Jesús, más que nadie, es prójimo de nosotros.  Practicando la misericordia con los necesitados, logramos hacer lo mismo que él.

Un maestro de la ley pone a prueba a Jesús, y Jesús, volviendo las tornas, le pone a prueba al maestro.  Pasa éste, sin embargo, la prueba.  Pero quizás para no salir malparado de la discusión, pregunta él:  «¿Y quién es mi prójimo?».

Pregunta el maestro si prójimo se refiere solo a otro judío o también a un forastero.  ¿Se ha de amar solo al observante de la ley o incluso al publicano colaborador de los romanos?  Así que quiere saber el maestro a quién amar o no.

Y una vez más, vuelve Jesús las tornas.  Pregunta:  «¿Cuál de estos tres … ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».  Así pues, da a entender que en lugar de preguntar:  «¿Quién es mi prójimo», se debe preguntar:  «¿Soy yo vecino de los demás?».

La carga de la prueba no recae, entonces, en los demás.  Ni en los desconocidos que se presentan indefensos, desventurados, cerca de nosotros.  No les corresponde demostrar que son dignos de nuestro amor.  A nosotros más bien nos incumbe portarnos como prójimos de ellos.

El seguidor de Jesús es prójimo de los demás.

Los verdaderos cristianos siguen a Jesús, el mejor prójimo.  Para estar cerca, él se hace en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado.  Hecho carne, habita entre nosotros.  Él es Dios-con-nosotros y, por eso, podemos ver al Dios invisible y acercarnos a él.  Es el prójimo que antepone el bienestar de los demás a su propia vida.

Por tanto, uno no puede ser fiel a Jesús sin ser prójimo de los demás, especialmente de los evitados por la gente.  Los seguidores de Jesús no aman solo a sus semejantes y a los que los aman.  Han de amar también a sus enemigos.  Pues deben ser compasivos como su Padre.  Así se hacen hijos del Altísimo que es bueno con los justos e injustos.

Excluir a algunos de nuestro amor quiere decir no comprender el amor.  El amor es una orientación, es uno.  No podemos orientarnos a la vez hacia el norte y el sur, hacia el este y el oeste.  No podemos amar tampoco a Dios sin amar al prójimo, a los justos sin amar a los injustos, a los documentados sin amar a los indocumentados.

Hacer distinciones en cuanto a quién amar o no amar significa hurgar.  Y esto solo resulta en que el amor se parezca demasiado lejano, inaccesible, insondable, inalcanzable.  Debido a esto además, corremos el riesgo de no ser de la gente sencilla a la que revela Dios sus misterios.  Tenemos que conservar la verdadera religión (SV.ES XI:120).

Señor Jesús, haz que los que participamos de tu Cena esperemos tu gloriosa venida, para que nos lo pagues lo que gastemos  por portarnos como prójimos de tus más pequeños hermanos y hermanas.

14 Julio 2019
15º Domingo de T.O. (C)
Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37


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