Palabras sabias de una persona que pasa por un momento difícil: «No me importa sufrir cuando nadie más lo sabe, ¡mientras alguien lo sepa!» Estaba poniendo el dedo sobre una verdad que la mayoría de nosotros sabemos. Cuando uno se enfrenta a situaciones complejas, marca la diferencia el darse cuenta de que otros son conscientes de lo que estamos atravesando, y aún más si saben del sufrimiento que se pasa por su propia experiencia. Lo mejor de todo es cuando hacen algo para levantar la carga. Esta es una solidaridad salvadora, no solo simpatizando sino ayudando a andar el camino.

Este aroma a salvación se muestra a lo largo de todas las Escrituras. Moisés, un esclavo de los egipcios, camina por el bosque y entra en esta zarza ardiente que no se consuma. Sintiendo una santidad abrumadora, cae aterrorizado y escucha una voz: «Sé bien lo que estás sufriendo y he venido para guiarte a la libertad». Es la proclamación del Todopoderoso: «Lo sé. Siento la pesadez y la trampa que estás sintiendo. En ti tengo compasión; la pasión que estás sufriendo es ahora mi pasión».

Esta historia funda el pueblo judío. “Estoy contigo y por ti y actuaré para salvarte. Tomaré tu causa, caminaré contigo y te guiaré”. Alcanza su punto máximo cuando, en Jesús, Dios da el último paso para tomar nuestra condición humana, recogiéndola desde adentro incluso hasta la muerte. Esto es solidaridad que se cierra en un círculo completo: conocer, caminar, ayudar.

En su parábola de la higuera, Jesús añade textura a este mensaje. La desventurada planta ha pasado por tres años negativos, sin producir ni un solo higo y ahora está en el punto de mira del propietario. Todo depende de ella misma, pero no del todo. El jardinero —que sabe bien cómo crecen los árboles, cómo producen resultados el suelo, las raíces y el fertilizante— interviene. Él se pone de lado del arbusto que se marchita y, en esta coyuntura de vida o muerte, le da una segunda oportunidad. La multitud se da cuenta de que el jardinero es el mismo Jesús, que abre las puertas a una vida nueva y más plena.

Para todos nosotros, como pueblo de Dios, el modelo está claro. Es ese «estar al lado», ese conectar con el otro que sufre y apreciar sus cargas desde dentro. Es esa llamada a la solidaridad personal, lo divino que convoca a ponerse dentro de los zapatos del otro y caminar por su camino, todo con miras a ayudar. Si alguna vez hubo santos que vivieron esta historia, Vicente, Luisa y Federico son ejemplos sobresalientes entre ellos.

Hay un verso en un viejo himno que canta «Nuestro Dios es un Dios interior». El Señor al que adoramos no es una deidad remota, sino que vive dentro de nosotros. En Jesús, Dios recorre los caminos de nuestra experiencia y «sabe bien lo que estamos sufriendo». Y este mismo «Dios interior» nos invita a ir y hacer lo mismo por los que nos sufren. Siente compasión por sus dificultades, siente algo de lo que ellos sienten, camina un poco en su lugar y hace lo que se pueda hacer para llevarlos a la libertad.

«No me importa sufrir cuando nadie lo sabe, siempre y cuando alguien lo sepa. Y trabaje para disminuir su carga».

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