Jesús tiene palabras de vida eterna.  Acuden a él y le escuchan quienes buscan pasar de la muerte a la vida, del mal al bien.

Sube Jesús a lo alto del monte para orar.  Con él están Pedro, Juan y Santiago.  ¿Por qué escoger a éstos? Tal vez se deba a la disponibilidad y la listeza de ellos para seguir, las que demostraron ellos al llamarles Jesús por primera vez.

Pero por muy decidido que sea el espíritu, la carne es débil.  Así pues, los tres discípulos se caen de sueño mientras velan con Jesús.  Deben hacer lo que él, a saber, orar (véase SV.ES XI:778).

A estos tres, además, les cuesta más, por lo visto, entender a Jesús.  Los increpa él por su incomprensión, la que quizás le dé razón a Jesús para tenerlos cerca.  Ellos tienen que verle y oírle de cerca para entender.

Lamentablemente, sin embargo, aunque de cerca ven la gloria de Jesús Pedro, Juan y Santiago, todavía quedan sin entender.  La intervención de Pedro pone de manifiesto que no comprende él lo que está ocurriendo; no sabe lo que dice.  Es que el que antes trató de obstaculizar a Jesús ahora confunde su transfiguración con su gloria final.  Le basta también con estar allí él, Juan y Santiago.  Al parecer, no piensa en los demás discípulos.  Y coloca además a Jesús en el mismo plano que a Moisés y a Elías.

El temor de los discípulos delata también su incomprensión.  Parece que para ellos, la nube, símbolo de la presencia de Dios, solo significa muerte segura.  Pero la voz desde la nube demuestra que están equivocados ellos.  Están en la presencia de Dios porque él quiere que vivan.  Les manda escuchar a Jesús.  Es una forma de decirles que Jesús es la Palabra de la que deben vivir.

Jesús, el Hijo de Dios, da plenitud a la ley y los profetas.  No puede sino superar, pues, pasar sobre Moisés y Elías.

Los discípulos que realmente comprenden colocan a Jesús en el centro.  La ley y los profetas apuntan a él.  Moisés y Elías no pueden menos que pasar por alto el éxodo propio de ellos para hablar más bien del éxodo de Jesús.  Los verdaderos seguidores de Jesús no se enfocan ni en Moisés ni en Elías ni en sí mismos, sino en Jesús.  Él es quien los lidera para que puedan pasar del pecado a la gracia.

Paradójicamente, sin embargo, los discípulos podrán pasar así solo si siguen a Jesús hasta el fin, hasta la cruz, hasta el amor abnegado.  Podrán pasar de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la pérdida a la ganancia, si logran superar su ansia de «un honesto retiro» (véase SV.ES I:88).

Señor Jesús, concédenos imitarte y pasar por el mundo haciendo lo bueno, lo recto y lo verdadero. 

17 Marzo 2019
2º Domingo de Cuaresma (C)
Gén 15, 5-12. 17-18; Fil 3, 17 – 4, 1; Lc 9, 28b-36


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