Jesús es coronado de gloria por su muerte en beneficio de todos (Heb 2, 9).  Si compartimos su muerte, él nos tendrá a su lado gloriosamente vivos. 

Conforme a sus planes homicidas contra Jesús, lo arrancaron los malvados de la tierra de los vivos (Jer 11, 19-20).  Pero Dios, a quien había encomendado Jesús su causa, lo resucitó al tercer día.  Dios lo sentó además a su derecha.

De verdad, Dios no abandona jamás a sus siervos fieles.  Por eso, los que los buscan encontrarán vacíos sus sepulcros.  Los siervos de Dios no están entre los muertos, sino entre los vivos.  Y tanto más desfigurados sus rostros por la violencia, tanto más les falta el aspecto humano a los siervos de Dios, cuanto más suben, prosperan y se exaltan.

Pero, ¿todo esto lo creemos nosotros realmente?  O, ¿nos parece todo esto una locura?  ¿Nos acordamos realmente de las palabras de Jesús?  ¿Acaso no es posible que hasta ahora no hayamos entendido la Escritura de que él ha de resucitar de entre los muertos?

Le toca, desde luego, a cada uno de nosotros responder a estas preguntas.  La verdadera fe, sin embargo, se manifiesta en aquellos que bien vivos se mantienen en el servicio de los necesitados.  En los que, como Jesús, pasan haciendo el bien, anunciando la Buena Nueva a los pobres.  En los que practican la hospitalidad, evitan la codicia, se contentan con lo que tienen (Heb 13, 1. 5), y se deshacen de la levadura de maldad.

Y realmente no podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres (SV.ES III:359).  Nos dice además san Vicente de Paúl que, fundados nosotros en la divina caridad y en la esperanza del cielo, viviremos siempre bajo la protección de Dios (RCCM II:2).

Señor Jesús, acuérdate de todos los que, siguiéndote a ti, viven entregados al servicio de los demás.  Que no se dejen vencer por el desaliento ante la incomprensión de los hombres.  Concédeles, al conmemorar ellos tu pasión, muerte y resurrección, una anticipación de la vida entre los vivos en la gloria venidera.

21 Abril 2019
Domingo de Pascua de Resurrección (C)
Hech 10, 34a. 37-43; Col 3, 1-4/1 Cor 5, 6b-8; Jn 20, 1-9/Lc 24, 1-12


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