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Fe en Dios y confianza en el ser humano

por | Jun 29, 2019 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Hacia 1621, santa Luisa de Marillac pasó una noche mística, una especie de túnel de la fe. A la entrada del túnel, la señorita Le Gras se presenta con las creencias de una cristiana corriente que quiere encontrar a Dios. En medio del túnel se la ve compartiendo las dudas de fe y los miedos espirituales que puede sentir toda mujer que se adentra en Dios sin dejar de ser humana. A la salida del túnel se da cuenta de que el Espíritu de Jesús se había apoderado de ella mientras caminaba. Y más tarde comprendió que había salido de la oscuridad del túnel porque Dios la destinaba a servir a los pobres. Comprendió que la fe en Jesús lleva a amar su humanidad y a servirla en los pobres. Y la señorita Le Gras se sintió obligada a entregarse a los pobres de forma radical.

Actitud ante la Fe

Catalogamos nuestras creencias como algo intelectual que acoge la doctrina de la Iglesia y la manifestamos por las prácticas religiosas. Pero santa Luisa, siguiendo a los capuchinos, hijos de san Francisco de Asís, pone la fe como fruto del amor que nace en la voluntad. Fe es la actitud confiada que tomamos ante la vida porque amamos a Dios y a los pobres. Porque amamos a Dios nos fiamos de él. Y si la fe es fruto del amor, para ser creyente hay que ser capaz de amar. Y el único ser creado capaz de amar es el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios por el amor. Quien tiene fe siente la debilidad de su condición humana y la necesidad de encontrar a alguien absoluto en quien creer, amar y esperar que aplaque su sed de felicidad eterna, al igual que Miguel de Unamuno que se atrevía a afirmar: «digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo esto de decir: «¡hay que vivir, hay que contentarse con la vida!» ¿Y los que no nos contentamos con ella?»[1].

Cuesta amar a Dios y creer en él a la vista de tantos pobres que cada día se multiplican sin que casi nadie haga lo posible por impedirlo. Ante tantas miserias e injusticias, a la Hija de la Caridad la fe le presenta creer en Jesús, no como un Dios que tiene solución a los problemas, sino como un hombre que nos enseña el amor hasta morir y le dice a una Hermana que su vida tiene sentido, porque él la ama y la llena de amor para que instaure entre los pobres el Reino de los Cielos a base de justicia, amor y paz.

La fe es creer un conjunto de verdades que se encarnan en una vida de amor y queremos que esas verdades pasen a formar parte de nuestra vida porque amamos a Dios y a los pobres. Cuando san Vicente y santa Luisa aceptaron dedicarse a los pobres, la fe les iluminó que el destino de sus vidas era afrontar los problemas de los pobres y por amor cargar con ellos. Porque aman a los pobres las Hijas de la Caridad descubren el sentido divino que tuvo la fundación de la Compañía y el sacrificio generoso de pertenecer a ella. La Compañía se presenta al mundo como un grupo de amigas que se aman y, guiadas por la fe en Jesucristo que las ha llamado, esperan poder aportar soluciones a los problemas de los pobres y buscar nuevos caminos para adaptar el carisma a los tiempos modernos, apoyadas en la experiencia de miles de Hijas de la Caridad.

Fe como adhesión personal a Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que la fe “es una adhesión personal del hombre a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y palabras” (n. 176). La fe es un don de Dios independiente de la razón pero nunca contraria a la razón. La fe ilumina la razón de la Hermana abriéndole horizontes más amplios y profundos para que pueda llegar allá donde por sí sola no puede llegar. La señorita Le Gras se puso bajo la dirección de san Vicente, porque al iniciar el camino no sabía hacia dónde dirigirse. Tan solo sabía que iba empujada por el amor y estaba dispuesta a dar su asentimiento al Dios que amaba y se le había manifestado en aquella noche dura en la que le presentó sus planes. Por su capacidad de amar a Dios, se somete libremente a su beneplácito para hacer en cada momento su voluntad inspirada por el Espíritu Santo.

Ella no lo comprendió en un principio, pero la fe la convenció que debía dejarse guiar por su director Vicente como una mediación sobrenatural. Su amor era tan fuerte que prefería caminar hacia lo desconocido por agradar al Dios que amaba su alma que permanecer en la comodidad que amaba su cuerpo. Salió de las tinieblas de la noche como un emigrante que deja su tierra sin saber qué rumbo tomar. Dejó de lado los ideales de nobleza, los gustos propios de una burguesa y los criterios de una mujer inteligente, y se abandonó a los planes de Dios por la fe, cortando las amarras y avanzando con audacia más lejos, más alto, a pesar de los obstáculos que se presentasen. Fue el fruto de amar a Dios sobre todas las cosas y a los pobres como a ella misma. Solo años después descubrió que el plan divino era fundar una Compañía de mujeres que se entregarían a Dios para servirle en los pobres.

Si santa Luisa fue audaz a pesar de las dificultades fue porque la fe colma de esperanza a quien ama para que no ceje en el empeño de alcanzar lo que ama, aunque sea difícil para unas mujeres frágiles, como escribía santa Luisa al primo de su difunto marido, dos años después de salir de la Noche: “Tengo grandes motivos para desconfiar de mí en la perseverancia en este santo deseo, a causa de los continuos impedimentos que se oponen a los designios que Dios tiene sobre mí” (c. 2). La entereza en seguir a Jesús para siempre y sin condiciones, sólo puede realizarse por amor. Fiarse de Dios y confiar en la vocación, aunque desconozcamos cómo serán los resultados de nuestro esfuerzo, es lo que entendieron Luisa de Marillac y las mujeres que durante siglos la han seguido, conducidas por el Espíritu Santo que es amor. Y si la vocación nace del amor, el carisma personal de las Hijas de la Caridad, puede considerarse un fruto del amor al pobre, del que la examinarán al atardecer de la vida.

Tener fe en Dios y confianza en el ser humano

La fe en Dios y la confianza en los hombres dan a los creyentes seguridad para vivir en la sociedad actual, pero precisamente hoy experimentamos con mayor brutalidad la inseguridad de todo lo que poseemos sin excluir la vida. Un accidente de trabajo o de coche, un infarto, las enfermedades y la contaminación recuerdan la inseguridad de la vida. Y a las Hijas de la Caridad las pueden desanimar además la escasez de vocaciones y la edad avanzada de muchas Hermanas.

Para estar seguros los gobiernos han montado refinados programas de vigilancia. Se vigilan el crecimiento de la población, los índices de productividad, el alza de precios, el grado de contaminación, los fraudes en los productos. Y en la Compañía se analiza la pastoral juvenil, el número y calidad de las vocaciones, se potencian las organizaciones en favor de los pobres y los mecanismos que les aseguren un futuro digno, pero ¿confiamos en Dios?

Y sin negar que los medios humanos sean eficaces y necesarios, tanto afán de seguridad está llevando a la Compañía a olvidar que su vocación y su ministerio es un carisma concedido por el Espíritu Santo. Cada día es más profunda la división en la Hija de la Caridad; por un lado, la ilusión y la confianza en Dios, y por otro, el desasosiego y el temor que la lleva a depositar una confianza exagerada en los hombres importantes que pueden influir en muchas decisiones. Humanamente parece que ya estamos seguros, pero a costa de la fe y de la esperanza en Dios. Hemos logrado que la llamada política social se interfiera en los campos de nuestro carisma. Se ha matado el amor llamado caridad. Una Compañía que se defiende del futuro, en lugar de correr a su encuentro, está en peligro de morir. Porque el presente no se puede detener. Y la única perspectiva es el futuro, que no debe acometerse con miedo sino con la ilusión y la esperanza que nos da el amor y la fe en Dios nuestro Padre.

A la Hija de la Caridad le es fácil tener fe en Dios, pues a él le ha entregado su persona y su vida. También le es fácil creer en la Compañía, pues la ha escogido libremente con vocación para servir a Jesucristo en los pobres. Sin embargo, no le es fácil creer en la sociedad actual. Contemplar millones de pobres la lleva a dudar de que haya solidaridad entre los seres humanos. Las injusticias y violencias que ve le gritan que el egoísmo ha desviado a los hombres del sentido original que les dio el Creador y no tienen en cuenta que los pobres pueden ser nobles, justos, amables, virtuosos (Flp 4,8). “La fe, como manera de poseer ya lo que se espera y un medio de conocer lo que no se ve” (Hb 11,1), las permite mantener viva la ilusión. Se necesitan hombres y mujeres de fe, porque “esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.” (1Jn 5,4). Como los apóstoles y el padre del niño, hay que pedirle a Jesús que nos aumente la fe.

La fe en Dios y la confianza en los hombres dan la esperanza que impide caer en la inercia o en la desilusión. Una persona o una comunidad que pierde la esperanza se hunde en el conformismo sin ilusión para trabajar por un futuro mejor. “La esperanza es lo último que se pierde” es una frase bastante común, y sin embargo, agobiada por la crisis económica y de valores humanos, parece que la gente está perdiendo la esperanza. Y si esto les sucede a las personas de bien ¿qué les pasará a los pobres?, se dolía san Vicente, y también nosotros en esta sociedad que no admite la otra vida, que piensa que no necesita nada de Dios y que hasta niega su existencia (1 Pe 3,15).

Los pobres, si sienten la solidaridad, se llenan de esperanza al ver que no están solos. La Hija de la Caridad añade la caridad. Para ella la justicia no es la medida plena de la solidaridad, sino una exigencia mínima. Ella es solidaria con el necesitado no porque sea de justicia, sino porque lo ama, como aquella Hija de la Caridad que se encaró a unos ricos que se libraban de los impuestos cargándoselos a los pobres. Y santa Luisa protestaba a su primo el conde de Maure que “las cargas vienen sobre los que tienen menos medios para aguantarlas” (c. 311). Ella proponía que cada Hermana apor­tase a la comunidad según su capacidad y recibiese según sus necesidades (c. 145). La solidaridad con los colaboradores seglares crea la esperanza de trabajar como un equipo y entre las Hermanas la de vivir unidas y servir a los pobres sin que ninguna diga esto me toca a mí y esto, no (c. 204). Los hombres nos necesitamos, y si no nos compadecemos de los hambrientos de otros países o de los parados de nuestro lado, matamos su esperanza.

Los cinco componentes de la esperanza

San Vicente decía a las Hermanas que la confianza y la esperanza eran distintas. La esperanza es una virtud teologal por la que esperamos que Dios nos dé las gracias necesarias para llegar a la vida eterna. Y, llena de fe, cree sin vacilar que Dios nos dará la felicidad eterna (IX, 1049). Para poder dar razón de nuestra esperanza hay que analizar sus cinco componentes. Uno, anhelar de forma activa que venga el Reino de Dios, y las Hijas de la Caridad lo demuestran al empeñar su vida por un futuro mejor para los pobres, analizando si son apropiados los medios que han escogido y si hay que trabajar en solitario o unidas a otras congregaciones y a los seglares. Dos, convencerse de que es posible alcanzar la felicidad para nosotros y los pobres, porque la Compañía la fundó Dios y la anima el Espíritu Santo. Tres, usar con inteligencia los recursos que disponemos a fin de lograr para los pobres la salvación eterna y la felicidad en este mundo convertido en el Reino de Dios. Recursos personales, como carácter, inteligencia, fuerzas emocionales, y recursos ajenos, como comunidad, familia, amistades, compañeros de trabajo y los pobres. Pero sobre todo, requiere las gracias del Espíritu Santo, sabiendo que Dios quiere nuestra salvación y la de los pobres y que para alcanzarla ha fundado la Compañía, le ha dado el Espíritu de su Hijo y un carisma que considera a los pobres sus miembros dolientes. Cuatro, analizar el plan que trazan para implantar el Reino de Dios, dentro del plan universal diseñado por el Creador desde la eternidad, como lo repite continuamente santa Luisa de Marillac[2]. Dios quiere que las Hijas de la Caridad se le unan en el trabajo de restaurar su imagen en los pobres abandonados. Y cinco, ejecutar el plan de hacer de este mundo un Reino de los cielos pide una esperanza continua, concreta y operativa que anime en el empeño. Habrá dificultades, pero, desde una actitud de esperanza se puede modificar los planes y seguir adelante sin rendirse a pesar de la  publicidad que intenta convencer de que la situación de hoy es parte del destino de la vida y el hombre nada puede hacer porque todo seguirá igual. La fe y la esperanza dan fuerza para rechazar las falsas propagandas y crear una nueva humanidad en este planeta donde se conviva en justicia, en amor y en paz. “Tened ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca nuestra liberación (Lc 21, 28).

P. Benito Martínez, C.M.

Notas:

[1]Miguel de Unamuno, Epistolario Americano (1890-1936), Universidad de Salamanca, 1996, p. 141.

[2] c. 50, 106, 115, 707…; E 7, 9, 24, 37, 78, 98…

 

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