Uno solo es el Maestro a quien acudimos y seguimos, Jesús.  Ser de él supone tener su Espíritu.  Debido a éste, se hacen reconocer los verdaderos cristianos.

No le costó a una criada del sumo sacerdote reconocer a Pedro como seguidor de Jesús.  Ni a otra persona ni a unos cuantos más.  Después de todo, lo habían visto andar con Jesús.  El acento, además, del discípulo lo delata

Obviamente, la gente ya no nos ve andar con Jesús.  No está él con nosotros como estaba con Pedro y los demás discípulos.  Pues él ha subido al cielo.

Pero no significa esto que ya no se nos puede reconocer a nosotros como discípulos.  Es que incluso la nube que nos lo quita de la vista presagia algo alentador.  Al marcharse, Jesús efectivamente nos manda crecer.  Es decir, nos quiere creyendo en él y amándole sin verle.  Su partida indica también la venida del Paráclito.

No, no nos deja Jesús sin ayuda, sin defensa.  Más bien, nos da otro Paráclito que esté siempre con nosotros, el Espíritu de la verdad.  El Espíritu nos enseña todas las cosas, nos recuerda todas las palabras de Jesús, da testimonio de él, nos guía hasta la verdad plena.  En otras palabras, por el Espíritu, conseguimos conocer a Jesús y ser de él, proclamar que Jesús es Señor y llamar «Padre» a Dios.

Hace el Espíritu que los demás logren reconocer a los de Jesús.

El Espíritu hace que se nos presente Jesús de nuevo, para que le sigamos, aprendamos de él, de sus obras y palabras.  Por el Espíritu, podemos acompañar a Jesús mientras pasa haciendo el bien.  Y con llegar el Espíritu para convencer al mundo del pecado, Jesús discrepará con nosotros en cuanto a nuestra discusión sobre quién de nosotros es el mayor.  O referente a una enseñanza dura con la que no podemos cargar.

Mediante el Paráclito, además, Jesús nos defiende y habla a favor nuestro durante las persecuciones.  O cuando los guardianes de las tradiciones, acongojados por las cosas pequeñas, nos condenan porque arrancamos unas espigas de trigo en sábado y comemos sin cumplir abluciones rituales.  Junto a Jesús, pues, nos sentimos seguros.

Asimismo, habitando en nosotros el Espíritu de la verdad, capaces somos de ver a través de las mentiras.  Y así la confusión no nos aleja del proyecto del reino de Dios.

Pero sobre todo, el Espíritu nos recuerda que, para Jesús, lo primero es el dar la vida por los amados.  Esto es lo que distingue la Eucaristía y nos marca como cristianos, de modo que los demás no podrán sino reconocer que somos de Jesús.  Si bien no nos ven andar con él.

Señor Jesús, guiándonos tu Espíritu, ojalá vayamos a llevar fuego a la tierra para inflamarla con el amor (véase SV.ES XI:553).  Concédenos proclamarte a todas las naciones, comportándonos y hablando como tú.  Contentos también de que los demás nos logren reconocer como seguidores tuyos.

9 Junio 2019
Domingo de Pentecostés (C)
Hch 2, 1-11; 1 Cor 12, 3b-7. 12-13/Rom 8, 8-17; Jn 20, 19-23/Jn 14, 15-16. 23b-26


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