Una Hija de la Caridad ecuatoriana me ha invitado a que escriba algo sobre la llegada de las Hijas de la Caridad y los PP. Paúles al Ecuador, el año que viene hará 150 años. No pongo el nombre de la Hermana, porque mi computadora ya tiene años y me ha borrado su nombre. Voy a intentar exponer mis sentimientos, aunque sean sobre teorías más que sobre realidades, ya que ignoro en gran manera la gran aventura de las Hermanas y Padres que en 1870 atravesaron el Atlántico para llegar al continente americano y pasar al Ecuador, el punto más alto de la circunferencia terrestre.

San Vicente parece que ya soñó algo con América, pues en 1652 escribía a la Superiora de las religiosas de la Misericordia del Hospital de Quebec: “Es verdad que los que me han hecho el honor de hablarle del cariño que tengo a las misiones del Canadá han tenido motivo para creerlo así; en efecto, miro esa obra como una de las más grandes que se han llevado a cabo desde hace mil quinientos años” (IV, 349). Y poco después escribía al P. Lamberto aux Couteaux: “El proyecto de América no ha resultado por lo que a nosotros se refiere. No es que no se haga el embarco, sino que el que nos había pedido sacerdotes no ha vuelto a hablarnos de ello, quizá por la dificultad que yo mismo puse al principio de no poder dárselos si no era con la aprobación y las facultades de la Sagrada Congregación de Propaganda; en eso no había pensado él, y me pareció que los sacerdotes que llevan allá, marchan sin ello. Yo creo que es conveniente… enviar nuestros sacerdotes para la conversión de los infieles, pero esto hay que  entenderlo cuando tienen una misión legítima” (IV, 355).

Por mi parte, en el extranjero únicamente he trabajado en Italia y en Francia con emigrantes de habla española. A pesar de ello, el título de todos los programas sobre la “Llegada de las Hijas de la Caridad y de la Congregación de la Misión al Ecuador. 150 años”, me anima para tratar un tema que puede interesar, la relación entre las dos Congregaciones, partiendo de la realidad indiscutible de que ambas congregaciones son totalmente independientes una de otra. Sin embargo, es una realidad que al Ecuador llegaron al mismo tiempo, llamados por el Presidente Gabriel García Moreno en 1870. Por su parte, los estudiosos y los dirigentes civiles las consideran muy unidas al tener el mismo fundador, los mismos fines, el mismo carisma, el mismo espíritu y hasta el mismo Superior General. El Superior General de la Congregación de la Misión lo es también de la Compañía de las Hijas de la Caridad, debido a la situación social de las mujeres a través de la historia, considerada inferior a la del hombre. Así la consideraban san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac (VIII, 220, 227; XI, 392s; Reglas Comunes de la C. M., cp. XI, 11.), porque eran mujeres y porque no eran sacerdotes, mientras que los misioneros eran hombres y sacerdotes.

El primer motivo pudo valer para una época en que la mujer casi no tenía personalidad jurídica, social y eclesial que se la daba el padre, el marido, el hermano o el tutor. Los misioneros paúles prestaban su personalidad a las Hijas de la Caridad. Pero en la sociedad moderna de igualdad total en los derechos jurídicos y sociales, esta mentalidad no tiene sentido. El segundo motivo aún puede tener realidad, con tal que se considere a la Congregación y a la Compañía como instituciones totalmente independientes. Y puede tener realidad, porque el sacramento del Orden capacita para celebrar los sacramentos de la eucaristía, la reconciliación y la unción de los enfermos, y porque los estudios y formación sacerdotales van orientados a dirigir o acompañar espiritualmente a otras personas. Ciertamente los estudios y la formación pueden adquirirlos también las Hijas de la Caridad y estar capacitadas para formar y acompañar a otras Hermanas, pero las Hijas de la Caridad se forman primordialmente para un servicio material, espiritual y directo a los pobres, mientras que el misionero paúl se forma, sobre todo, para un servicio espiritual. Las Hijas de la Caridad y los Paúles acababan de instalarse en las casas que les había preparado el Presidente García Moreno, cuando una mano desconocida depositó una niñita no a la puerta de los Paúles, sino a la entrada de las Hermanas que vieron en ello una señal de la Divina Providencia, y así se inició un Hogar Infantil, para el que fue preciso obtener autorización. García Moreno la concedió inmediatamente.

En el siglo XIX el gobierno español dio varios decretos suprimiendo las congregaciones religiosas, exceptuando a las Hijas de la Caridad por su labor humanitaria y a los PP. Paúles para que las atendieran espiritualmente. Y en la actualidad muchos misioneros, también en Ecuador, tienen algún ministerio con las Hijas de la Caridad como confesores, capellanes, directores de Ejercicios y Retiros, o ayudando a su formación, especialmente en Quito, siguiendo lo que dice el n. 17 de las Constituciones de la Congregación de la Misión: “Dado que la Congregación de la Misión goza de la misma herencia que las Hijas de la Caridad, los misioneros se prestarán gustosos a ayudarlas cuando lo pidan, especialmente en lo que concierne a ejercicios y dirección espiritual. También colaborarán siempre con ellas fraternalmente en las obras emprendidas de mutuo acuerdo”. Ecuador pide esta unión especialmente en las obras sociales.

Teniéndolo en cuenta, los misioneros no sólo se prestan gustosos a ayudarlas cuando lo pidan, especialmente en lo que concierne a ejercicios y dirección espiritual, sino que se ofrecen para este ministerio. No hay en Ecuador comunidad de paúles que se niegue a ser capellanes, confesores, acompañantes espirituales de las Hermanas o ir a confesarlas en las tandas de Ejercicios y en los Retiros. Y esto tiene una delicada importancia en estos años en que van escaseando los sacerdotes: asegurar la dirección espiritual, la eucaristía diaria y la confesión cuando lo pidan.

Es cierto que la edad media de los Padres de la Provincia Ecuatoriana es envidiable, 51 años, pero es una alegría para los misioneros, si las leyes les obligan a jubilarse, poder ejercer su sacerdocio y el ministerio con la Compañía. Al mismo tiempo es un aliciente para la formación permanente en ciencias humanas y teológicas, en espiritualidad y en vicencianismo. Porque las Hijas de la Caridad cada día están mejor preparadas y nos empujan a prepararnos también nosotros. La tradición vicenciana nos ha traído muy unidos hasta el presente a lo largo de la historia, y, por ello, favorece los cauces de preparación a los misioneros.

Algunos Padres ayudan a la formación de las postulantes e Hijas de la Caridad, sabiendo, con todo, que la responsable primera es la Visitadora que delega en la Consejera de Formación, y a quienes ayuda el Director Provincial. Los misioneros tienen en cuenta que son ellas las que establecen las pautas, los objetivos y las líneas de acción tanto de su formación como de su espiritualidad, y que los plasman en el Proyecto Provincial, en el Programa de Formación inicial y permanente, Cursillos, Ejercicios o Retiros. Pueden aceptarlos o rechazarlos, pero nunca cambiarlos sin el consentimiento de la Visitadora o el Director Provincial, compañero y miembro de Congregación.

La ayuda espiritual a cada Hermana en particular es personal y, en el día de hoy, pienso que la inmensa mayoría de nosotros estamos preparados humana, espiritual y vicencianamente para acompañar a las Hijas de la Caridad. Por ello, no lo rechazamos, sino que lo aceptamos con agrado y acaso sea una de nuestras acciones sacerdotales que ofrecemos más frecuentemente y con mayor acierto, pues desde el seminario hemos ido preparándonos para ese ministerio. No en vano tenemos el mismo carisma, la misma estructura institucional y los mismos fines.                                    

P. Benito Martínez, C.M.

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