Al concluir el tiempo de Pascua en Pentecostés, terminamos las lecturas de los Hechos de los Apóstoles. Durante las últimas seis semanas, estas historias han llenado cada día de la semana, así como nuestras lecturas litúrgicas de los domingos. Ha sido emocionante y alentador escuchar cómo la Iglesia primitiva comenzó a crecer después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús. El valor que comienza a apoderarse de los discípulos recibe su debida atención en las vidas de los apóstoles Pedro y Santiago, los diáconos Esteban y Felipe, y las parejas Priscila y Aquila, así como Ananías y Safira. Personajes como Bernabé, Timoteo y Juan Marcos hacen apariciones importantes. Las mujeres comienzan a asumir roles de liderazgo en la Iglesia a partir de María, la Madre de Jesús y las mujeres influyentes de las diferentes comunidades. También reconocemos el surgimiento del mayor misionero del primer siglo cristiano: Pablo de Tarso.

Por un lado, los Hechos pintan una imagen idílica de los miembros de la Iglesia primitiva y cómo se cuidaban los unos a los otros.

«La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos» (Hechos 4,32).

Por otro lado, hemos visto el primer gran desacuerdo entre los primeros seguidores de Cristo: cómo deberían los cristianos judíos dar la bienvenida a los cristianos gentiles a la plena comunión.

“Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros” (Hechos 15,1).

Esta controversia da origen al Primer Concilio de Jerusalén, y la decisión posterior de dar la bienvenida a todos los gentiles a la Iglesia en igualdad de condiciones con todos los judíos.

La energía que ilumina y da poder a este movimiento temprano de la comunidad cristiana es, como sabemos, el Espíritu Santo que Jesús había prometido. De hecho, los Hechos de los Apóstoles a veces son conociedos como el «Evangelio del Espíritu Santo». La misma atención al papel del Paráclito también puede resultar valiosa hoy en día. Sin embargo, aceptar este aspecto requiere paciencia y humildad, así como la capacidad de escuchar y aprender. Exige una apertura a nuevas posibilidades unidas al hambre por la verdad en acción.

Cada época necesita reconocer su necesidad de los dones que trae el Espíritu. Esa realidad ciertamente domina nuestro tiempo. Oramos para que Dios levante mujeres y hombres para que nos guíen en la fe y la caridad, personas como Vicente, Luisa, Rosalía, Federico y Isabel Ana. Buscamos una comprensión más profunda de la Palabra de Dios y un Defensor que defienda nuestra causa. Tal vez, podemos orar de una manera especial por la paz y la esperanza en un momento que desafíe a ambos. El Espíritu trae unidad a la comunidad cristiana; que podamos abrazar esta llamada mientras trabajamos juntos como Familia Vicenciana a favor de nuestros hermanos y hermanas menos afortunados

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