Todos recordamos aquel juego de los niños: «sigue al líder». El objetivo del juego es seguir a un niño, designado como «el líder», que guía a un grupo a través de diversas acciones y aventuras que todos han de imitar fielmente. La originalidad y creatividad del líder incrementa el disfrute del juego, a medida que cada seguidor lo completa. He llegado a preguntarme cuáles son las lecciones que este juego nos pretendía enseñar.

En el fin de semana del Día de los Presidentes, nuestro país [Estados Unidos] ensalza especialmente a dos hombres que ocuparon el cargo más alto en la tierra: la Presidencia de los Estados Unidos. Uno, por supuesto, es George Washington. Las historias que aprendí de niño permanecen conmigo: su liderazgo en la Guerra de la Independencia; su disposición a servir como el primer presidente de nuestro país junto con su disposición a dimitir cuando concluyeran sus mandatos; pero especialmente (para mi joven mente) su deseo de decir la verdad en el incidente del cerezo (aunque se cuestiona su historicidad). Abraham Lincoln captura las páginas de la historia de actos tales como su liderazgo en la Guerra Civil, la Proclamación de la Emancipación y su elocuente, aunque breve, Discurso de Gettysburg. Sin embargo, lo que también se destaca en mi mente es su caracterización como «Honesto Abe». Cuando era niño, recordé cómo ambos líderes fueron celebrados por el valor que le dieron a decir la verdad. Para los más jóvenes entre nosotros, tal vez esa fue la virtud más enfatizada. Esto les permitió ser personas dignas de confianza y dignas de ser seguidas. Eso sigue siendo cierto.

En la próxima semana, del 21 al 24 de febrero, el papa Francisco tendrá una cumbre con los presidentes de todas las conferencias de obispos católicos, para hablar sobre la prevención del abuso de menores y adultos vulnerables. La cuestión de la honestidad y la confiabilidad también debería ocupar un lugar central en esta reunión. Los que usan el manto del liderazgo deben hacerlo con una fidelidad inequívoca al seguimiento de Cristo.

El liderazgo de servicio se encuentra en el centro de cualquier reclamo real de autoridad. Quizás el ejemplo más claro de esto, para el corazón cristiano, descansa en el ejemplo de Jesús lavando los pies de los discípulos. Sigo volviendo a ella:

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís» (Jn 13, 12-17).

Parece fácil hablar de lavarse los pies e incluso hacerlo simbólicamente, pero la verdad está en un lugar diferente. Uno debe ser empoderado por aquellos a los que dirige y debe demostrar que está dispuesto a guiar con virtud y humildad. Rezo por el liderazgo de buenas mujeres y hombres para mi país y mi Iglesia.

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