En este tiempo de Pascua, a medida que nos acercamos a la solemnidad de Pentecostés, la liturgia de la Iglesia dirige continuamente nuestra atención hacia los Hechos de los Apóstoles y el crecimiento de la Iglesia a través de la acción del Paráclito. El último versículo de la lectura del domingo pasado nos dice: «Los discípulos se llenaron de alegría y de Espíritu Santo». ¡Qué maravilloso estado en el que estar!

Cuando pienso en el papel del Espíritu en la Iglesia primitiva y en la contemporánea, mi mente se conmueve con una de esas imágenes evocadoras que el papa Francisco ofreció en su sermón de Pentecostés el año pasado. Describe al Espíritu Santo como una fuerza centrípeta y centrífuga. (El Santo Padre usa repetidamente descripciones que yo no esperaría de la pluma de nuestros papas).

La fuerza centrípeta, en física, es la que «busca el centro». El Espíritu Santo desempeña ese papel pues aporta unidad, enfoque y paz tanto al individuo como a la comunidad. El Espíritu reúne al pueblo de Dios y permite un entendimiento mutuo. Esto se expresa con contundencia en la narración del propio Pentecostés. Este mismo Espíritu nos ayuda a cada uno de nosotros a comprender mejor las enseñanzas de Jesús; nos llena con el deseo de darlo a conocer. A medida que el Espíritu se mueve profundamente dentro de nosotros, ablanda los corazones, otorga fortaleza y promueve la «intimidad con Dios».

También se puede describir al Espíritu como la fuerza centrífuga que impulsa a la comunidad hacia el exterior. El libro de los Hechos de los Apóstoles ilustran esto cuando describe el esfuerzo misionero de figuras como Esteban, Felipe, Pablo y muchos otros. El Espíritu amplía nuestra visión para incluir a las hermanas y los hermanos que reciben poca atención. El Espíritu nos conduce a todas las periferias humanas. Nada descansa fuera del poder o la intención del Espíritu Santo de Dios. Esta fuerza divina no cede a ningún obstáculo.

La comparación del papa Francisco ofrece una imagen atractiva y dinámica. El movimiento del Espíritu no permite el control o dominio humano. Cuando Pedro llega a la casa de Cornelio, un gentil, y les predica antes de bautizar a la familia, el Espíritu llega inesperadamente.

«Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra». (Hechos 10,44)

Pedro no ha convocado al Espíritu. Él continúa hablando incluso mientras el Espíritu desciende. Esta presencia del poder y la bendición de Dios permanece fuera del control humano. Jesús revela esa verdad en el Evangelio de Juan (3,8): “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

El don del Espíritu viene libre y persuasivamente, pero debe ser recibido.

En nuestro mundo actual, podemos sentir la verdadera necesidad de la venida del Espíritu de Dios. Podemos anhelar su llamada a la reflexión y su envío a la misión. El Paráclito nos acerca a valores importantes y con respeto mutuo. El Paráclito nos envía a tratar con las personas de nuestro mundo de una manera cristiana y llena de apoyo.

Vicente tenía una profunda consideración por la obra del Espíritu Santo. Luisa de Marillac también. Sabemos el efecto del don del Espíritu en su vida en el Pentecostés en 1623 y cómo dio lugar a su lumière. Su escritura sugiere tanto la fuerza centrípeta como la centrífuga:

«Las almas verdaderamente pobres y deseosas de servir a Dios deben tener gran confianza en que al venir a ellas el Espíritu Santo y no encontrar resistencia alguna, las dispondrá convenientemente para cumplir la santísima voluntad de Dios, que debe ser su único deseo. […] Al bajar el Espíritu Santo a las almas así dispuestas el fuego de su amor consumirá todos los obstáculos a las operaciones divinas, establecerá en ellas las leyes de la santa Caridad y les dará fortaleza para obrar por encima del poder humano, con tal de que esas almas permanezcan en la total desposesión que se ha dicho». (Luisa, A 25)

P. Patrick J. Griffin, CM

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