Da a conocer Jesús que Dios, a quien nadie ha visto nunca, es amor.  Quienes no aman, pues, no conocen a Dios, ni menos, el misterio de la Santísima Trinidad.

Indudablemente, Jesús es la última palabra de Dios dirigida a los hombres.  Él es el misterio de Dios y en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Col 2, 2-3).

Lamentablemente, sin embargo, no nos resulta fácil comprender la enseñanza de Jesús dispuestos que estemos a acogerle.  Y no logramos abarcar, ni para lo que nos pasa ahora ni para lo que nos está por venir, lo ancha, larga, alta y profunda que es su palabra.

Y además de ser necios y torpes para creer, también nos olvidamos fácilmente.  Parece que a veces no podemos cargar tampoco con la palabra de Jesús ni con su manera de vida.  Y, por tanto, las vamos eludiendo e incluso distorsionando (J.L. McKenzie).

Queda claro, pues, que tenemos necesidad del Espíritu de la verdad que nos guíe hasta la verdad plena y nos acompañe en el camino hacia la vida eterna.  Le necesitamos para que nos abra los ojos para percibir el misterio entre nosotros, que es Cristo en nosotros (Col 1, 27).  Sí, a plena vista se encuentra el misterio; cerca de nosotros está la palabra, en nuestra boca y en nuestro corazón.  Solo necesitamos que el Espíritu Santo lleve a cabo nuestra justificación y nuestra salvación.  Pues solo por el Espíritu podemos confesar que Jesús es Señor y creer que Dios le resucitó.

Captar el misterio, o dejarnos captar por él, supone el amor.

«A Dios nadie lo ha visto jamás:  Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18).  Y enviado al mundo para que vivamos por medio de él, Jesús manifiesta el amor de Dios (Jn 3, 16; 1 Jn 4, 9).  Una vez más, «a Dios nadie le ha visto nunca.  Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros …» (1 Jn 4, 13).

Así que amándonos unos a otros, los hombres conseguimos conocer a Dios que es amor.  El amor mutuo nos da también una visión de la Santísima Trinidad como misterio de amor.  Por lo tanto, podemos de manera concreta configurarnos, y conformar nuestra manera de vida, a la Santísima Trinidad, la comunidad perfecta.

Señor Jesús, concédenos a los que creemos en ti tener un solo corazón y una sola alma.  Haz que seamos fieles a tu enseñanza y a tu manera de vida, y a la fracción del pan, misterio de tu amor inventivo (SV.ES XI:65).  Así no habrá ningún necesitado entre nosotros y nadie tendrá la pasión de ser el maestro (SV.ES XI:238).  Considerando siempre superiores a los demás (Fil 2, 3), ojalá no se nos ocurra jamás pensar que somos consagrados para ser servidos, sino para servir.

16 Junio 2019
Santísima Trinidad (C)
Prov 8, 22-31; Rom 5, 1-5; Jn 16, 12-15


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