Seguimos compartiendo una serie de reflexiones hechas por los participantes de Misioneros Laicos Vicencianos (VLM) y del Cuerpo de Misiones Vicencianas (VMC) sobre su experiencia de servicio, cómo ha impactado sus vidas y cómo continúan viviendo el Carisma vicenciano en la actualidad.

«Vengo en paz y me iré en paz»: estas fueron las palabras que mi comunidad de misioneros laicos vicencianos (VLM) y yo dijimos en 2016, cuando lanzamos piedras con la mano izquierda sobre el borde de la cordillera que iniciaba la Región West Pokot, ingresando en Chepnyal (Kenia). Esta es una tradición de Pokot para todos los que les visitan por primera vez. Cuando lancé mi roca, estaba convencida de que no iba a Chepnyal a causar daño de ninguna manera, así que la promesa de venir en paz y partir en paz parecía fácil. Sin embargo, mirando hacia atrás, ahora me doy cuenta de que estaba confundida sobre el tipo de paz que los locales nos invitaban a compartir con ellos. En ese momento yo era una estudiante de último año en la Universidad de Niágara, preocupada por lo que la vida me traería tras la universidad. Cuando conocí a los pobres en Chepnyal, mis preocupaciones comenzaron a desvanecerse lentamente, debido a la presencia y el amor de Dios en los pobres, especialmente en los niños. Los niños a los que proporcionamos campamentos en Chepnyal eran libres, sencillos y llenos de alegría por la vida misma. Hacían que todo fuese divertido y reflejaban la belleza de Dios sin esfuerzo. Muchos de ellos tenían las rodillas más anchas que sus muslos y las sonrisas más anchas que sus rodillas. Se reían con facilidad, compartían lo poco que tenían, vivían en verdadera comunión entre ellos y se centraban de manera muy madura en su fe. Me recordaban constantemente el espíritu infantil al que estamos llamados a vivir. Salí de Kenia ese verano con un amor y gratitud muy reales a la tribu West Pokot y a las Hijas de la Caridad con las que vivimos, por invitarme a adentrarme en su tipo de paz.

Desde que pertenezco a VLM, he pasado muchas horas en oración y reflexión, pidiéndole a Dios que me muestre dónde tirar mi próxima roca y comenzar otra misión para llegar en paz y, finalmente, salir en paz. Dios me guió a St. Louis (Missouri), donde primero hice un año de servicio con el Cuerpo de Misiones Vicentinas y ahora continúo viviendo como Pre-postulante con las Hijas de la Caridad. Mi ministerio aquí es servir junto a adultos con discapacidades del desarrollo en una comunidad de L’Arche. Los adultos con discapacidades del desarrollo con los que comparto mi vida en L’Arche han continuado con el recordatorio que los niños de Chepnyal me dieron, nuestra llamada a tener un espíritu de niño, y me mostraron cómo los adultos pueden cumplir esa llamada de una manera muy práctica y humana. Me han enseñado cómo ser sencillamente, cómo amar sin condiciones, cómo vivir en reciprocidad con todas las personas, y qué regalo el ser auténticamente nosotros es para quienes nos rodean y para nuestra propia libertad de corazón.

Enamorarme de los pobres en Chepnyal (Kenia) me dejó con una profunda paz interior, que ha sido bellamente acompañada por una verdadera alegría. Agradezco a Dios que, aunque el tiempo ha sido la distancia más lejana entre Kenia y Misuri, la paz y la alegría que me han brindado a través de mis experiencias vicencianas han sido constantes e inquebrantables. También dándome la paciencia de permanecer enamorada del servicio al lado de cualquier pobre que el buen Señor me esté llamando.

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