi buena madre, que me ayude a recordar todas las circunstancias. Oh María, haz que sea para tu mayor gloria y la de tu divino Hijo.

Comienzo:

Yo llegué (al seminario) el 21 de abril de 1830, que era el miércoles antes de la traslación de las reliquias de San Vicente de Paúl, feliz y contenta por haber llegado para este gran día de fiesta, me parecía que no tocaba la tierra.

Pedía a San Vicente todas las gracias que me eran necesarias, y también para las dos familias y para Francia entera. Me parecía que ellas tenían mucha necesidad de esas gracias. En fin, pedía a San Vicente que me enseñara lo que era necesario que yo pidiera con una fe viva. Y todas las veces que volvía de San Lázaro (en donde había visitado la urna de San Vicente) sentía tanta tristeza, que me parecía encontrar en la comunidad a San Vicente, o al menos su corazón, que se me aparecía todas las veces que regresaba de San Lázaro. Tenía el dulce consuelo de verlo encima del relicario donde estaban expuestas algunas reliquias de San Vicente.

Se me apareció tres veces distintas, tres días seguidos: Blanco color de carne, que anunciaba la paz, la calma, la inocencia, la unión. Después lo vi rojo de fuego, que debe encender la caridad en los corazones: me parecía que toda la Comunidad debía renovarse y extenderse hasta los confines del mundo. Y luego lo vi rojo oscuro, lo que llenó de tristeza mi corazón; sentía una tristeza que me costaba mucho superar; no sabía ni por qué ni cómo, esta tristeza se relacionaba con el cambio de gobierno; tuve que hablarle de esto a mi confesor, que me calmó lo más posible, apartándome de estos pensamientos.

Y después fui favorecida con otra gran gracia, la de ver a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, que lo vi todo el tiempo de mi seminario, exceptuadas las veces en que dudaba (es decir, cuando me resistía); entonces, la vez siguiente ya no veía nada, porque quería profundizar y dudaba de este misterio y creía equivocarme. El día de la Santísima Trinidad, Nuestro Señor se me apareció como un Rey, con la Cruz sobre su pecho, en el Santísimo Sacramento, fue durante la santa Misa en el momento del Evangelio, y me pareció que la Cruz se caía a los pies de nuestro Señor, y me pareció que Nuestro Señor era despojado de todos sus ornamentos, todos caídos por tierra. Ahí fue cuando tuve los pensamientos más negros y más tristes, ahí fue cuando pensé que el rey de la tierra se vería perdido y despojado de sus vestiduras reales, todos los pensamientos que tuve no sabría explicarlos…

Y después llegó la fiesta de San Vicente, en cuya víspera nuestra buena madre Marta nos dio una conferencia sobre la devoción a los santos y en particular a la Santísima Virgen, lo que me dio tal deseo de verla que me acosté con el pensamiento de que esa misma noche vería a mi buena Madre, ¡hacía tanto tiempo que lo deseaba!, al cabo me dormí. Como se nos había distribuido un trozo de tela de un roquete de San Vicente, corté la mitad, me la tragué y me dormí, pensando que San Vicente me obtendría la gracia de ver a la Santísima Virgen.

Por fin, a las once y media de la noche, oí que me llamaban por mi nombre:
—Hermana, Hermana, Hermana.
Me desperté y miré al lado donde escuchaba la voz, que era el lado del corredor, descorrí la cortina y vi a un niño, vestido de blanco, como de cuatro o cinco años, que me decía:
—Venga a la capilla, levántese pronto y venga a la capilla, la Santísima Virgen la está esperando. Enseguida me vino al pensamiento:
—Pero me van a oír. El niño me respondió:
—Esté tranquila, son las once y media, todos están bien dormidos; venga, la aguardo.

Me apresuré a vestirme y me, dirigí a donde el niño, que había permanecido sin apartarse de la cabecera de mi cama.

Me siguió, o mejor, yo le seguí, él siempre a mi izquierda, llevando rayos de claridad por donde pasaba; por donde quiera que íbamos las luces estaban encendidas, lo que me extrañó mucho; pero quedé más sorprendida al entrar en la capilla, cuando se abrió la puerta apenas tocarla el niño con la punta del dedo; y mi sorpresa fue más completa todavía cuando vi encendidas todas las velas y todos los cirios, lo que me hacía recordar la Misa de Medianoche.

Sin embargo, yo no veía a la Virgen. El niño me condujo al presbiterio, junto al sillón destinado al Director. Alli me puse de rodillas y el niño se quedó de pie todo el tiempo. Como la espera se me hacía larga, miraba por si pasaban las veladoras por la tribuna.

Llegó por fin la hora. El niño me previno diciéndome: —Ya viene la Virgen, aquí está.

Escuché como un rumor, como el roce de un vestido de seda que salía del lado de la tribuna, cerca del cuadro de San José, y venía a sentarse en un sillón parecido al de Santa Ana, la Santísima Virgen solamente; no era la figura de Santa Ana y yo dudaba si era la Santísima Virgen, pero el niño, que seguía allí, me dijo:

—Es la Virgen.

Me sería imposible decir lo que experimentaba en aquel instante, lo que pasaba dentro de mí, me parecía que no veía a la Santísima Virgen. Entonces el niño me habló no como niño, sino como el hombre más enérgico y con las palabras más enérgicas. Mirando a la Santísima Virgen me puse de un salto a su lado, arrodillada sobre las gradas del altar, con las manos apoyadas en sus rodillas.

Allí pasé el momento más dulce de mi vida, me sería imposible decir todo lo que sentí. Ella me dijo cómo debía comportarme con mi Director y otras cosas que no debo decir, la manera de conducirme en mis penas, el venir al pie del altar, que me mostraba con su mano izquierda. Me echaré al pie del altar y expansionaré alli mi corazón y recibiré todos los consue¬los de que tenga necesidad. Le pregunté el significado de todo lo que había visto y ella me lo explicaba todo.
Estuve allí no sé cuánto tiempo. Lo único que sé es que, cuando se marchó, sólo vi algo que se desvanecía, en fin, sólo una sombra que se dirigía al lado de la tribuna por el mismo camino por donde ella había venido. Me levanté de las gradas del altar y vi al niño donde lo había dejado. Me dijo: Se fue.

Desandamos el mismo camino, siempre todo iluminado, y el niño iba siempre a mi izquierda. Creo que este niño era el ángel de mi guarda, que se había hecho visible para hacerme ver a la Santísima Virgen, pues yo le había rezado mucho para que él me obtuviera ese favor. Estaba vestido de blanco, llevando consigo una luz milagrosa, es decir, iba resplandeciente de luz, y representaba unos cuatro o cinco años de edad.

Al volver a mi cama eran las dos de la mañana, que oí dar la hora, y ya no me dormí»

Más tarde todavía, el 30 de octubre de 1876, año de su muerte, escribe la Santa, también por obediencia, otros dos relatos en los que trata de decir no los hechos sino las palabras de la Virgen en esa aparición de la noche del 18 al 19 de julio de 1830. Según los críticos, el primer relato es como un borrador y el segundo es el definitivo.

1830, 18 de julio, encuentro con la Santísima Virgen, desde las 11 horas hasta la 1, 30 de la mañana del día 19, fiesta de San Vicente.

Hija mía, el buen Dios quiere confiarte una misión. Sufrirás mucho, pero lo superarás pensando que lo haces por la gloria del buen Dios. Sabrás lo que es el buen Dios, y eso te atormentará hasta que lo digas a quien tiene a cargo suyo tu guía (el P. Jean-Marie Aladel). Te contradirán, pero tendrás la gracia, no temas, dilo todo con confianza y sencillez. Verás ciertas cosas, cuéntalas. Te sentirás inspirada en la oración.

Corren muy malos tiempos. La desgracia va a caer sobre Francia, el trono será derribado, sacudirán al mundo entero infortunios de toda clase (la Santísima Virgen tenía la expresión muy apenada al decir esto), pero venid al pie de este altar, donde se derramarán gracias sobre todas las personas que las pidan con confianza y fervor, sobre los grandes y los pequeños…

Hija mía, gusto particularmente de derramar gracias sobre la Comunidad: la amo mucho. Siento dolor, pues hay grandes abusos: no se observa la Regla, la regularidad deja que desear, hay gran relajación en ambas Comunidades. Dilo a quien se encarga de ti, aunque no sea superior. Dentro de poco se le encomendará la Comunidad de modo particular. Tiene que hacer cuanto esté en su mano para poner de nuevo en vigor la Regla, díselo de parte mía… Que vigile las malas lecturas, la pérdida del tiempo y las visitas… cuando la Regla haya sido restaurada en su vigor, otra Comunidad se unirá a la vuestra. Eso no se acostumbra, pero yo la amo…, di que se la reciba. Dios las bendecirá, y gozarán de una gran paz. La Comunidad se hará grande…

Sobrevendrán grandes males, el peligro será grande: no temas; el buen Dios y San Vicente protegerán a la Comunidad… (la Santísima Virgen seguía triste): yo misma estaré con vosotras, siempre he velado por vosotras. os concederé muchas gracias… Llegará un momento de gran peligro, cuando se dará todo por perdido; estaré entonces con vosotras, tened confianza, reconoceréis mi visita y la protección de Dios y de San Vicente sobre ambas Comunidades.

Mas no será lo mismo con otras Comunidades, habrá víctimas (la Santísima Virgen tenía lágrimas en los ojos al decir esto), en el clero de París habrá muchas víctimas, monseñor el Arzobispo morirá. Hija mía, la cruz será despreciada, la sangre correrá por las calles (aquí la Santísima Virgen ya no podía hablar, la tristeza llenaba su rostro). Hija mía, me dijo, todo el mundo estará sumido en tristeza.

Yo pensaba cuándo será esto: 40 años, y 10 años después de la paz.

Un día le dije al P. Aladel: La Santísima Virgen quiere que usted comience una Asociación de la que será fundador y director. Una Asociación de Jóvenes de María: la Santísima Virgen le concederá muchas gracias y se le otorgarán indulgencias. El mes de María se celebrará con gran solemnidad en todas partes. El mes de San José también se celebrará con mucha devoción, será grande la protección de San José. También habrá mucha protección y devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Autor: Andrés Felipe Rojas Saavedra, CM
Fuente: https://www.corazondepaul.org/

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