Como cualquier persona, el vicentino tiene virtudes y defectos. Los consocios ingresan en la Sociedad de San Vicente de Paúl precisamente para ser personas mejores, menos pecadoras y más felices, además de para practicar la caridad con el prójimo. No conozco a nadie que no haya entrado en la Sociedad de San Vicente de Paúl sin este objetivo. Pero algunos vicentinos no cambian nunca, y parece que el pertenecer a la organización no les ha traído ninguna mejora personal.

Es bastante común encontrar a vicentinos que no aceptan las decisiones de la mayoría, especialmente las emanadas por los Consejos. Son vicentinos «duros de corazón», poco dados al diálogo, intolerantes y malhumorados, que demuestran muy poco o ningún espíritu caritativo o fraterno. Estos consocios no consiguen desprenderse de sus propios pareceres y necesitan de apoyo espiritual urgente.

Otros son reacios ante las iniciativas ofrecidas por los Consejos, por ejemplo Horas Santas, cursos de formación, o actividades sociales (como bingos benéficos o rifas). Nunca participan en nada; no se les ve en las fiestas reglamentarias; se contentan con el binomio reunión/visita, tildando cualquier otra cosa de innecesaria o sin importancia. Estos vicentinos también necesitan acompañamiento espiritual.

Hay también otro grupo de vicentinos que ni siquiera están ahí para las obras asistenciales, menospreciando el relevante papel que estos proyectos sociales desarrollan en la comunidad. Son iniciativas inteligentes y exitosas de las Conferencias, y deberían tener el apoyo de todos: no solo apoyo institucional, sino también financiero. Si cada miembro activo donara 5 ó 10 euros mensuales para esas obras en su región, nunca habría problemas económicos. Quien no ayuda a las obras vicentinas necesita apoyo espiritual.

Existen también esos vicentinos que, a pesar de haber ingresado en la Sociedad de San Vicente de Paúl, es como si no formasen parte de ella. Entre sus actitudes destacan: faltar a las reuniones sin dar cuenta a los demás, no comprender la existencia de las donaciones, no colaborar en las colectas, no dejar que se renueven las familias socorridas de la Conferencia, entre tantas otras actitudes negativas. Y yo me pregunto: ¿qué hacen estas personas en la Sociedad de San Vicente de Paúl?

No podía terminar esa crónica sin hablar de la parte —pequeña, gracias a Dios— de dirigentes que se envanecen por sus mandatos y por sus «logros», actuando de forma poco vicentina. No pueden ver que los méritos de una gestión son del grupo (la Conferencia o el Consejo) y no solo de sus esfuerzos personales. Este tipo de persona necesita asistencia espiritual con urgencia, pues no ha entendido lo que es ser vicentino. Por no hablar de aquellos que ingresan en la Sociedad de San Vicente de Paúl con finalidades político-partidarias…

Afortunadamente, contamos con un gran número de vicentinos vocacionados, listos para ayudar a los pobres en su difícil camino por la diaria supervivencia, envueltos con el espíritu de solidaridad y preocupados por las desigualdades sociales. Estos vicentinos son «mansos y humildes de corazón»[1], dóciles, amigos, colegas de verdad. A ese grupo de consocios y amigos deseo que Dios les llene de bendiciones y les fortalezca en el camino de la vida. Para los demás, cuyo perfil he descrito en esta crónica, sugiero un acompañamiento espiritual urgente, para que puedan superar sus debilidades y cuanto antes buscar su santificación personal.

[1] Cf. Mt 11, 29.

Renato Lima de Oliveira
16º Presidente General de la Sociedad de San Vicente de Paúl

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