Se dice que el Antiguo Testamento es la época del Padre y, desde el Nacimiento de Jesús, estamos viviendo la del Hijo y la del Espíritu Santo. Santa Luisa de Marillac había empezado su vida espiritual de acuerdo con las enseñanzas espirituales de la llamada Escuela abstracta o Nórdica del desprendimiento absoluto de todo lo que se posee hasta del ser y de contemplar a Jesús con los sentidos. Pero san Vicente de Paúl consideró esta espiritualidad descarnada para las Hijas de la Caridad. Guiada por san Vicente, santa Luisa pasó a la espiritualidad más sencilla del vicencianismo. Pero en los siete últimos años de su vida vive una espiritualidad propia, luisiana, centrada en el Espíritu Santo. Sor Geoffre, la Hija de la Caridad que recopiló, transcribió y ordenó sus escritos la tituló, “Pureza de amor necesaria para recibir al Espíritu Santo”. Por eso, he preferido dejar que sea Luisa de Marillac quien explique su vida espiritual:

 “Las almas verdaderamente pobres y deseosas de servir a Dios deben tener gran confianza en que al venir a ellas el Espíritu Santo y no encontrar resistencia alguna, las dispondrá convenientemente para cumplir la santísima voluntad de Dios, que debe ser su único deseo. Y para llegar a ese estado de no-resistencia, es preciso estar, como los apóstoles, en la obediencia, en una confesión verdadera de impotencia y desprendido por completo de toda criatura y de Dios mismo en cuanto a los sentidos, puesto que el mismo Hijo de Dios, que fue quien preparó a los Apóstoles para recibir al Espíritu Santo, los colocó en ese estado, privándolos de su santa y divina presencia en su Ascensión. Y sin duda alguna, al bajar el Espíritu Santo a las almas así dispuestas, el ardor de su amor consumirá todos los obstáculos a las operaciones divinas, establecerá en ellas las leyes de la santa Caridad y les dará fortaleza para obrar por encima del poder humano, con tal de que permanezcan en la total desnudez que se ha dicho.

El amor que debemos llevar a Dios ha de ser tan puro que no pretendamos, en la recepción de sus gracias más especiales, nada más que la gloria de su Hijo, como este mismo nos lo enseña en la persona de los Apóstoles a quienes, al prometerles el Espíritu Santo, les aseguró que por él sería glorificado.

Esto es todo lo que ha de pretender el alma que ama a Dios, y la mayor dicha que puede obtener es la de cooperar a dar testimonio de la gloria de Aquel, cuya ignominiosa muerte llenó de asombro al mundo. Si como Dios no mereciera ya la pureza de ese amor y ser el único objeto de todos nuestros afectos, habría al menos que rendir a su humanidad santa el deber de la gratitud a la fuerza de su amor.

Bienaventuradas, pues, las almas que ayudan a los demás a rendirle estos deberes y bienaventuradas aquellas, a las que la impotencia las determina a no obrar de otra manera en este asunto y emplean su amor en hacer que el de su Maestro sea el dueño absoluto de su corazón” (E 87).

Es una espiritualidad sublime y dura, difícil de alcanzar, pero sincera, de una persona que sacrificó todo lo que poseía y su vida en favor de los pobres. Es modelo y ejemplo no solo para las Hijas de la Caridad y los padres Paúles, sino también para los vicentinos y para todos los que se dedican al servicio corporal y espiritual de los pobres.

Tres años antes de morir santa Luisa hizo unos ejercicios sobre este tema y concluyó:

“Una de las mayores pérdidas que pueden sobrevenir a las almas que no participan en la venida del Espíritu Santo es que los dones infusos en el Bautismo no tienen su efecto; lo que nos hace comprender la verdad de una advertencia de Nuestro Señor a las almas cobardes y perezosas, de que no sólo no habrán conseguido nada, sino que lo poco que tienen les será quitado. Es verdaderamente colocarnos por nuestra miseria en la impotencia de que ni siquiera la gracia haga nada en nosotras. ¡Oh! ¡Cuántas veces me he encontrado en tal estado! apartándome así del orden de los designios de Dios que son grandes sobre las almas a las que envía su Espíritu Santo. Esto me ha hecho ver que todos los desórdenes de la vida vienen por falta de darse a Dios para recibir al Espíritu Santo; y faltando sus dones, se aprecia una sorprendente diferencia en el obrar entre las personas que están animadas por ellos y las que no lo están, cuyo obrar es terreno y fuera de razón, como tantas veces por mi miseria lo he experimentado con los desórdenes de mis sentidos y pasiones.

Lo primero que me ha venido al pensamiento es que Nuestro Señor advierte a sus Apóstoles que tiene que dejarlos para ir al Padre y enviarles al Espíritu Santo. Esto me ha enseñado el desprendimiento general de todas las creaturas y aun el de la ternura de su presencia, para que viéndose libre mi alma de los impedimentos que podrían ser un obstáculo, Él la llene, con su presencia, de sus dones que la sacarán de sus debilidades por la fuerza de su Amor y la harán obrar por su virtud.

No es, pues, bastante que me enseñes, oh Salvador mío, los medios para prepararme a la venida del Espíritu Santo, sino que hace falta que tú, alma mía, trabajes de verdad para vaciarte de todos los impedimentos, y actúes, o mejor dicho dejes actuar plenamente a la gracia que el Espíritu Santo quiere derramar en todas las potencias de nuestro ser; y esto no podrá ocurrir sino mediante la destrucción de mis malos hábitos que cuando llega el caso se oponen a ello. ¡Quita mi ceguera, Luz eterna! da sencillez a mi alma, ¡Unidad perfecta, humilla mi corazón para asentar el fundamento de tus gracias! y que la capacidad de amar que has puesto en mi alma no se detenga ya nunca más en el desarreglo de mi propia suficiencia que no es, en efecto, más que un obstáculo y un impedimento al puro Amor que he de recibir con la efusión del Espíritu Santo. Confusión para mí a causa de mis engaños que tantas veces me han atado a falsedades, apartándome de la Verdad eterna ¡Consume todo esto, fuego del Amor divino, aunque yo no merezca tal gracia!

El primer medio para participar en la venida del Espíritu Santo me ha parecido es la estima en que debemos tenerla tanto por su grandeza como por el bien y la gloria eterna que de ella recibiremos. ¿Hay acaso algo más excelente, en el cielo y en la tierra, que este tesoro? ¿Cómo vivir fuera de razón después de haberse entregado totalmente para prepararse a este bien infinito? ¿No debería yo desear morir, ¡oh Dios mío! tan pronto como lo hubiera recibido? Vivir tanto como tú quieras, pero dé tu vida que es toda de Amor. ¿Por qué no podré, ya desde este mundo derramarme en el océano de tu Ser divino? Al menos, si soy tan dichosa que llego a recibir el Espíritu Santo, ¡cuánto tengo que desearlo, y con todo mi corazón! Ya no más vida que para seguir este camino; no más satisfacciones que la de amar y querer tu divino beneplácito.

Aún ves en mí algunas flaquezas en la afición a las creaturas; consúmelas, fuego ardiente del divino Amor, y por el efecto de tu gracia, debilita mis pasiones y el uso de mis sentidos, para que siendo ya impotente, te tribute el honor que mi voluntad no ha sabido exigir a sus desmanes y que hubiera debido tributarte siempre. Rechazo con todo mi corazón los excesos de mi animalidad a los que renuncio para siempre por más solicitaciones que me dirijan el mundo, la carne y el demonio, por lo menos si tengo la dicha de que tu bondad se digne venir a mí y restablezca las gracias que me concedió en el santo bautismo. Padre Eterno te pido esta misericordia por el designio que tuviste desde la eternidad de realizar la Encarnación de tu Hijo, y tú, Salvador mío, concédeme esta gracia por los méritos de la Santísima Virgen y el amor que le tienes. ¡Oh Divino Espíritu! opera tal maravilla en este sujeto tan indigno por la unión amorosa que desde toda la eternidad tienes con el Padre y el Hijo.

Considerando lo que la Persona del Espíritu Santo es en la esencia divina, he visto la perfecta unión de los Tres en la unidad y recordando la gloria que la Santa Iglesia les tributa siempre al fin de los salmos, mi espíritu se ha detenido en esta verdad: que la Divinidad no podía ser honrada debidamente más que por su misma gloria, en toda la eternidad, y he visto que uno de los efectos del Espíritu Santo en Dios es el de la unión, y recordando el designio de Dios en la creación del hombre a su imagen y semejanza, he considerado en dicho hombre sus tres excelentes facultades, de las que las dos primeras están orientadas a la tercera que es la voluntad; y por esta semejanza me ha parecido que cada una de las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad operaba en cada una de esas facultades, y que el Espíritu Santo por su poder unitivo confería a la voluntad la facilidad para unir perfectamente, de suerte que no exista en el alma ningún desarreglo, y la mantendría en la excelencia de su primitivo estado en la creación, participando en esa primera gloria que honra la gloria eterna de Dios, después de la abundante redención ofrecida por el pecado. Y mi espíritu ha recordado el pensamiento que había tenido de que el designio de la Santísima Trinidad era desde la creación del hombre que el Verbo se encarnase, para hacerle llegar a la excelencia del ser que Dios quería darle por la unión eterna que quería tuviese con él, como la más admirable de sus operaciones exteriores.

Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento, con gran atractivo por la Humanidad santa de Nuestro Señor y el deseo de honrarla e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres y de todos mis prójimos, ya que en alguna lectura he aprendido que nos había enseñado la caridad para suplir la impotencia en que estamos de rendir ningún servicio a su persona, y esto ha penetrado en mi corazón de manera especial y muy íntima.

El amor fuerte y tierno de Nuestro Señor se mostró cuando anunciaba a los Apóstoles el consuelo que la venida del Espíritu Santo iba a darles, y se lo manifestó de dos formas: una, diciéndoles que el Espíritu Santo les daría testimonio de él. Pero, Salvador mío, ¿no les habías ya dado tú mismo bastante testimonio con tus palabras y acciones durante tu vida humana y después de tu resurrección? ¿Qué más había de darles esa venida del Espíritu Consolador que el Padre enviaría por ti? ¡Oh secreto profundo e inescrutable! ¡Trinidad perfecta en poder, sabiduría y amor!, acababas la obra de la fundación de la Iglesia Santa a la que querías hacer Madre de todos los creyentes, y para ello la consolabas por las operaciones infinitas con las que confirmabas las verdades que el Verbo Encarnado le había enseñado; infundías en el cuerpo místico la unión de tus producciones, dándole el poder de operar maravillas para hacer penetrar en las almas el testimonio verdadero que querías diera de tu Hijo; operabas en los miembros de ese cuerpo místico santidad de vida por los méritos del Verbo Encarnado, y el Espíritu Santo en su amor unitivo se lo asociaba para que produjera los mismos efectos de su misión, dando ante los hombres el testimonio de la verdad de la divinidad y humanidad perfecta de Jesucristo, testimonio que debía servir a todos los hombres de gozo, emulación, desprendimiento efectivo de todo afecto, para que ellos pudieran formarse según sus acciones santas y divinas, lo que en nosotros produciría la resolución de vivir como creaturas racionales. Esto es, me parece, lo que Nuestro Señor quería decir a sus Apóstoles cuando les anunciaba que después de la venida del Espíritu Santo, ellos también darían testimonio de él. Y esto es lo que tienen que hacer todos los cristianos: no ya dar testimonio sobre la doctrina, cosa que incumbe sólo a los hombres apostólicos, sino con sus acciones perfectas de verdaderos cristianos. ¡Qué felices son las personas que por disposición de la divina Providencia tienen el deber de continuar en todas las prácticas más sencillas de su vida el ejercicio de la caridad!

¡Oh Espíritu Santo! sólo tú puedes hacernos comprender la grandeza de ese Misterio que parece, si se puede hablar así, manifestar la impaciencia de Dios; es más bien el anuncio de que se acerca el cumplimiento del designio de Dios sobre la naturaleza humana, para que alcance la perfección de la unión que su omnipotencia quiere realizar en ella. ¡Oh hombres cegados por bagatelas, y yo más que ninguno! Elevemos nuestro espíritu no por encima de lo que somos en los designios de Dios, porque eso es imposible, sino por encima de nuestra inclinación natural procedente de la corrupción del pecado, para que en todas nuestras acciones podamos honrar a Nuestro Señor por el testimonio que quiere demos de El haciendo las mismas acciones que El hizo en la tierra, a las que por su amor aplicará el mérito de las suyas; queriendo por este medio que todos los cristianos tengan, ya en esta vida, la unión con Dios que El nos ha merecido.

Como medio para ello, intentaré, ayudada por su gracia, arrancarme de mis perezas y servirme de una práctica que una lectura me ha enseñado: la de considerar en todas las ocasiones que se me presenten de hacer algún bien a mi prójimo, no ya solamente la recompensa que El tiene prometida como si se le hiciera a El mismo, sino que ese prójimo toma el lugar de Nuestro Señor, lo sustituye, por una invención de amor que su bondad sabe y que ha dado a entender a mi corazón, aunque yo no puedo explicarla.

Y del pensamiento que su bondad me ha inspirado precisamente cuando estaba distraída por un movimiento de vanidad creyendo que me veían hacer una buena acción: el de acostumbrarme a fijar en mi mente la creencia de que me están mirando Dios y los Ángeles (E 98).

¿Hay algo que te impide llevar verdadera vida espiritual? ¿Sientes cómo el Espíritu Santo te identifica con Jesús, para que los pobres, al ayudarlos, no vean en ti a una persona, sino a Jesús? ¿El amor que tienes a Dios es tan puro que en todo lo que haces solo buscas la gloria de su Hijo? ¿Reconoces la presencia del Espíritu Santo dentro de ti y sabes distinguir sus inspiraciones? ¿Tienes en cuenta que, guiado por el Espíritu Santo, debes ser un testimonio para los demás?

P. Benito Martínez, CM

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