He enseñado los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) muchas veces. Uno de las herramientas útiles para comprender cada uno de los Evangelios consiste en estudiar simultáneamente la misma historia en cada uno de ellos. Las diferencias resaltan un punto o el énfasis de un evangelista en particular. En ninguna parte se hace eso más evidente que en el estudio de las narraciones de la Pasión.

En el ciclo litúrgico, estamos en el año de Lucas. El domingo de Ramos, o de Pasión, escuchamos su presentación de la pasión y muerte de Jesús. Un elemento único que se destaca en su relato es la inocencia de Jesús. Naturalmente, todos los evangelios mantienen la falta de culpa de Jesús, pero Lucas expone este hecho con particular vigor.

Notemos que Pilato dice no solo una vez (23,4), ni dos (23,14-15), sino tres veces (23,22) que no encuentra culpabilidad en Jesús. El gobernador romano también revela que Herodes no descubrió en el acusado ningún delito digno del castigo propuesto por los líderes religiosos (23,15). Así, los tribunales romanos y herodianos mantienen la honradez del Señor. Cuando uno de los ladrones se burla del Jesús crucificado, el ladrón «bueno» regaña a su compañero diciendo que «nosotros [hemos sido condenados]con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho» (23,41). Finalmente, tras la muerte de Jesús, el centurión en la cruz proclama: «Ciertamente este hombre era justo» (23,47). Así pues, Lucas insiste en la inocencia de Jesús de múltiples maneras y con términos inequívocos.

Al reflexionar sobre el significado de la cruz en esta Semana Santa, los escritos del tercer evangelista nos llevan a considerar el sufrimiento de los inocentes de una manera enfática. Nuestro mundo se desborda con ejemplos de la persecución de los inocentes. A los no nacidos se les puede negar el derecho a vivir. Los jóvenes pueden ser abusados ​​por aquellos en quienes deberían poder confiar. Los niños pueden ser ignorados por adultos que encuentran razones para negar la educación, el cuidado de la salud y la alimentación adecuada. Los pobres pueden ser oprimidos por la codicia de los poderosos que niegan salarios justos, viviendas adecuadas y entornos seguros. Las personas de diversos orígenes religiosos, étnicos y raciales pueden ser consideradas con sospecha y discriminación que les niegan la libertad, la dignidad y la inclusión. Los matones, tiranos y fanáticos se aprovechan de los débiles, los marginados y los necesitados. Los inocentes sufren cada día y en todo lugar por las palabras, acciones y políticas de los culpables. El cuerpo de Jesús en la cruz centra nuestra atención en el asalto a aquellos que no se pueden defender y que no pueden ofrecer resistencia. Su pasión atrae nuestra atención hacia estos hermanos y hermanas que son inocentes de cualquier mal.

Como sabemos bien, nuestras historias e imágenes a menudo identifican a Vicente con los más inocentes de su época, o de cualquier otra: los niños abandonados. Este grupo captó su atención, pero muchos otros grupos también. Vicente tenía un corazón que se abrió de par en par a aquellos que lo impresionaron desde sus carencias. Él conocía el significado de la cruz. Durante esta Semana Santa, podemos pedir esa misma visión llena de gracia.

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