Luisa de Marillac a los dos meses de nacer fue internada en el convento de las dominicas de Poissy hasta los 13 años en que pasó a vivir en un pensionado de Paris. Era de familia noble, pero a causa de su nacimiento ilegítimo fue apartada por las leyes y por su familia de los derechos sucesorios quedando en una situación económica un tanto precaria[1] que la contagió el miedo a caer en la penuria y vivir en el margen de la vida social ella y su hijo Miguel. Fue su tormento hasta casar a su hijo.

A la edad de 16 años acude a los capuchinos buscando una respuesta a la vida de sufrimiento, que desde su mismo nacimiento Dios le había dado y nunca la abandonará (E 19), y descubre que la respuesta se encuentra en el designio eterno de Dios. Y decide colaborar para que se cumpla en ella el designio divino como su vocación. En esa colaboración encuentra la solución a los interrogantes que le plantea su vida misteriosa: hija ilegítima de un o una Marillac, acogida como hija por Luis de Marillac, jefe de la Familia, educada en el mejor colegio-convento de París y alrededores, pero excluida de la herencia paterna por los Marillac. A la muerte de Luis de Marillac, su familia la colocó en un internado seglar con miras a un matrimonio burgués; quiso ser capuchina e hizo voto de ser religiosa, pero los Marillac la obligaron a casarse con un funcionario de clase media, Antonio Le Gras, jefe de la secretaría de la Reina Regente María de Médicis que podía influir para mejorar la posición política de los Marillac. A los 34 años, queda viuda con un hijo de 12 años. Seis años antes de morir su marido, el Espíritu Santo la introdujo en una Noche Mística y le comunicó que la necesitaba para fundar una Compañía dedicada exclusivamente a salvar a los pobres. Ella no lo entendió. Fue san Vicente de Paúl quien se lo descubrió.  

En 1642 se hundió el suelo de una sala en la Casa de las Hijas de la Caridad donde iban a reunirse san Vicente, ella y muchas Señoras de las Caridades, pero nadie murió porque se había suprimido la reunión. Ese día se salvó la Compañía y la llevó a convencer a san Vicente de que él debía ser el superior General y no el arzobispo de París (E 53). La lectura que hizo de su vida pasada, cuando tenía 54 años, le manifestó cómo Dios la había conducido a encontrarse con el sacerdote Vicente de Paúl para fundar la Compañía de las Hijas de la Caridad. Ahora comprende la utilidad de haberse preparado en humanidades en el colegio-convento de Poissy y en las faenas caseras en un pensionado y podérselas enseñar a las Hijas de la Caridad. Se puso a escribir una especie de diario espiritual y se dio cuenta de que toda su vida se había desarrollado en función de la Compañía de las Hijas de la Caridad y de los pobres. Hoy comprendemos que Dios le dio el carisma de fundadora porque era viuda y tenía una vida apropiada para esa finalidad, y para realizarla le presentó a Vicente de Paúl.

Descubrir a los pobres

Luisa de Marillac desde niña ya veía a los pobres, y de mayor san Vicente la descubrió que estaba obligada a cargar con ellos y que sólo los podría ayudar de una manera eficaz y duradera, si se organizaba en equipo. La sociedad dual ya existía en su época con más amplitud y claridad que hoy día. La parte más indefensa abarcaba dos grupos de personas marginadas por el mero hecho de existir o de pertenecer a dichos grupos: los pobres y las mujeres. En un aspecto, la última plaza de los excluidos la ocupaban los pobres, y en otro, las mujeres, que no tenían poder ni prestigio.  

Los pobres no estaban excluidos de la sociedad, pero, aunque Loyseau los pone dentro del Tercer Estado, los coloca en lo más bajo del estamento, seguidos de los vagabundos y mendigos, con una presencia nula en los Estados Generales de la Nación[2]. En teoría los únicos que quedaban excluidos eran los vagabundos sin clase (les sans-aveu) o insociables-peligrosos, pero en la práctica todos los pobres estaban en peligro de convertirse en mendigos marginados con un pie dentro de los grupos peligrosos para la salud y el orden público. Ese pueblo bajo, el más numeroso, formado por artesanos y campesinos, constituían el “Cuarto Estado” sin representación real en los Estados Generales de la Nación. “Son las “viles criaturas” que desempeñan las “viles tareas”, la “hez del pueblo”, como no dejan de decirlo los que tienen títulos, dinero y poder”[3].

En la actualidad la economía es el fundamento de la vida familiar y social, pero en el siglo XVII la sociedad buscaba el honor que venía sólo de la nobleza o del dinero que podría convertirlos en funcionarios que los llevaran a una nobleza de toga. El grueso de los pobres y marginados lo componían tres cuartas partes de franceses: campesinos, obreros artesanos, domésticos y sirvientes. Tienen residencia fija, aunque sea una chabola y están inscriptos en la lista de contribuyentes, aunque sea por unos céntimos, sin lo cual formarían parte de un grupo social que en la práctica quedaba fuera de la sociedad como grupo incapaz de cumplir con sus obligaciones sociales. El obispo Juan Pedro Camus definía que “pobre es sólo aquel que no tiene más medios para vivir que su trabajo o su habilidad espiritual o corporal”[4]. Los pobres eran considerados parásitos que ni producen ni pagan impuestos ni apenas consumen. Tratados peor que las bestias, en algunos lugares intentaban prohibir a los párrocos casar a ningún pobre antes de cumplir él los 24 o 25 años y ella los 17 o 18, pues estos pobres engendran nuevos pobres gravosos para los municipios[5].

Las Hijas de la Caridad

Hasta 1629 a las Caridades pertenecían las damas de mejor condición económica del lugar. Aportaban dinero y su presencia personal en el servicio espiritual y material. Pero las faenas de la casa y los padres o los maridos se oponían a que hicieran al­gunas labores, como velar a los moribundos o cuidar a enfermos graves que no tenían a nadie, sobre todo por las noches. Para realizar estos trabajos y para avisar a las señoras el día de la reunión, ya desde Châtillon, se introdujo la figura de guardianas de los pobres: dos mu­jeres pobres que, perteneciendo a las Caridades, lo hacían por un salario.

Pero, las señoras de París tenían sentimientos delicados. Se avergonzaban de ir por las calles con la marmita, y tenían prohibido hacer trabajos físicos, y más si era un servicio bajo y los encomendaban a sus criadas. Luisa de Marillac, al fundar la Caridad en su parroquia de San Nicolás de Chardonnet en 1630, ya encargaba a las guardianas hacer las labores bajas, además de velar a los enfermos graves y de avisar el día de la asamblea (X, n. 215). Pero Vicente de Paúl había fundado las Caridades para que las señoras se ocuparan personalmente de los pobres y no sus sirvientas. Sin esperarlo, la providencia atrajo a Margarita Naseau y a otras jóvenes por vocación. Un nuevo sentido de vocación brotaba en la Iglesia. De una en una o de dos en dos, Luisa las distribuía por las Caridades de París. Las señoras pa­gaban su alojamiento y alimentación.

A toda joven que seguía los pasos de Margarita Naseau, Vicente de Paúl la enviaba a casa de la señorita Le Gras para que la preparara en lo más indispensable para servir a los pobres y la colocara en una Caridad. Luisa de Marillac se con­virtió en el centro de acogida, de formación y de distribución. En la señorita Le Gras, se volvió a levantar el voto que sin culpa no pudo cumplir. Y un día le asaltó la idea de fundar con ellas una congregación religiosa, y lo consultó con el director que se opuso: «Us­ted se debe a nuestro Señor y a su santa Madre; entréguese a ellos y al estado en que la han puesto, esperando que ellos indiquen que desean otra cosa de usted” (I, 141). Y le  profetiza que Dios quiere servirse de ella para algo que se refiere a su gloria (I, 238)[6].

Seguramente, fue tema de conversación entre los dos santos (I, 265s). Vicente y Luisa tenían mo­tivos suficientes para hacer una Caridad especial con estas jóvenes. La necesidad de escuelas de niñas que tan hiriente había penetrado en el alma de Lui­sa en sus correrías, no la remediaban las señoras de las Caridades, pero sí podían solucionarla estas jóvenes. Además, no tenían ningún vínculo es­tablecido entre ellas ni directora o superiora. Luisa sufría también no poder tener jóvenes como en reserva para enviarlas a cubrir necesidades imprevistas o a sustituir a otras chicas enfermas.

Luisa comenzó una experiencia de fines de sema­na. Únicamente, faltaba escoger las chicas con las que se formaría la nueva cofradía de la Caridad. Margarita Naseau había muerto en la pri­mavera de ese año en el hospital de apestados de San Luis. Se había contagiado por dejar su cama a una enferma de peste abandonada en la calle. Luisa eligió a María Joly, antigua sirvienta de la señora Goussault. No tenía mucha cultura, pero era inteligente, trabajadora, res­ponsable y de un carácter enérgico.

El 29 de noviembre de 1633, Luisa de Marillac, María Joly y otras dos o tres compañeras iniciaron la primera comunidad de Hijas de la Caridad en la vivienda de la señorita Le Gras, en el arrabal de San Víctor. Vicen­te de Paúl era su director y éste nombró superiora a la señorita Le Gras. Pertenecían al grupo de Caridades, como la Caridad de otras parroquias, como pertenecerá la Caridad del Gran Hospital de París. Y, al igual que ésta, la Caridad de la señorita Le Gras se desarrolló con una impronta especial. Los dos santos son los fundadores por igual de las Hijas de la Caridad.

Una revolución

Las Hijas de la Caridad fueron una solución para los pobres, pero también para abrir una puerta social a las chicas pobres. Introdujo en las actividades y en la vida social y religiosa a infinidad de mujeres que pertenecían casi en su totalidad a las clases bajas de la sociedad y las hizo protagonista en la sociedad, igualándolas, según pa­saban los años, a las personas de categoría, dedicándolas a obras de caridad que en aquel siglo era exclusivo de los hombres o de las mujeres pudientes[7]. En una conferencia san Vicente decía a las Hermanas: “Podréis decirme: «Ellos son hombres; ¿pero y nosotras, pobres mujeres?». Sabed, hijas mías, que muchas personas, incluso de vuestro mismo sexo, atraviesan los mares para ir a servir a Dios sirviendo al prójimo” (IX, 1054). 

La Corte, al Parlamento y los nobles se oponían a las Hijas de la Caridad por muchas razones: las Hijas de la Caridad no renunciaban a sus bienes, conservaban todos los derechos a la herencia y podían abandonar la Compañía cuando quisieran. Volver a la familia implicaba una serie de litigios continuos y juicios costosos; esta institución podía encandilar a muchas jóvenes de la nobleza dueña de la mayoría de las prebendas que suponía ingresos considerables que se podían perder si sus hijas entraban en la Compañía y no en los conventos. Y si se salían ¿quién se hacía cargo de esta especie de religiosas? Además, la jerarquía eclesiástica temía por la castidad de estas jóvenes. Los escándalos y peligros en los viajes y en las casas de los enfermos no eran ilusorios.

Notas:

[1] Ver la biografía de santa Luisa de Marillac: Benito MARTÍNEZ, C.M.  Empeñada en un paraíso para los pobres, CEME, Salamanca 1995, p. 47s.

[2] De los 187 representantes del Tercer estado que acudieron a los Estados Generales de 1614, 121 eran funcionarios reales, 30 abogados y los restantes comerciantes o maestros de artesanos.

[3]  Pierre GOUBERT, El Antiguo Régimen. 1. La sociedad, Siglo XXI, Madrid 1980, p. 126s.

[4] Jean-Pierre CAMUS, Traité de la pauvreté évangélique, Besançon, 1634, p. 5.

[5] Jean-Pierre GUTTON, La société et les pauvres en Europe (XVIe-XVIIIe siècles) FUF, Paris 1974 p.68s.

[6] Benito MARTINEZ, “La Compañía de las Hijas de la Caridad”, en AA. VV. Luisa de Marillac (XVIII Sema­na de Estudios Vicencianos), Salamanca, CEME 1991, p. 25-37.

[7] SL. c.78, 150, 191, 394, 404, 436, 721; E 101.

P. Benito Martínez, C.M.

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