Jesús toma la decisión de consumar su misión.  Seguirle decididamente hasta el final es lo que significa ser cristiano.

No resulta fácil seguir a Jesús.  Como él ya nos ha advertido, seguirle supone la abnegación y la carga diaria de la cruz.

Pero tales dificultades no han de sorprendernos.  Pues seguir a Jesús es ir en pos del que se dirige decidadmente a Jerusalén para morir allí.  Sí, según su predicción, le esperan allí el rechazo, muchos padecimientos y una muerte cruel.  ¿No basta esto solo para llegar a la conclusión de que nadie puede seguir al Siervo Sufriente sin pasar por muchas dificultades?

Y no es necesario que la dificultad sea tan dura como la entrega de la vida.  Puede tomar la forma de un rechazo al que da paso el racismo o el etnocentrismo.  Pero se espera de los empeñados a seguir a Jesús que hagan todo lo posible para renunciar a la violencia.  No se les permite hacerse ellos mismos racistas ni egocéntricos.

Esa renuncia a la violencia, con motivo de seguir el camino de Jesús, les hiere el amor propio a los cristianos.  Pues, seguramente, nos molesta pensar que dejamos impunes a los que nos rechazan.  ¿Sería esto una razón por la que había santas cruzadas y se les bendecía a las guerras?

El modo de vivir de Jesús supone dificultades también para quienes le buscan seguir.  Pues lleva él una vida itinerante, recorriendo pueblos y aldeas.  Él no es como los instalados en las grandes ciudades, los cuales ocupan cátedras magistrales.  Le faltan el bienestar y la seguridad de los así establecidos.  E indudablemente, no se somete él a yugos del clericalismo.

Lo que más le importa a Jesús ha de importarles también a los que le procuran seguir.

Desde luego, lo que más le importa a Jesús es anunciar a los pobres la Buena Nueva del reino de Dios.  Esto lo considera él como la tarea apremiante.  Demás está decir, pues, que lo mismo debe importarnos a los que somos seguidores suyos.  Nos urge promover la justicia y el amor para que no haya ningún necesitado entre nosotros.  Ni haya ningún opresor.  Es que somos todos hijos de Dios.  Y, por eso, formamos parte de una familia grande, de modo que cada uno de nosotros es guardián de todo hermano o hermana.

Y no hay nada más urgente que esto, porque donde no hay justicia y amor, hay muerte solo (véase 1 Jn 3, 14).  Cuanto antes nos deshagamos de los bueyes y arados, mejor.

No hay nada, además, que exija compromiso resuelto más que el proyecto del reino de Dios.  Pues quien mira hacia atrás se vuelve inánime (véase Gén 19, 26).  Y, sí, «el no avanzar es retroceder» (SV.ES II:107).

Señor Jesús, haces de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes. Ojalá te logremos seguir decididamente hasta el final, y así imitaremos en nuestra manera de vivir lo que celebramos en la Eucaristía.

30 Junio 2019
13º Domingo de T.O. (C)
1 Re 19, 16b. 19-21; Gál 5, 1. 13-18; Lc 9, 51-62


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