Hay ocasiones en las que uno se pregunta en dónde conseguimos las personas el coraje para hacer lo que hacemos. Ese fue el caso de Pablo y Bernabé en este capítulo 14 de Hechos de los Apóstoles, cuando regresan a Listra, un lugar desde el cual fueron expulsados violentamente lanzándoles piedras a su partida. Sin embargo, se dirigen, de regreso a «la escena del crimen», para enseñar y fortalecer la fe de la gente y continuar con su testimonio de la presencia del Jesús resucitado en sus vidas.

¿De dónde sacaron la valentía, la resolución? Ellos, dotados naturalmente de agallas, también se nos dice que la reserva más profunda de su coraje fue el regalo que Jesús les había dado: el Espíritu Santo, la cercanía del Espíritu que vive en Jesús y en su Padre. Esto fue lo que los llevó más allá de sus temores y los impulsó afuera a dar testimonio de la presencia del Señor resucitado tanto en sus propias vidas como en las vidas de las personas que vivían en aquella ciudad.

Notemos que, a su regreso a casa, no se jactaron del éxito asombroso que habían vivido, ni se jactaron de su valentía. Más bien contaron lo que Dios había hecho por ellos, cómo el Espíritu de Dios había abierto aquellas puertas que sabían nunca se habrían abierto por sus propos méritos. No solo operaron según sus propias fuerzas, sino confesaron que el Espíritu trabajó a través de ellos para producir tal coraje y perseverancia. Cuando salieron a regiones nuevas y amenazantes, sabían que no estaban solos. Tenían el respaldo, la presencia sostenida del Espíritu de Jesús resucitado.

¿Dónde podríamos encontrar nosotros, hoy en día, ese sustento y acompañamiento? ¿Podría aparecer, por ejemplo, cuando alguien escucha a un vecino cómo la Sociedad de san Vicente de Paúl visita a personas angustiadas en el vecindario? Esta persona se siente atraída por la generosidad de tal acción, pero retrocede por temor a la imprevisibilidad que conlleva. Sin embargo, la atracción permanece, y eventualmente ella lucha a través de su vacilación para unirse a las SSVP.

Después de las primeras visitas, las cosas comienzan a suceder. Por un lado, el voluntario nota la profundidad de la fe de otras personas, la confianza que alguna persona confinada en el hogar pone en Dios. Dar comida y lecho no es solo una transacción comercial, piensa, sino que estos actos llevan en sí mismos algo de la forma en que Dios nos cuida. Por otro lado, la persona que hace la visita nota que algo se despierta en el fondo de su propia fe, una brisa fresca sopla a través de su sentimiento de dónde está Dios en la vida.

«Esta experiencia de ser parte de algo más grande, esta conciencia de que no solo soy yo quien da el sándwich, ¿podría ser que el mismo Espíritu Santo que trabajó en Pablo y Bernabé esté trabajando en mí? Y, llendo más al grano: cuando me levanté y decidí unirme, ¿qué fue lo que me movió a seguir más allá? ¿Solo mi propio sentido de la obligación, incluso de la culpa? ¿O algo más, una presencia acompañante que era más que yo, que venía de algún lugar más allá de mí?»

Sucesos cotidianos como estos dan testimonio todos los días: «He visto algo; he probado algo; he sentido un fortalecimiento que era más que la fuerza que venía de mi interior». ¿Qué es?

Al comienzo del evangelio de Juan, Jesús trata esto, cuando observa: «El Espíritu sopla donde quiere, y tú escuchas su sonido. Pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Él está atestiguando el aquí y el ahora de la actividad del Espíritu.

Esa presencia incontrolable y fortalecedora es lo que Pablo y Bernabé viven y de lo que dan testimonio. Pero, mirando hacia atrás a los acontecimientos en nuestras propias vidas, nosotros podríamos también ser capaces de dar fe de una presencia tan sostenida que sopla a través de algunos de nuestros días. Que cada uno de nosotros, con Pablo y Bernabé, pongamos nuestro dedo en la cercanía del Espíritu de Dios a medida que se mueve a través de nosotros y alrededor de nosotros.

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